La falta de orden en la vida del Doctor Calder

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Fuego blanco

Se despertó bruscamente como si le hubieran sacudido en la cama. Pero no estaba en su cómodo colchón rodeado de sus sábanas de buena calidad, ni tampoco en la pequeña cama del sótano en el callejón tres en la que dormía con una almohada raquítica.

Alzó la mirada. Se encontró sentado en una silla con las manos atadas fuertemente a la espalda. Un fuerte y repentino dolor de cabeza le hizo apretar los párpados con fuerza, y miró alrededor preguntándose dónde estaba. Se dio un momento para acostumbrarse a la oscuridad, cuando una luz brilló en alguna parte.

Reconoció el depósito donde había encontrado la extraña cápsula, que estaba lejos, a su izquierda, y alguien se inclinaba hacia el aparato que ahora tenía la compuerta abierta.

Pasado un momento, la persona se volteó y acercó una silla para colocarla frente a Calder, donde se colaba algo de luz. Vio unos pies cojear. Aquella persona se sentó, y la luz le dio lo suficiente como para reconocerlo y sentir sus miembros tensarse.

—Kasalis.

El aludido abrió los ojos apenas un poco más de lo normal, y sonrió, intentando ocultar su sorpresa.

—Buenas noches, doctor. Veo que sabe más de lo que creía — mientras hablaba, se quitaba los guantes y el sombrero—. Esta vez no he tenido que planificar nada. Usted solo ha venido a sacrificarse. Qué considerado de su parte, ya estaba comenzando a fastidiarme el no saber dónde estaba, o qué hacía.

Calder se sacudió, desesperado. El nudo en sus muñecas estaba muy apretado y le lastimaba.

—No se preocupe, doctor. No voy a matarlo estando usted… así.

—¿Cómo es que supo que estaba aquí?

—Ha encendido mi… —movió los labios, dudando— bueno, no es necesario que sepa todos los detalles. Pero casi dañar mi caja y descubrir mi reserva de anúxidas… No deja de darme razones para matarlo.

—¿Anúxidas? —«Las piedras». Pensó de inmediato. ¿Para qué alguien querría una reserva de eso?

—Ah, por supuesto… usted no tiene ni idea de qué es. —dijo, dejando la capa cuidadosamente doblada sobre el espaldar de la silla.

—Esa… cápsula ¿Qué es?

—Ah, llamémosle cápsula.

Tomó su bastón, y sacó de él una espada que reflejaba débilmente la luz de los faroles. La admiró un momento, dándole vueltas en su muñeca para verla de diferentes ángulos.

Era más trabajada que la anterior.

—¿Recuerda esas balas que tan diligentemente su pupila y usted me implantaron? —miró a Calder, como esperando una respuesta, y continuó— Bueno, sus débiles cuerpos humanos no lo soportan muy bien…

»En cambio, nosotros tenemos esta resistencia por ciertos trucos tecnológicos que ustedes apenas comienzan a imaginar ingenuamente, en sus más locas fantasías—Dejó la espada sobre la silla y se arremangó la camisa, mostrando la piel de los antebrazos que se hacía más oscura mientras se acercaba al codo—. Para nosotros son algo del día a día —volteó un segundo a mirar la cápsula, que emitía una débil luz y parecía una urna extravagante desde esa posición—, aunque ni siquiera está en buenas condiciones y usted casi la daña… aún hecha añicos sería una maravilla moderna para su raza.

Calder no logró en todo ese tiempo desatar sus muñecas, los nudos estaban condenadamente bien hechos. Notó con indignación y con una creciente desesperanza su revólver y sus municiones puestas sobre una caja, así como su navaja, y casi todas sus cosas. Sentía la billetera en los bolsillos traseros, una caja doblada de cigarros, su pequeño manojo de llaves, la llave que no servía para nada y su encendedor. Nada más. Se sentía miserablemente desprotegido sin su arma. Y atado de manos, no podía hacer gran cosa.

También sintió algo duro danzando en su bolsillo, y recordó la piedra azul que había tomado. Para lo que le serviría… ¿Cómo huir de allí? ¿Cómo salvarse? ¿Qué posibilidades tenía?

¿Cómo moriría?

¡No! No debía pensar en eso. El miedo lo nublaría.

Kasalis tomó mucho aire, abriendo mucho los orificios de la nariz.

—Ah… Exactamente.

Calder no entendió lo que quiso decir, y tampoco le importó. Tenía que distraerlo, hallar una manera de huir. No tendría posibilidad si Kasalis decidía enterrarle la espada o una bala mientras estaba atado… pero él no lo haría, lo sentía. Parecía un criminal egocéntrico corriente, que querría jugar con su víctima antes de matarla. Demostrar su poder, su fuerza y su dominio antes del golpe final. O tal vez medirse con él, bajo trucos que finjan un trato justo, cuando obviamente no lo era pues no lo dejaría escapar con vida de allí.

—Es usted un maldito cobarde.

—No se atreva a llamarme cobarde, Calder. No soy el que huye tras las faldas de una asistente cuando le nombran a su novia muerta.



Ali Bracamonte

Editado: 18.02.2018

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