La falta de orden en la vida del Doctor Calder

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Pista

—¡Rembrandt!

Ella yacía a la puerta de su despacho, pálida, algo despeinada y con las manos temblorosas apuntando al frente. Su labio temblaba levemente. Calder se incorporó, y ella dejó caer los brazos en sus costados.

Calder los notó enrojecidos y lastimados.

—¡Calder! Oh, Dios, eres tú… —se puso la mano en el pecho, y de inmediato el color volvió a su rostro—. ¿Qué rayos haces aquí?

—Aileen ¿Qué te pasó?

—¡El… un… un ehm…! Un hom- quiero decir un… un monstruo como… como el que lo atacó a usted, estaba, yo…

Empezó a intentar esconder cosas que evidenciaban que vivía en su despacho, pero estaban por todas partes. Calder la miró dar saltos de un lado a otro, guardando ropa que tenía colgada para que no se arrugase, le pareció ver una braga por ahí, y ella lo volteó a que mirase la pared antes de que pudiera siquiera imaginarse nada.

—Rembrandt…

—¡Quédate ahí! Tenemos que irnos de aquí… Peter estaba…

—¿Peter?

—¡Sí! —Calder siguió escuchando cómo ella recorría el despacho de un lado a otro, tomando y guardando cosas— Yo… yo estaba en el callejón esperando un envío, y no llegó y… cuando iba a entrar un… ¡otro monstruo me atacó! ¡No era el mismo que vimos!

Calder se volteó, y la vio meter de cualquier manera algo de ropa en una maleta, vaciar una pequeña caja con billetes y un par de cheques a una bolsita de cuero y luego lanzarla en la maleta.

—Rembrandt, ¿por qué no me dijiste…?

—Te dije que ya no viviría con mi prima —dijo, cerrando la maleta con fuerza.

Calder se acercó a ella, se sorprendió sentirse dolido por la falta de confianza.

—Pero vives aquí. Ni siquiera tienes baño propio.  Me pudiste haber llamado y… ¿Desde cuándo fumas?

En su rostro aparecieron dos manchas color fresa, y el valor.

—¿Y desde cuándo aspiras cocaína?

Él apretó los labios.

—Desde que tengo veinte años.

—Yo fumo desde el viernes antepasado ¿qué problema hay? —miró su reloj—. ¡Hay que irnos! Peter… ¿De dónde habrá salido?

—¿Qué ocurre con ése…?

—¡Me salvó! Tampoco entiendo, te diré después. —Dijo, tomando su maleta.

Se apresuraron a salir por la entrada principal del teatro, donde estaba estacionado un auto negro, de donde se asomó Peter.

—¡Vamos! ¡Ya!

Calder fue halado dentro del vehículo por Aileen, apenas había puesto el pie dentro cuando Peter comenzó a acelerar.

—Peter ¿qué es lo que está…?

—Aquí no, Aileen. Agachen la cabeza,

Calder se agachó y vio por el espejo retrovisor que la piel de Peter se movía de sitio, se estiraba o arrugaba para dar paso a un rostro distinto.

Lo tomó por el cuello y le puso el revólver en la sien.

—Más te vale que expliques eso.

Peter seguía manejando, demasiado sorprendido para hacer nada.

—Tú eres Frederick Calder… ya te recuerdo bien. Con razón Kasalis te quiere muerto.

—¿Quién?

—Escucha…

—No, tú escucha. Más vale que comiences a responder preguntas.

—Las responderé, pero no creo que ellos no tengan ninguna para ti. —señaló al frente, donde un policía dirigía el tráfico, y otro ayudaba a una viejecilla a cruzar la calle.

Calder se lo pensó mejor. Se acomodó en el asiento calzándose su sombrero, de modo que no pudiera verse muy bien su rostro desde afuera del auto.

—Escuche, doctor Calder. Sólo le diré lo indispensable para que Aileen y usted estén a salvo. Pero necesito algunas respuestas para tener más claro el panorama, y así no dejar nada por fuera. No me divierte hacer esto —aceleró nuevamente—, de hecho, estoy poniéndome bastante en riesgo.

Peter miró por el espejo a Calder, quien lo evaluaba con los ojos muy fijos.

—Entiendo que no quiera confiar en mí. Pero le aseguro que no tiene opción. Si quitase el revólver de mi espalda creo que podría manejar estando preocupado de los demás conductores y no de usted, ya sabe, mientras menos riesgos…

Calder mantenía el revólver en su mano, apoyado en su rodilla y apuntando a la espalda de Peter. No sabía si le gustaba la perspicacia de Peter, pero puso el seguro y metió el arma en el holster.

Rembrandt lo miraba horrorizada.

—Oh vamos… —dijo, como justificándose.

—Está manejando.

—No iba a dispararle, por Dios.

—¿Desde cuándo vives sola en el teatro, Aileen?

Ella se incomodó por la pregunta de su ex-pareja, se cruzó de brazos.

—Dos semanas.

—¿Lo hiciste para protegerte? Bueno, no importa. Pero no pudieron encontrar un momento para atacarte hasta hoy.



Ali Bracamonte

Editado: 18.02.2018

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