La Ira

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SEGUNDA IRA: LA TRAICION / La piel del patriarca

LA PIEL DEL PATRIARCA

 

Los Ángeles, California.

Nueve meses antes.

 

_ Lara, baja ya o no llegaremos al aeropuerto a tiempo.

La voz de su madre sonaba más calmada de lo que estaba en realidad, una estrategia bien urdida a lo largo de los años para obligarla a darse prisa, porque Malena no era la clase persona a la que alguien quisiera hacer enfadar.

Su hija menor, Evelett, se distraía con cualquier cosa en que su febril atención de seis años se fijara, y Lara era extremadamente minuciosa cuando se trataba de recoger sus trastos para mudarse, de manera que ninguna de las dos estaba aportando mucha agilidad al viaje.

_ No se confundan por esta aparente tranquilidad, _ advirtió_ estoy haciendo acopio de paciencia para no subir las escaleras y lanzar las maletas abajo de un gracioso puntapié.

Escuchó a Lara revolver por centésima vez los cajones de su armario en busca del más pequeño objeto que pudiera olvidar. Sus cosas no eran grandes o costosas, pero había ido acumulando con el tiempo demasiados recuerdos de los lugares en los que había vivido: regalos de amigos, cartas, libros, y más brazaletes artesanales de los que podía contabilizar. En fin, bártulos por los que en conjunto no habría recibido ni cien dólares, y por eso resultaba tan frustrante para Malena que se aferrara a esas menudencias en lugar de a cosas más importantes, a cosas realmente dignas de ser admiradas, con un certificado de autenticidad para respaldar su valor.

Después de todo era innegable que no se parecían en nada.

Lara respondió con un gruñido involuntario y silencioso al apremio de su madre. De muchas maneras ya se había acostumbrado a no responder directamente. Era parte de la terapia a la que se obligaba cada día: no confrontar; y estaba tratando de cumplirla al pie de la letra.

Miró alrededor de la habitación vacía, en cuyo centro una cama, un moderno escritorio de vidrio y acero, varios estantes para libros y una silla sufrían de una profunda impersonalidad. Le gustó saber que cuando se fuera el cuarto no tendría un alma propia, sentir que era ella la que moldeaba y daba identidad a los espacios, que no eran las incontables casas en las que había vivido las que condicionaban la calidez o la comodidad de su entorno.

Si algo la alegraba de las mudanzas, que habían sido una constante a lo largo de su corta vida, era esa sensación de que se iba “con lo puesto”, de que era capaz de meter su historia en un par de maletas, y arrastrarlas a través del mundo para empezar de nuevo en cualquier otro lugar. Podía sentirse a gusto donde fuera mientras aquellas sencillas cosas que le proporcionaban seguridad estuvieran en su posesión. Esa era precisamente la razón por la que, a sus diecisiete años, tenía ya una colección bastante extensa de objetos con valor sentimental y no estaba dispuesta a perder nada, ni siquiera por las prisas de Malena.

_ Ya voy, mamá. _ le gritó con descuido _ Casi termino.

_ Lara, por favor, ¿en serio tienes que registrar hasta el último rincón de la casa antes de irte? _ inquirió Malena con ademán inquieto.

_ Sabes que sí debo revisar, hasta la última gaveta. Dejar atrás cualquiera de mis cosas no es una opción.

Malena maldijo en voz baja y se recordó con alivio que cuando la planificación y la manipulación no funcionaban, las amenazas siempre lograban que los viajes se dieran en tiempo. Tal vez este no fuera la excepción.

_ ¡Evelett! _ volvió a gritar, apelando a un miedo que había sabido bien como explotar _ ¡Baja ya! ¡Antes de que me largue y las deje a las dos aquí!

Por algún extraño motivo, aquella advertencia que siempre había funcionado con Lara, no daba el mismo resultado con Evelett. Era más rápida y también más despegada, intentaba siempre llevárselo todo, pero no sufría por el libro que perdía o el conejo de peluche que no cabía en la maleta y había que dejar. Además de que la intranquilidad de su madre por los horarios la tenía sin cuidado.

_ Mamá, _ dijo la niña con calmada suficiencia desde lo alto del descanso _ tienes que entender que no hay una relación directamente proporcional entre la elevación de tus decibeles y nuestra agilidad para hacer el equipaje.

_ Esta chiquilla cada día habla más raro. _ masculló Malena entre dientes mientras las ventanas de su nariz se dilataban de impaciencia _  Tengo que limitarle las horas de televisión. ¡Lara! _ insistió.

_ ¡Ya voy!_ gritó la chica, al borde de alcanzar el mismo estado de ánimo mientras bajaba la escalera llevando una maleta café bastante descolorida, acompañante ya de numerosos viajes _ No te estreses, madre, que ese vuelo no saldrá sin la familia Sanders.



Day Torres

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En el texto hay: traiciones, romance, intrigas

Editado: 30.07.2019

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