La ladrona de almas ©

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Cenicienta y el príncipe del mar

Cuando el mar estaba claro tracé tu nombre en la playa, vino un oleaje a borrarlo y el mar se volvió esmeralda.

—Alfonso Orantes—

 

Hubo una vez una joven muy bella que no tenía padres, sino madrastra, una viuda impertinente con dos hijas a cuál más fea. Era ella quien hacía los trabajos más duros de la casa y como sus vestidos estaban siempre tan manchados de ceniza, todos la llamaban Cenicienta. Un día el Rey de aquel país anunció que iba a dar una gran fiesta a la que invitaba a todas las jóvenes casaderas del reino, para buscar a la futura esposa de su hijo.

 

—Tú Cenicienta, no irás—dijo la madrastra—. Te quedarás en casa fregando el suelo y preparando la cena para cuando volvamos. Llegó el día del baile y Cenicienta apesadumbrada vio partir a sus hermanastras hacia el Palacio Real. Cuando se encontró sola en la cocina no pudo reprimir sus sollozos.

—¿Por qué seré tan desgraciada? —exclamó. De pronto se le apareció su Hada Madrina.

—No te preocupes—dijo el Hada—. Tú también podrás ir al baile, pero con una condición, que cuando el reloj de Palacio dé las doce campanadas tendrás que regresar sin falta. Y tocándola con su varita mágica la transformó en una maravillosa joven.

 

La llegada de Cenicienta al palacio causó honda admiración. Al entrar en la sala de baile, el príncipe quedó tan prendado de su belleza que bailó con ella toda la noche. Sus hermanastras no la reconocieron y se preguntaban quién sería aquella joven. En medio de tanta felicidad Cenicienta oyó sonar en el reloj de Palacio las doce.

 

— ¡Oh, Dios mío! ¡Tengo que irme! —exclamó. Como una exhalación atravesó el salón y bajó la escalinata perdiendo en su huida un zapato, que el príncipe recogió asombrado.

 

Para encontrar a la bella joven, el príncipe ideó un plan. Se casaría con aquella que pudiera calzarse el zapato. Envió a sus heraldos a recorrer todo el Reino. Las doncellas se lo probaban en vano, pues no había ni una a quien le fuera bien el zapatito. Al fin llegaron a casa de Cenicienta, y claro está que sus hermanastras no pudieron calzar el zapato, pero cuando se lo puso Cenicienta vieron con estupor que le estaba perfecto.

Así sucedió que el Príncipe se casó con la joven y vivieron muy felices.

 

—Ese príncipe era un tonto o estaba muy drogado, como para no recordar la cara de la chica—comentó Sinnlich desde la estufa, al escuchar la historia que leía Pearl en voz alta.

—A mí me parece una linda historia de amor—susurró Pearl que se encontraba sentada en el sofá con el libro en sus piernas.

—La amaba tanto, que no recordaba su color de cabello, piel, ojos y por eso se casaría con la primera tonta que le entrara el zapato. No te olvidas del rostro de la persona que amas bonita, porque si lo haces no es amor—susurró él y acarició la mejilla de ella.

—Pero vivieron felices para siempre—argumentó Pearl.

—Y por eso es una dulce mentira, ves todos esos libros, son pruebas de que los príncipes son idiotas. Un tipo que trepa por el cabello de una chica. ¿Quién en su sano juicio le haría eso a su amor? El que despierta a la doncella con un beso y luego se casan sin siquiera tener un romance o el peor de todos, la madre que manda a su hija sola al bosque—se quejó Sinnlich sentándose junto a Pearl—. ¡Todos los príncipes son unos idiotas!

—Entonces es por eso que eres un idiota—se burló Zlo mientras entraba al apartamento.

—No es gracioso, preciosa. Todos esos libros están plagados de horror, son retorcidos y crean en la cabeza de las chicas una falsa idea de amor—señaló él nuevamente mientras miraba la biblioteca llena de cuentos clásicos.

—Siempre dice lo mismo, desde que yo era pequeña y lo obligaba a leérmelos nunca podía cerrar su boca para dejar de insultar a los personajes—le comentó Zlo a Pearl mientas tomaba una toalla del armario y se envolvía en ella.

 

***

Melinda estaba paraba frente a la ventana, inspeccionando detenidamente la zona. No le gustaba sentirse vulnerable, su hogar era algo sagrado, por eso le perturbaba tanto aquella invasión, no se quedaría tranquila hasta verla muerta, no deseaba más seres marinos en su vida, esas cosas arruinaron su infancia, a tal grado que no soportaba comer nada que viniera del océano.

 

—Deberías descansar—susurró Dylan quien sujetaba una bolsa de hielo cerca de su rostro, para bajar la hinchazón, provocada por el golpe que su hermana le había dado contra la ventana.



E.I.S. SERRANO

Editado: 17.02.2018

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