La Hija del Pastor

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Capítulo uno

—Si esto no te pone un alto nada nunca lo hará, Lara. Eres una vergüenza para la familia —escupió mi madre antes de desaparecer por un largo pasillo. De hace un tiempo no nos habíamos llevado bien, ninguna de las dos había hecho algo para cambiarlo y esta situación no ayudaba.

—Hija, me duele mucho, pero es lo mejor para ti —mi padre se agachó y besó mi cabeza. Si por mí fuera sólo viviría con él, era un buen hombre—. Ten —extendió tres billetes de cien pesos —. Espero esto te haga recapacitar, mi pequeña Lara.

—Lo siento mucho, papá —lo abracé tan fuerte como pude.

—Nos vemos pronto —asentí y lo vi partir por donde la bruja salió minutos atrás. Guardé los billetes en el bolsillo de mi pantalón; segundos después una mujer mayor con expresivos ojos cafés y cabello levemente castaño se acercó a mí para darme una hoja.

—Señorita Orozco, este es su horario de clases. Pase a la biblioteca por sus libros y la espero a la hora de la salida para mostrarle su nuevo hogar. Asentí.

Se metió a una oficina mientras permanecí en la banca con la hoja de horarios de clase en mi mano. Mi nuevo hogar. Sabía que el año anterior me había dedicado a hacer la vida de mis padres un verdadero infierno. Papá me sacó tres veces de la cárcel por conducir ebria; un árbol se atravesó en mi camino y destruí mi primer coche; después choqué el auto de ambos en un lapso de dos meses. Ambos tomados sin permiso, por supuesto. Asistí en total a diez clases en un semestre y la gota que derramó el vaso fue que incendié mi habitación. Ya saben, lo típico.

Mi familia era dueña de una cadena de hoteles muy prestigiosa en México. Amasaron su fortuna a base de trabajo duro y esfuerzo; en realidad fui mi papá. Mamá sólo gozaba del dinero. Ese arduo trabajo no cuadraba en mis genes; nunca conocí los límites, las reglas, el respetar el tiempo de los demás, nada que fuera lo adecuado en los estándares sociales. Me regía bajo mis propias normas, desconocía la palabra no hasta hace unos días. Lo que me llevó a este lugar, el primer no de mi vida hizo que terminara en la cola del diablo a mis diecisiete, casi dieciocho, años.

Una parte de mí creía que mi madre sólo buscaba una excusa para deshacerse de su hija problemática, por lo que tomó la brillante decisión de enviarme al pueblo más remoto de México. Donde no sólo estaría sin comunicación, sino que tendría que trabajar para pagar mi alimentación y hospedaje. Mi enojo hacia ella era más grande que cualquier otro sentimiento en esos momentos. Odiaba con todo el corazón lo que me había hecho: alejarme de todo lo que me gustaba por no encajar en su superficial forma de vida. La casa en donde me quedaría estaba justo frente a la de la directora, así que ella se encargaría de llevarme a la escuela. Sería mi niñera y una muy enfadada si no iba por mis libros.

El largo pasillo llevaba a todos lados, de lado derecho estaban la mayoría de las aulas y de lado izquierdo los laboratorios y la biblioteca. El lugar estaba muy bien organizado, en la parte de atrás alcancé a ver un gran lugar techado que supongo era el auditorio para juegos o eventos. Era una escuela grande para un lugar relativamente pequeño. Por fin llegué a donde debía y entregué mi horario a una señora algo joven con cara de haber olido algo muy feo.

—¿Por ti fue el alboroto de hace un rato?

—Eso parece.

—Estúpidos adolescentes —me veía con el ceño fruncido.

—Usted fue una estúpida adolescente en algún momento —repliqué casi de inmediato.

—Mis papás no me humillaron mandándome a un pueblo en medio de la nada —su respuesta fue más rápida que la mía.

—Unos más estúpidos que otros, pero estúpidos al fin— traté de defenderme.

—Si eso te hace sentir mejor —se fue a buscar los libros en unos estantes mientras apoyaba mi cabeza sobre el enorme mostrador de madera frente a mí.

—¿Eres nueva? —preguntó una chica algo llenita, muy simpática.

—Sí —contesté a secas.

—Mi nombre es…

—Entrometida —aquí venía la abeja reina. Volteé para ver a la dueña de la voz—. Olivia, puedes llamarme Liv. Soy de las pocas personas que conocen lo que es la civilización en este cochino lugar —frente a mí, una castaña de imponentes ojos azules se presentaba.

—Soy Lara —vi como la chica que fue interrumpida buscó salir de ahí—. Oye —la llamé antes de que desapareciera, pero ni se inmutó.



Ale May

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En el texto hay: lbgt, chicaxchica, religion

Editado: 21.10.2019

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