La Gema de la Reina

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Capítulo XIII. "Un domingo difícil".

Brian.

 

Llegó en quince minutos al lugar de encuentro, aparcando en la entrada del hotel Millennium. El valet se acerca y con cortesía, se ofrece a aparcarlo. Le dejos las llaves con el casco y entro al lobbit. Visualizo al confidente de mi superior, y me aproximo hacia él si quitarme los guantes. Pero a tan solo unos metros él capta mi extraño comportamiento y dice.

-sabes que eso no oculta lo que sea que hayas hecho.

No respondo. Avanzamos hacia la discoteca del hotel, en dirección a la zona VIP. Al pasar el lugar estaba por reventar, la música electrónica retumbaba a todo volumen y las personas no paraban de bailar. Cuando entramos al espacio de la reunión, el guardia de seguridad no dice nada, solo retiro la tira y nos deja pasar. Subimos por la escalinata y apartamos las cortinas que dividían el espacio. Apenas entro me topo con la mirada acusatoria de Tom, seguida de las serena y calculadora postura de la señora Collins. Me percato de una tercera mirada, una muy conocida dentro del circulo de Taylor que jamás me habría imaginado.

-llegas tarde, perra – dice el imbécil de Tom.

-Tom – lo reprime la mujer morena – ese lenguaje.

Él se encoje de hombros.

-caballeros tomen asiento – dice Collins, interrumpiendo la discusión. Nos señala a ambos los dos asientos vacío sobrantes, para dar inicio la reunión de una vez por todas –. Brian debes tener una gran historia sobre tu tardanza, pero luego hablaremos – nervioso, trago saliva, observando su postura severa hacia mí –. Reportes Tom.

-será esta misma noche, la deje muy afligida, según las palabras de esa wimag… ¿cómo es que se llamaba?

-que idiota Tom – dice la acompañante colocando los ojos en blanco.

-ya niños, compórtense – interrumpe Collins –. Tom querido, sabemos que mi hija es cobarde y muy terca, no sedera por completo. Lo bueno es, que los sentimientos de culpa la empujaran al primer paso de la verdad – sonríe satisfecha, con cierta expresión sombría que me hizo alertarme.

- ¿cuál es el siguiente paso? – pregunto lleno de curiosidad.

-ya lo veras – dice con cierto tono sereno –. Sus poderes se están desatando, y ya hablé con Matilda – hizo énfasis en su nombre señalado a Tom con una mirada de advertencia –, para que no permitiera que Stery siga dándole a Elizabeth la poción del olvido. Es cuestión de tiempo para que los efectos secén.

Me quedo callado, incapaz de preguntar o volver a hablar, con la cabeza cabizbaja mirando mis manos entre sí.

-Brian, ¿en dónde dejaste a tu protegida? – subo la mirada topándome con la sonrisa divertida de Tom.

-está con sus amigas – contesto enderezando mi postura.

- ¿por qué los guantes?

Bajo la mirada a mis manos, y los contraigo en un puño crujiendo los huesos.

- ¿mala noche? – brome Tom, como siempre.

-Tom – lo detiene Collins – ya puedes retirarte. Querida acompáñalo a su habitación.

Ésta asiente, ambos se levantan y luego salen los dos. La tensión se crea dentro del lugar, el zumbido de la música electrónica cortaba el silencio, logrando dispersar un poco la tensión.

-te preguntare algo y quiero que seas muy sincero – comienza su interrogatorio. Tenso los músculos de mis manos, resignado a solo afirma con la cabeza –. ¿He cumplido o no con la parte del trato?

-sí, señora.

- ¿comprendes todos los puntos?

-sí, señora.

La mirada de Collins se contrajo en un gran ceño fruncido. No se veía feliz.

-sabes las consecuencias Brian.

Sin poder percibirlo a tiempo, su guardaespaldas toma mis manos con fuerza que no pude contrarrestar, usando solo una sola mano. Forcejeé un poco, pero el desgaste de energía descargado hace unos minutos no me permitió zafarme.

Collins estaba estática como una piedra, y prosiguió.

-me considera una persona flexible, querido. Pero fallas como esas, me obligan tomar medidas –. Él me quita uno de los guantes, dejando al descubierto los moretones y la sangre de Leo dispersa en el – Brian, ya no tienes permitido acércate a ella, y no podrás ni hablarle, ni respirar el mismo aire hasta que yo te lo ordené. – Le hace señas a su confidente, y me obliga a colocar la palma hacia arriba. Ella saca una navaja pequeña y la hunde en el centro de mi palma. Ahogo un gruñido, sintiendo la rabia fluir por mis venas. Líneas de sangre brota de mi mano. – No te odies, tienes suerte de recibirás ayuda – movió el filo de ésta en una línea abriendo más la herida, provocando así que, brotara más sangre. La mire con profundo odio, mostrándoles mis dientes afilados.



B. B. Muria.

Editado: 13.08.2019

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