La Ira

Tamaño de fuente: - +

El hijo de las sombras

 

 

Villa de las Mercedes

 

 

De frente a la ventana, observando la oscuridad sin prestarle verdadera atención, el cazador se concentraba en cada murmullo de la alcoba. Habían pasado más de cuatro horas desde que Lara cayera bajo el efecto de las toxinas, era casi media noche y aún no despertaba, pero esa era la menor de sus preocupaciones.

La toxina paralizante de un sorian no era una ciencia exacta, su efecto podía durar más o menos en dependencia de la fuerza de la víctima, y la obvia debilidad de Lara haría el proceso aún más largo, así que nadie estaba demasiado asustado por eso: tenía toda la noche para recuperarse y despertar.

Dominic no se le había acercado en todo ese tiempo. De cuando en cuando examinaba las heridas para asegurarse de que estaban bien, que no seguían sangrando, pero siempre manteniendo la distancia como si temiera que el episodio de instintiva exaltación volviera a suceder.

Sin embargo la necesidad de aprovechar aquella ocasión que quizás fuera única lo torturaba sin descanso… hasta que se rindió. Cruzó la habitación y se inclinó con suavidad sobre el cuerpo de Lara, agradeciendo mentalmente que ninguno de los tigres hiciera nada por impedírselo. La luz de la pequeña lámpara arrancaba reflejos cobrizos de su cabello, dándole una aureola de vasta inocencia, de tierna pequeñez. 

Dominic desplazó la vista por su rostro con fascinación.

“No eres más que una niña, - rio interiormente - una fierecilla de diecisiete años con un par de criaturas de la noche como mascotas. ¿De dónde sacas la fuerza para controlarme?”

Con especial ternura apartó un mechón púrpura que cruzaba sobre los ojos cerrados, y muy en su interior una emoción diferente lo mordió, confundiéndolo. ¿Cómo era posible que no quisiera dejarla vivir una vida larga y plena, si no había nada en su existencia tan significativo como ella?

_ Eres preciosa ¿sabías? _ le susurró acariciando su mejilla _ No necesitas hacer absolutamente nada para que los demás no te dejen sola, para que no se alejen… cuando lo escribiste en tu diario no lo entendí… porque yo no pude respirar la primera vez que te tuve cerca, eras la personita más fastidiosa de la tierra, eras como todas mis pesadillas unidas en un solo deseo. _ sonrió _ ¡Quizás no lo sepas pero sí que es un esfuerzo inútil tratar de alejarse de ti!

El cazador dejó vagar su mano por el níveo rostro, reconoció sus párpados, aquella nariz pequeñita y respingona, hasta que sus dedos tocaron los labios de Lara y pasearon por ellos con detenimiento, perdiéndose en la sensualidad de su forma.

_ Quisiera que pudiera existir un tiempo para nosotros, _ le murmuró al oído _ te contaría todo lo que he visto a través de tus ojos, te contaría cómo me saturan tus emociones hasta que casi no siento las mías, te contaría cuánto he deseado llevarte conmigo… mía... cuánto he deseado matarte para romper el maldito vínculo. Y sin embargo hoy he intentado hacer todo lo opuesto, ja. _ la contradicción lo hizo reír de nuevo _  La verdad es que Silver Moon me ha estado ayudando con eso, esa vaca gorda casi me rompe todos los huesos.

Silver Moon abrió un ojo previsor pero lo cerró casi al instante: no, el sorian no haría nada, ¡estaba embobeciendo justo en ese momento! Dos minutos más y estaría más derretido que un helado en verano.

De pronto su voz titubeó un poco:

_ Lo… lo lamento. Nada de esto hubiera pasado si yo no hubiera sido tan imprudente de irme al Faro del Albir el día en que llegaste, y en cuanto me viste me arrastraste a tu vida, me encadenaste con el vínculo y después no pude alejarme, no “sin” ti. Soy un maldito egoísta pero me alegro de eso: me permitió saber que no quiero estar solo de nuevo. _un lento suspiro se escapó de su pecho_ ¿Sabes? El regente de las criaturas de la noche, el craig al que sirvo, dice que los sorian no podemos tomar pareja, que está prohibido por algo de lo que ya nadie se acuerda. Y nadie es tan estúpido como desafiar una advertencia que ha estado vigente por siglos… nadie excepto yo que, ya ves, no puedo desprenderme de ti.

Tomó una de las manos de Lara y la acercó a sus labios sin llegar a besarla.

_ Desearía ser menos idiota y más humano.

Aquel rostro sereno, lívido como la luna, era todo lo que Dominic había deseado en mucho, mucho tiempo. No lograba explicarse los sentimientos encontrados que lo golpeaban cuando se trataba de Lara. A veces parecía que bastaba con sentir lo que ella sentía para que volviera aquella inminente necesidad de matarla.

A veces no sabía si la deseaba o si la odiaba.



Day Torres

#1365 en Fantasía
#709 en Personajes sobrenaturales

En el texto hay: traiciones, romance, intrigas

Editado: 30.07.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar