La ladrona de almas ©

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Demonios internos

«El mar lo devuelve todo después de un tiempo,

especialmente los recuerdos».

—Carlos Ruiz Zafón—

 

Cerca del mar se encontraba una joven, su tez era extremadamente pálida, poseía cabellos rubios como el oro y ojos azules muy claros, se movía entre la multitud, llevando un vestido blanco que le caía hasta los tobillos; mientras caminaba una sonrisa se dibujaba en su perfecto rostro. Se notaba la maldad en ella, la sed de sangre que acompaña a la magia.

 

—Hola princesa—dijo un hombre tatuado que se cruzó en su camino y ella sonrío.

—Debes ser muy inteligente para notarlo—susurró encantada.

—Eres lo más bello que he visto sobre la tierra—añadió él con una enorme sonrisa.

—Seguro que sí.

—Ven conmigo, te llevaré a ver las estrellas—comentó a su oído mientras bajaba la mano hasta tocarle el trasero.

— ¡Osaste tocarme! —chilló ella y con su mano derecha le extrajo su corazón, lo lanzó al piso y lo aplastó con su pie descalzo. Sin duda la tierra estaba corrompida, tanto que dañaba a quienes la pisaban. — ¡Los humanos son bestias! —bufó enojada y siguió su camino, pasando por encima del cadáver—. Deben estar cerca, los puedo sentir. Sin duda la sangre llama—comentó para sí misma, luego caminó un par de calles más y robó unos cuantos corazones, literalmente los sacó del pecho de sus dueños, mientras aún latían—, podría acostumbrarme a esto—murmuró y se limpió las manos en su vestido blanco.

 

***

—Uniforme, botas, maquillaje, uñas, sonrisa y malicia—murmuró Zlo mientras se miraba al espejo.

—Alguien está vestida para matar—señaló Sinnlich desde la puerta de la habitación.

—Eso mismo querido—respondió ella dulcemente y le acarició la mejilla.

—Eres como una gatita—añadió él y la joven lo miró confundida—. Sensual, avanza delicadamente y luego ataca, igual que tú, hermosa—continúo diciendo.

—Me gusta esa comparación, bella y letal—agregó ella con una amplia sonrisa.

— ¿Nos vamos?

—Claro—respondió danzando hasta la puerta de salida. y el negó con la cabeza. Ella era inigualable.

 

El caminó al instituto fue corto y tranquilo, como de costumbre, estudiaban en una prestigiosa secundaria, rodeados de las personas más adineradas del lugar, como lo habían logrado era un secreto bien guardado, pero lo consiguieron sin ayuda, se lo debían a alguien de su pasado, a una persona muy importante para Sinnlich.

 

—Ya tienes una nueva víctima—susurró Sinnlich en cuanto se estacionaron.

— ¡¿Cómo lo sabes?! —preguntó Zlo algo asombrada.

—Tienes una sonrisa diabólica, la misma que siempre pones cuando quieres sangre—aseguró él dándole un golpecito en la nariz.

—Me conoces muy bien cariño, si ya sé quién será el afortunado.

—Pobre idiota, siento lástima por él.

—No deberías, siempre están distraídos mirando otras cosas antes de morir—murmuró Zlo con una sonrisa maliciosa, luego avanzó sensualmente; era casi como si danzara, sonrió a un apuesto joven de cabello negro que llevaba una raqueta de tenis y vestía un uniforme del equipo perteneciente al instituto. Él le devolvió la sonrisa en señal de aceptación.

—Te veo en cinco—susurró ella a su oído y caminó rumbo a la cancha techada.

—A este paso nos quedaremos sin equipos deportivos—comentó Sinnlich cuando pasó junto a su prima.

—Nadie los manda estar tan suculentos—respondió ella pasándose la lengua por su labio inferior y continuó su camino.

—Hola hermosa—dijo el chico de cabello oscuro, mientras la sujetaba por la cintura y Zlo sonrió.

—Eres tan sexy que te comería ahora mismo—respondió ella y lamió el cuello de él.

—Eres tan—titubeó él aspirando el aroma de la joven.

—Irresistible—lo interrumpió ella.

—Si irresistible—admitió él, luego la besó apasionadamente, ella coloco las piernas alrededor de su cintura y él deslizó las manos bajo su camisa. Sin duda ya lo había marcado.

 

A Zlo le apasionaba la cacería de almas, lo veía como un juego en el que tenía que dar para ganar un premio mayor, todas sus víctimas eran jóvenes apuestos, con buena salud; pero ella no se percataba de eso los trataba igual que un plato de comida, en eso se habían convertido con pasar de los años; era la única forma de que no le afectara lo que hacía. El día de clases fue verdaderamente rápido o ella lo sintió así porque se encontraba feliz, lo cierto era que ya estaba nuevamente en el automóvil junto a Sinnlich con rumbo a su apartamento.



E.I.S. SERRANO

Editado: 17.02.2018

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