La Ira

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Los lazos quebrados

Algún lugar entre la Sierra de Aitana y la Villa de las Mercedes

 

 

A menos de ochocientos metros de la mansión la silueta de un hombre comenzó a desdibujarse. Sus rasgos no aparentaban más de veinticinco años, pero en el mortal agotamiento de sus ojos y en la destreza de sus movimientos se podían leer décadas de controlado instinto. Sin embargo había estado a punto de cometer un error doblemente peligroso: intentar una cacería diurna y dar rienda suelta a una naturaleza que de cuando en cuando no admitía represión.

Por suerte el ataque de los mastines había llegado a tiempo para fijar sus pies a la tierra y su conciencia a la realidad de la amenaza.

Hasta donde alcanzaba su conocimiento la villa había estado deshabitada durante los últimos diez años, y lo menos que esperaba al levantarse esa mañana era la llegada de inquilinos tan excepcionales. Retrocedió lentamente, fundiéndose con el ramaje hasta que su cazadora oscura fue uno más entre los troncos de los pinos, y después echó a correr como si su completa existencia dependiera de ello.

Quizás no pudiera comprender en toda su profundidad lo que acababa de presenciar, quizás debía investigar la clase de criaturas que se habían instalado tan cerca de su territorio de caza; pero de algo estaba completamente seguro: tenía que poner la mayor distancia posible entre la Villa de las Mercedes y él, al menos por el momento.

“Tranquilo, tranquilo… - se dijo mientras emprendía una marcha silenciosa y veloz hacia el interior del bosque - Ahora la mejor opción que tienes es la caza, dedícate a ella… concéntrate en ella…”

Y eso hizo, con toda la vehemencia de su naturaleza.

Apenas transcurrieron algunos segundos para que sus facciones, su cuerpo entero, se adaptaran al ejercicio de fuerza que vendría a continuación, y luego todo fue oído, olfato, reflejo. No le fue difícil detectar el rastro de los dos perros que el cachorro de tigre había dejado vivos; la adrenalina que desprendían era como un trazo luminoso para sus sentidos, una invitación a su apetito y su necesidad de liberar la tensión.

Los mastines habían huido despavoridos hacia lo más intrincado del bosque, y una presa aterrorizada era un incentivo difícil de evadir; al final las circunstancias le ofrecían saldar dos deudas de un solo golpe: eliminar la amenaza que pudieran suponer en un futuro para la familia un par de animales de esa talla, y procurarse un poco de acción.

Mientras los árboles se deslizaban con rapidez a sus espaldas, Dominic intentó  mantener la mente despejada, reprochándose una y otra vez su constante obsesión por visitar el Faro del Albir. Le gustaba el mar más de lo que habría admitido ante nadie y aquel era uno de los pocos placeres que se permitía a sí mismo, uno de los pocos que no habían tenido resultados muy satisfactorios.

Ahora tenía otra conciencia, otros ojos con los que lidiar; y los breves instantes en que los había sentido sobre él habían sido suficientes para comprender que la fuerza de aquella chica era mayor que cualquiera que hubiera experimentado antes, una fuerza capaz de arrastrar su propia conciencia hacia donde no quería ir…

_ Una fuerza que debo eliminar lo antes posible.

Despertó de nuevo a la cacería cuando una rama le pegó en el rostro, haciéndole un corte limpio que no tardaría demasiado en cicatrizar y advirtiéndole que estaba perdiendo el enfoque. Retomó el rastro que poco a poco se alejaba de las zonas más frecuentadas por los “turistas ecológicos”, y en menos de una hora logró localizar a los dos mastines. Antes de que pudieran siquiera percatarse de su presencia los había matado, y el olor de la muerte fresca hizo que su ánimo mejorara hasta el punto de hacerlo de nuevo un ser medianamente racional.

Enterró los cuerpos con cuidado, lo bastante profundo como para que ningún animal carroñero consiguiera sacarlos y esparcir los restos en lugares más frecuentados. Se limpió como pudo en un pequeño arroyo y se dirigió con paso sosegado muy lejos de allí, hacia la sierra, hacia la parte deshabitada de la montaña donde las bajas temperaturas y los animales salvajes disuadían a los turistas de sus exploraciones. Donde podía estar a solas con el mundo.

Dominic no sabía si su refugio se podía definir como cabaña, casa o cualquier otro apelativo arquitectónico convencional. Guardaba un vago recuerdo de su infancia en los canales de Venecia, una extraña lección aprendida luego de una invasión del mar: “solo los altos edificios son seguros” y de esa manera había construido su vivienda.

Era una amplia galería hecha de troncos, suspendida a seis metros del suelo sobre ocho tupidos fresnos.  Las habitaciones, separadas por largos pasillos, eran pequeñas y acogedoras, y por completo carentes de una estructura tradicional. Al final de los corredores un cuarto de casi doce metros cuadrados daba asilo a la añeja caldera de vapor, que con lentitud iba esparciendo su aliento cálido por las estancias. Cualquier extraño habría dicho que era una casa de locos, oscura y revuelta, pero cada uno de los gastados y antiguos objetos que componían su refugio eran funcionales para él, necesarios para la supervivencia de su humanidad, si no de su cuerpo.



Day Torres

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En el texto hay: traiciones, romance, intrigas

Editado: 30.07.2019

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