La Habitación más Oscura

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Sesión 2: Los niños de nadie.

    Después de atender a un par de pacientes, prácticamente puedo sentir como, poco a poco mis energías son drenadas de mi cuerpo. Un dolor punzante e insistente late en mi cabeza, logrando irritarme un poco y mantenerme algo despistada y ajena de lo que sucede a mí alrededor. Y el solo recordar que Emma llegará en cualquier momento, hace que mi cuerpo entero duela producto de la ansiedad.

    Minuto a minuto aconsejo, escucho, anoto y apoyo a cada una de las personas que lo requieren. Me interno en las vidas y problemas de cada uno de ellos sin dejar que eso afecte mi vida. Amo mi trabajo, el saber que puedo ayudar a los demás y el desafío que ello demanda, es por eso que aun trabajo para la policía y Emma… bueno, Emma es un caso especial.

    Como psicóloga soy consciente de que relacionarme mucho con mis pacientes, y menos imaginándome como ha debido ser eso que pasaron para llegar a ciertos extremos, no es realmente profesional, pero existen historias o personas como Emma, de las que simplemente no puedo huir y su dolor puedo vivirlo casi igual que ellos.

    No puedo evitar rememorar situaciones oscuras de mi vida. Anécdotas que me cambiaron para mal pero que me hicieron aprender y endurecer muchos aspectos de mi personalidad.

    Finalmente los oficiales entran con Emma detrás de ellos; que se mantiene cabizbaja al igual que la última vez que nos vimos. Sonrío por la costumbre y sin cruzar palabra con los oficiales le indico a la chica que me siga hasta el interior de la habitación y al cabo de un minuto estamos en la posición de ayer.

— ¿Cómo te encuentras hoy, Emma? —le pregunto mientras termina de acostarse en el diván.

—Supongo que estoy bien, Srta. Johnson —dice, y a juzgar por su apariencia, deduzco que no pudo dormir la noche anterior.

—Por favor llámame, Claudia —le digo y sonrío.

    Asiente y se queda mirando al frente. Sé lo que está esperando, necesito decirle que puede continuar para que siga su historia.

— ¿Puedes continuar tu historia dónde la dejaste ayer, Emma? —Prefiero hacerlo en forma de pregunta, así sabe que tiene opciones.

    Asiente de nuevo y suspira profundamente.

*******

    Después de la muerte de papá algo dentro de mi madre se rompió, o terminó de romperse definitivamente. Ella nunca fue realmente cariñosa, pero al menos antes sonreía. Aún después siguió sonriendo, pero nunca de la manera en que lo hacía antes; sino más bien de forma maliciosa y tenebrosa, como si no pudiera soportar vernos y su sonrisa fuese lo único con lo que podía decírnoslo. Desde ese día en la fiesta de Julia no puedo recordar ver una sonrisa auténtica en su rostro en ningún momento, y eso realmente me asustaba.

    Las cosas comenzaron a ir cuesta abajo desde entonces, hundiéndonos en un agujero del que ni dios podría sacarnos.

    Tengo escasos recuerdos del funeral de papá más sé que muchas personas asistieron al mismo. Puedo recordar los rostros ir y venir de un lado a otro, algunos nos miraban con pena, otros con preocupación; y a pesar que muchos se acercaron a mamá o a mis hermanos nadie se acercó a mí para consolarme; quizás creían que yo no entendía lo que pasaba y en cierto punto era cierto, pero en mí nunca terminaron de encajar algunas cosas.

    Aún hay veces que me pregunto ¿qué pasó con la familia de papá? ¿Teníamos de hecho esa familia? No lo sé, pero hay una escena que regresa a mi mente cada vez que evoco esa pregunta.

    El olor a café y cigarrillos quemaba mi nariz, el ruido era tanto que me costaba concentrarme pues de todos lados se escuchaban voces, pasos, risas y más que uno u otro lamento. Esa es la cuestión de los funerales, no importa cuánto se quiera al difunto, siempre habrá alguien que desee contar un chiste.

    Sentada en un taburete mecía mis pies al ritmo de una canción que solo se escuchaba en mi cabeza, ignoraba todo y a todo el mundo mientras seguía preguntándome si papá iba a regresar, si quizás me había equivocado o si todo había sido una broma. Papá era gracioso pero no sabía si era de ese tipo. Bran y Julia habían estado jugando conmigo un poco, parecía que algo de esas personas chistosas había en ellos y aunque solo buscaban tranquilizarme, a pesar de que estaba muy tranquila, terminaban por empeorarlo.

    Una señora mayor caminaba pesadamente cada tanto frente a mí y a pesar de que yo la ignoraba en cada vuelta me abrazaba y frotaba mi cabeza con dulzura. Su cabello era completamente blanco, casi metálico; su piel tan blanca como la mía y la de mis hermanos y sus ojos de un avellana tan claro me miraban con absoluta tristeza y preocupación.



G.R. Millán

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En el texto hay: maltrato y sufrimiento, niños, doloryvenganza

Editado: 19.05.2018

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