La Jugada

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Prólogo

      "Asco, repulsión, aborrecimiento. Eso es lo que me produces, Julia. No esperes que ese sentimiento cambie".

    No quería repetir esas nefastas palabras que habían cambiado mi vida de una manera radical en un período tan corto de tiempo. No, cuando por la ventanilla del avión el paisaje más hermoso que mis ojos alguna vez habían presenciado se extendía en todo su esplendor. No, cuando estaba a minutos de reencontrarme con mi hermano, al que no había visto en más de 4 años. No, cuando ya había decidido dejar el dolor y el sufrimiento en un capítulo pasado.

    No, no, no y no. No me lo iba a permitir.

    La azafata acababa de anunciar que ya faltaba poco para llegar al aeropuerto, que debían abrochar sus cinturones y todo el palabrerío que se decía en un avión. Me sentía aliviada de ya casi haber llegado, estar en un espacio tan cerrado y pequeño hacía mis manos sudar y ponía un nudo en mi garganta. Definitivamente no me gustaban los lugares pequeños, por esa razón había escogido el asiento junto a la ventanilla.

    Bendita fuera esa ventanilla.

    Ya podía ver la pista de aterrizaje abrirse paso entre las espesas nubes, y podía escuchar las turbinas hacer un extraño ruido que indicaba el descenso.

      "Destruiste a mi familia ¿y pretendes que te reciba en mi casa? ¡Aléjate de mí, inmunda!".

    Como mi mente era tan traicionera, me encontraba reviviendo todos los terribles momentos que me habían empujado a huir de mi hogar –que, en realidad, nunca había sido un verdadero hogar-. Pareció casi real el escupitajo que me había dado esa mujer aquella vez, pero tan sólo era un recuerdo. Pareció casi real la lágrima que caía por mi mejilla, pero tan sólo era un recuerdo. Pareció casi real el rostro de la persona que había arruinado mi vida en el asiento a mi lado, pero tan sólo era un recuerdo.

    Los recuerdos, los malditos recuerdos siempre estaban presentes. Siempre estaban ahí para recordarme lo miserable que yo era, y lo miserable que mi vida se había vuelto. Burlándose de mí en silencio, como espectadores de la tragedia.

    Suspiré tratando de calmar mi respiración, aunque parecía una tarea imposible. Cerré con fuerza mis ojos y convertí mis manos en puños, me concentré en alejar esas imágenes de mi cabeza, en alejar el dolor que oprimía mi pecho. En un intento desesperado por sentirme segura, subí mis piernas en el asiento y hundí mi cabeza en mis rodillas, como si de alguna manera eso me hiciese invisible de los demonios que me perseguían.

    Estaba conciente de lo extraña y estúpida que me veía, pero no me importaba. Poco me había importado toda mi vida lo que las personas opinaran de mí, aquel día no iba a ser la excepción.

— Señorita, ¿se encuentra bien? ¿Necesita ayuda? — un delicado toque me hizo salir de mi trance, encontrándome con una azafata rubia de ojos grises que lucían muy preocupados—, ¿quiere que llame algún medico? —

— Estoy bien — respondí mecánicamente.

— Bueno, ya hemos llegado, así que le pedimos por favor que baje del avión — la dulce voz de la azafata, que –según su uniforme- se llamaba Karen, parecía confundida.

— Sí, sí. En un momento lo haré — le sonreí débilmente a Karen, todavía un poco desorientada.

      "No mereces nada de lo que tienes. No mereces vivir, en realidad".

    Mi cuerpo parecía poseído por alguien más, porque mientras mi mente estaba en un lugar muy lejano, mis pies se dirigían a la salida del avión. Todo era tan rutinario, como si conociese de memoria los pasillos que recorría.

      "Aléjate. Vete. Nadie podría extrañarte. De todas maneras, ¿alguien lo ha hecho alguna vez?".

    En menos de lo que parecía, ya me encontraba rodeada de personas, muchas personas. Veía las valijas pasar por la barra transportadora, esperando encontrar la mía y largarme de ahí lo antes posible. Quería ver a mi hermano, necesitaba ver a mi hermano.

    La valija rosado barbie chillaba entre las demás, la mayoría marrón o negra. No había traído demasiado, y no era como si en verdad necesitase tanto. La tomé con un poco de esfuerzo ya que se encontraba hundida entre varias y nadie parecía interesado en ayudarme. La coloqué en el suelo, acomodé mi cabello y comencé a caminar hacia la entrada principal del Aeropuerto Internacional LaGuardia, buscando con la mirada a mi hermano.



Isaabel

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En el texto hay: mafia, amor, muerte

Editado: 21.02.2019

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