La Ira

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Así se llama el miedo

 

Villa de las Mercedes

 

 

La noche había pasado intranquila y atormentada para Lara. Había llorado mientras Evelett le cantaba y luego, cuando la niña se había quedado dormida a su lado, acurrucada con ternura contra uno de los costados de Silver Moon, había llorado porque llevaba demasiado tiempo guardando demasiado rencor.

Sus pensamientos se debatían entre la aflicción inenarrable por el abandono de Dominic y la propuesta absurda del señor Swels, que su madre defendía con tanta vehemencia. Finalmente, se había quedado dormida a altas horas la madrugada, vencida por la fatiga y el esfuerzo.

Los primeros rayos del sol la descubrieron sentada frente a la ventana que daba a los acantilados, en medio de una inercia mental que rayaba en la inconsciencia y con los ojos fuertemente cerrados. Dominic estaba allá afuera en algún lugar y arrastrarlo de nuevo a su vida y a sus emociones era lo último que deseaba. Sin embargo, si en situaciones normales no podía controlar el vínculo, menos iba a lograrlo justo cuando todo lo que tenía en su mente y en su corazón era a él. No quería que la viera, no quería que viera nada a su alrededor.

 Su mundo parecía haber cambiado de manera demasiado drástica en las últimas horas, y no se sentía capaz de asimilar nada de lo sucedido, mucho menos de compartirlo con el cazador. La mañana pasó despacio mientras los cachorros abandonaban la habitación para hacer su ronda habitual de las mañanas y Hatch le llevaban el desayuno a Evelett. Lara lo escuchó entrar, salir, conversar con la niña como el episodio de la noche anterior jamás hubiera sucedido.

_ ¿Quieres un chocolate? _ Evelett se le acercó y sin esperar su respuesta le metió en la boca el bombón de chocolate obscuro.

El olor y el sabor le avivaron insoportables recuerdos y tragó el dulce casi sin masticarlo y alejó a su hermana con un ademán suave para que no volviera a sorprenderla de nuevo. Todo rastro de calor en su cuerpo parecía haberse ido con Dominic

_ Hija _ Hatch se decidió a hablar por única vez, aprovechando la intervención de Evy _ Hay algo más que considero importante decirte: Evan Swels está seguro de que te casarás con él y debo confesarte que su seguridad me produce ciertas reservas. Recuerda que nada a tu alrededor nos pertenece, y temo que pueda usar contra ti las cosas que más aprecias.

Los ojos de Lara pestañearon una sola vez antes de abrirse y sus pupilas cambiaron su curso por un momento, interiorizando aquella velada advertencia. Estaba segura de que Swels no era el tipo de hombre que se quedaba de brazos cruzados cuando se le negaba un capricho, y ciertamente debía estar alerta si no quería caer en una trampa suya. Continuó sin mover un músculo siquiera aún mucho tiempo después de que su padre y Evelett se marcharan; con los pies cruzados bajo su cuerpo, los codos apoyados en las rodillas y la cabeza baja, toda ella parecía una pequeña marioneta en reposo… hasta que los primeras brisas heladas de la tarde le recordaron que estaba demasiado silencioso alrededor.

“¡Los cachorros!” – la unanimidad que había gobernado sus miembros durante toda la mañana se convirtió en agitación al darse cuenta de que hacía más de seis horas que los tigres no estaban con ella y tampoco había sentido sus rugidos en la casona.

Hizo a un lado el protocolo de cepillarse el cabello o vestirse con ropa de calle, se echó encima la bata del pijama y salió al corredor como un vendaval, sin reparar en la expresión de Malena cuando la vio en aquellas fachas caminando por uno de los balcones interiores de la villa.

_ ¿Dónde están? _ el tono de la muchacha era apremiante y furioso _ ¿Dónde los ha metido?

Encontrarse con su madre después de haber llenado la casa con sus gritos, no era una forma sana de alcanzar el apaciguamiento de su carácter.

_ ¡Dime dónde puso a mis cachorros ese hombre! _ exigió sacudiendo a Malena por los hombros.

_ ¡No lo sé! ¿Cómo voy a saberlo? _ su madre se alejó de ella como si la hubiera tocado con un par de brasas _ ¡De quien nunca se separan es de ti!

_ ¡Pero bajan cada mañana a que les den de comer, sabes eso porque tú misma los alimentas! Y luego vuelven conmigo. ¡Pero no están conmigo! ¿Dónde metió a mis tigres? ¡Dímelo!

Una voz detrás de su espalda sobresaltó a las dos mujeres mientras Lara se volteaba con expresión furibunda.

_ Creí que eran “mis” tigres, _ dijo Evan con voz tan dulce que amenazaba ser empalagosa _ no “tus” tigres.

Por mucho que a Malena le hubiera gustado quedarse reconoció en un segundo el gesto del señor Swels indicándole que los dejara solos, y se apresuró a alcanzar las escaleras para bajar al primer piso antes de que su hija pudiera pedirle lo contrario.



Day Torres

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En el texto hay: traiciones, romance, intrigas

Editado: 30.07.2019

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