La falta de orden en la vida del Doctor Calder

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Anúxidas

«Los reptiles hibernan»…

Calder se desvestía para asearse. Su abrigo estaba húmedo por el agua-nieve, sus zapatos también, sus manos frías y su nariz se congelaba debajo de la nariz falsa que se había colocado. No quería encender la pequeña chimenea de hierro, el depósito no tenía ventilación y rápidamente el lugar se convertiría en un horno compacto y cerrado.

Los reptiles hibernan.

Las palabras de Rembrandt seguían rondando por su cabeza y regresaban con nitidez, junto a su perfume. Que regresó cuando se retiró la camisa.

Ella se había conmovido de un momento a otro después de la cena, y cuando se separaron, lo abrazó, pidiéndole que se cuidara mucho. Calder rozó la tela suavemente con los dedos, desprendiendo nuevamente partículas del suave olor, levemente floral.

Su corazón se aceleró apenas un poco al recordar otra frase menos estresante que Rembrandt había dicho esa noche, había sido una cita muy amena y agradable, y procuró dejar el tema de Kasalis por fuera, lo que menos quería hacer era preocuparla en exceso.

Rembrandt lo había mirado mucho a los ojos esa noche. Se preguntaba por qué. Dejó la nariz falsa en la mesa, y la frase de ella cobró más sentido y fuerza cuando sus ojos pasaron nuevamente por la hoja con anotaciones.

 

Dejarte ver en el callejón 6. Pronto. En Febrero no tendrás oportunidad.

 

Porque los reptiles hibernan, y no hay que esperar que esté en una buena época ¿eh?

Pensó en los ojos avellana de Rembrandt mientras se duchaba y relajaba, sin darse cuenta que lo hacía con más placer que distracción.

• • •

 

Nunca se había sentido tan estúpido en toda su vida.

Mascullaba y gruñía intentando abrir la cerradura del depósito del callejón ocho, a las once de la noche, mientras nevaba.

Peverell (o mejor dicho, Creont) había tenido la delicadeza de enviarle esa misma mañana una nota con algunas explicaciones. Y una minúscula disculpa, parece que Creont se había excedido de la dosis en él de lo que fuera que usara para que los demás olvidaran. Y el recordatorio adicional.

No te dejes inyectar.

Detestaba ese secretismo, tantas preguntas y pocas respuestas. Golpeó la puerta con frustración, no estaría congelándose el culo intentando abrir un portón de madera podrida sin saber qué encontraría detrás de ella si no fuera porque Creont le dio recomendaciones, y no explicaciones.

El depósito era más o menos pequeño comparado a sus vecinos, su techo era a dos aguas y no sobresalía casi a los lados, así que la nieve le caía en los hombros y la cabeza descubierta. No sentía las orejas, ocasionalmente una brisa fría lo obligaba a cerrar los ojos y apretar los dientes, y el frío de su revólver parecía quemarlo tras la tela.

Lagartija hija de mil putas. Ni siquiera se dignó a decirle qué tipo de material inflamable encontraría.

Al fin la cerradura cedió. Estaba muy dañada, tuvo que pelear con la inclinación de la llave para que el cilindro comenzase a girar. No se sorprendió que dentro no hubiera más que oscuridad, cerró tras de sí el portón al comprobar que tenía manilla para abrirse desde dentro.

Tuvo ganas de lanzar la inútil llave lejos, muy lejos, pero decidió no ser imprudente y dejarla en su bolsillo.

Calder suspiró de alivio, ya resguardado del frío. Encendió una pequeña linterna y miró lo que tenía alrededor; varias cajas de madera dejadas por aquí y por allá, apiladas en las paredes, algunas en muy mal estado.

Parecía un simple almacén abandonado, saqueado y vuelto a cerrar. Tenía pequeñas ventanas cercanas al techo, casi todas tapadas con cartones, desde donde a veces la luces de los faroles de los callejones del muelle pasaban como intrusos al interior del almacén iluminando el suelo empolvado. Una caja solitaria de madera vieja estaba frente a él, tenía marcado algún código de envío, y le faltaba un trozo de madera en su tapa. Curioso, se asomó. Dentro había algo apilado en sacos. Con una pequeña navaja rasgó la tela, descubriendo unas piedras del tamaño de su puño. Parecía algún tipo de oro falso coloreado de azul, y buscó algo para abrir las otras cajas.

No encontró ni gasolina, ni dinamita, o frascos de químicos. Solamente esas piedras, algunas de ellas hechas polvo, y algunas cajas que no pudo abrir por temor a hacer demasiado ruido.

Pensó en llevarse algo del mineral que había visto cuando encontró algo más interesante. Una caja donde pudieron haber entrado fácilmente tres hombres le llamó la atención, pues tenía sólo dos clavos en su tapa y en el suelo había varios clavos doblados. Alguien la había abierto y vuelto a cerrar. No era difícil de deducir ni ver, la luz de la linterna se encargaba de hacer relucir los clavos apilados.

Sacó los dos clavos con ayuda de su navaja. Dentro, una lona muy gruesa con un lado impermeabilizado cubría algo muy grande. La apartó sin ceremonia alguna, y se quedó extrañado por lo que veía.



Ali Bracamonte

Editado: 18.02.2018

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