La falta de orden en la vida del Doctor Calder

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Nervios

—¿QUE TÚ HICISTE QUÉ?

—Por favor, Aileen, cálmate.

—¡NO ME VOY A CALMAR! ¡COBARDE! ¡BRIBÓN!

—¡Aileen!

—¡IRÉ YO MISMA A…!

—¡Por favor no hagas eso! ¡Iré para allá! ¡No te muevas!

—¿CÓMO QUE VIENES?

Pero Creont ya había colgado el teléfono.

Rembrandt cerró el teléfono con tanta fuerza que más tarde se sorprendió que no se astillara.

Creont le había dicho que Calder posiblemente había caído en una trampa. Ella entendió que podía ser por el plan que ejecutaron juntos. Plan del que no le habían querido dar ningún detalle.

Dejó que la molestia le terminara de subir a la cara, y cuando llegó también salió el miedo. Se puso a llorar.

Odiaba llorar más que a nada en el mundo. Odiaba sentirse débil e incapaz de solucionar las cosas horribles que pasaban a su alrededor, la amenaza certera de que Calder podría aparecer muerto esa noche en una alcantarilla, por ejemplo.

Tuvo que pasar un rato para que se serenara. Miró a la mesa del recibidor donde había una carta que había leído con emoción. Ahora le parecía un sentimiento muy ajeno, casi imposible.

Se limpió la cara, y decidió dejar de estar desesperada. Tenía que hacer algo.

Cambió su vestido por unos pantalones color tierra, una camisa ajustada que arremangó y zapatos cómodos. Cargó su revólver y se recogió el cabello en una cola sencilla solo para que no le estorbara. Salió de la habitación cerrándose el cinturón, cuando escuchó un golpe en la ventana del estudio.

Se quedó muy quieta. Estaba en el recibidor casi lista para salir, fuera de la vista de la ventana. Si se inclinaba hacia adelante y miraba a la derecha podría verla, tal vez abierta.

Tal vez con unos dedos apoyándose dentro, listos para atacar.

Rembrandt sentía el corazón en la garganta. De algún modo controló su respiración y los pequeños espasmos que aún tenía por el llanto. Algo dentro de sí le obligó a permanecer en el más absoluto silencio.

Otro ruido, un poco más fuerte, en la madera del marco de la ventana. Se sintió enferma. Definitivamente había algo allí.

Sacó su revólver. Tenía tres balas. Maldijo su torpeza, la caja de municiones la había dejado en la antigua habitación de Calder.

Lo cerró con mucho cuidado, y harta de la incertidumbre se lanzó hacia el estudio, apuntando hacia el frente con una mano.

Creont entraba por la ventana, con una media sonrisa. Ella estuvo a punto de gritar —o disparar— por el asombro.

—¿Qué haces aquí?

—Quería asegurarme de que no salieras, no estás segura aún —dijo, terminando de pasar todo el cuerpo por la ventana y ponerse en pie. Ella bajó el arma.

—Pero, pero si tú dijiste que…

—No lo estás.

Lo evaluó. Su voz estaba muy extraña, no sonaba nada natural, y no coincidía con sus expresiones. Él notó su mirada, y la desvió mirando su reloj.

¿Era posible? Creont parecía unos centímetros más bajo, o tal vez era porque estaba un poco encorvado, pero él nunca caminaba así. Rembrandt bajó la mirada un segundo. Creont tenía unos zapatos de cuero marrón, desgastados y sin brillo alguno.

Recordó una de las primeras discusiones que tuvo con él. Vivían con varios amigos, y ella manchó de tinta el suelo del estudio, donde Peter (o Creont) y un risueño joven llamado Jean habían dejado sus zapatos que habían mandado a lustrar esa misma mañana. El cuero se había manchado apenas con dos salpicaduras imperceptibles a menos que se viera con mucho cuidado.

Pero el reclamo había sido tal, que Jean se había ofrecido a comprarle unos zapatos nuevos, para que dejase de estar tan furioso con Rembrandt por tal tontería.

—Estoy seguro de que esta noche…

—Pensaba que irías a buscar a Calder. —lo interrumpió ella.

—¿A Calder? No, Aileen. Quería asegurarme de… —decía mientras se acercaba a ella. Pero Rembrandt alzó el revólver, apuntándole en el pecho. Él se detuvo en seco, y la miró con las cejas apuntando hacia abajo, con la frente arrugada—. ¿Qué haces?

—Pensaba que eso era de cobardes. El cambiar sus caras.

El rostro de Creont se torció en una sonrisa astuta.

Rembrandt apretó el revólver por el miedo. La piel del otro se estiraba, moldeaba y acomodaba frente a sus ojos, arrastrándose y adaptándose a un nuevo rostro que era más largo, de cejas grandes, nariz perfilada y ojos un poco más separados.

—Muy detallista, señorita Rembrandt.

Si ése extraño iba a matarla, golpearla o atarla, ella nunca lo supo. Pareció tomar impulso con el brazo para buscar algo en su costado o sus espaldas, cuando se escuchó un disparo.

Se asustó en sobremanera. El hombre cayó de bruces, casi sobre ella, si no se hubiera lanzado hacia atrás en el último momento. Yacía allí muerto, con un tiro en la cabeza.



Ali Bracamonte

Editado: 18.02.2018

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