La guerrera durmiente: la maldición © [completa]

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Capítulo 3 | Personas grotescas y ayudas inesperadas

Aurora caminó hasta que el sol desapareció del cielo. La oscuridad le comenzaba a impedir ver donde pisaba y ya había perdido toda esperanza de encontrar alguna aldea, cuando vio un poco de luz a lo lejos. Con esperanza renovada, caminó en esa dirección. Poco a poco, las luces comenzaron a multiplicarse y a aumentar su intensidad: se estaba acercando a una aldea.

Minutos después, llegó a las afueras del asentamiento. Había negocios, muchas personas hablando, ruido, música, olor a podrido.

Entró a uno de los lugares que lucía más concurrido: un bar. Se acercó a la barra, donde un señor robusto y de bigote negro servía bebidas a los clientes.

—¿Puedo ayudarte con algo, mi amor? —preguntó el señor.

Barrió con la mirada a Aurora y lamió sus labios antes de mostrarle una sonrisa grotesca que incomodó a la chica.

—¿Me podría dar algo de comer? —preguntó, tímida.

—Primor, aquí no vendemos nada más que bebidas. ¿Qué se te antoja? —respondió con una voz grave.

—¿Me puede dar agua, por favor? —murmuró.

El cantinero sonrió con burla y se dio media vuelta para buscar agua. Nadie pedía eso. «Esta preciosura está perdida», pensó. Su mente fue a parar a escenas morbosas y grotescas.

—Aquí está, mi amor. —El cantinero le guiñó un ojo a Aurora y ella le sonrió, incómoda.

Sentía las miradas de todos los presentes en ella, aunque nadie más que el cantinero la veía. Se sentía incómoda y perdida. Usualmente, los lugares que frecuentaba eran conocidos para ella, y la gente la solía ver con respeto, no de la manera extrañísima que el cantinero la veía. Los únicos que alguna vez la vieron así mientras crecía eran algunos guardias que se quedaban mucho tiempo con ella. Nunca entendió qué significaban esas miradas, pero siempre se sintió incómoda.

—Disculpe, señor —llamó, levantando la mirada de su vaso ahora vacío por primera vez—. No tengo dinero para pagarle —admitió con vergüenza.

El cantinero, antes coqueto, comenzó a enojarse.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes, niña? —gritó, llamando la atención de algunos comensales—. No te hubiera servido nada —gruñó.

—¡Perdóneme! De verdad lo siento, tenía mucha sed y ¡sólo es agua!, no pensé que fuera la gran cosa. ¿Es que no puede regalármela, por favor?

Aurora tenía razón, sólo era agua. Muchas veces se le regalaba un vaso de agua a los clientes cuando compraban algo, pero le molestó sobremanera que, sin haber consumido nada ni haber avisado antes, ella le pidiera, tan campante, que se la obsequiara.

—¡No, no puedo! —gruñó de nuevo.

Aurora estaba por llorar, no quería meterse en problemas nada más llegar.

—¡Puedo pagarle como quiera, señor, sólo que no con dinero! —chilló, asustada—. Le puedo ayudar a hacer algo, puedo hacer otra cosa, pero no tengo nada con qué pagarle. —Estaba desesperada, por lo que comenzó a hablar sin parar—. Verá, soy una princesa en otro mundo, pero caí en este por un hechizo, sin nada, ni siquiera ropa, comida, dinero, nada. ¡Nada! Y ahora tengo que salir de aquí, pero mientras necesito comer y...

—¡Para! —gritó el cantinero, golpeando con ambas manos la barra de madera—. Está bien, mi amor, está bien. Puedes pagarme de otra manera. —La pequeña estaba loca, pero era la mujer más preciosa que había visto nunca, y parecía dispuesta a lo que sea. Sonrió y se acercó a Aurora, sus caras ahora bastante cerca.— Bien, ¿qué te parece que, ya que no tienes dónde dormir, vienes a mi casa a dormir conmigo?

Aurora no entendió. Sonrió con incomodidad y se alejó unos centímetros, lo suficiente para mantener su espacio sin verse grosera.

—¿Por qué haría eso, señor? ¿Por qué me daría un lugar dónde dormir después de no poder pagarle? ¿No prefiere que trabaje para usted? Puedo ayudarle a hacer lo que sea —insistió Aurora.

—Oh, mi vida, no te preocupes, encontrarás la manera de pagar toda mi hospitalidad —insinuó, acercándose aún más a la chica, que se quedó paralizada, presa del miedo.

El cantinero sonrió con malicia y pasó sus ojos por el escote del vestido de la chica, subió y se detuvo en sus labios, grandes y carnosos. Puso su mano callosa y ennegrecida sobre la pálida y pequeña mano de Aurora.



Leire Cortés

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En el texto hay: retelling, magia, labelladurmiente

Editado: 16.09.2019

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