La llave dorada (sangre Mágica 1)

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Capítulo 8

Después de toda una semana con la duda creciente de qué significaba la llave, Kate se atrevió a preguntar por ella. ¿Qué mágica puerta abría?

—Me temo hija mía, que eso es algo que vas a tener que descubrir tú.

Sintió en ese momento como el peso del mundo le caía sobre los hombros. No sabía nada acerca de esa nueva vida y entre sus planes para descubrir los secretos de un universo desconocido, no estaba averiguar el uso de una simple llave. ¿Qué le podía aportar? No veía nada claro, y cuanto más la miraba, más ilógico le parecía todo. Su abuela le dijo que la venganza se avecinaba; ¿cómo podía ser un arma una maldita llave? Si lo era, era el fin de los Sangre Dorada. Y el fin de sus pensamientos, que se vieron interrumpidos por el sonido del timbre. Su abuela le lanzó una última mirada y salió por la puerta. Kate empezó a recoger todo lo que estaba en el suelo, pero no le parecía justo que fuera ella la que tuviese que arreglar todo aquel desastre. Su vida empezaba a tornarse más dura.

Su afán de crecer para estar más cerca de la mayoría de edad había desaparecido. Ojalá siempre se hubiese mantenido en los quince. O en los cinco años, donde sus padres aún seguirían con ella y no hubieran desaparecido por aquella puerta un día de gran tormenta.

Recordó como aquel día los árboles atizaban con fuerza las ventanas, que parecía que iban a estallar en mil pedacitos de un momento a otro, como el sonido del fuerte viento se colaba entre las rendijas y siseaba su nombre una y otra vez. 《Kate》《Kate》Llegó a pensar por años que estaba loca y, ahora mismo, lo seguía pensando. Aquella noche tuvo una pesadilla escalofriante. No sabía exactamente dónde estaba, pero juraría que era un desierto. El sol estaba en lo alto, desprendiendo rayos de luz que hacían brillar la dorada arena. El pelo, empapado, se le arremolinaba, se le pegaba a los labios y se le metía en los ojos, aquellos ojos de donde el color verde había desaparecido. Eran negros. Negros como el carbón, negros como la sangre que le rodeaba, negros como los cuerpos calcinados que se extendían delante de ella. Entre ellos, reconoció a sus padres y sonrió. Su mayor victoria.

Esa noche fue a la cama de sus padres, pero no había nadie que le proporcionase calor. Fue a decírselo a su abuela, pero esta le dijo que pronto volverían, que los podía esperar con ella. Pero ese pronto se convirtió en un nunca por más que todas las noches esperara en la habitación de su abuela. Nunca volvieron y nunca lo harían. Ni siquiera para que Kate pudiera despedirse de ellos.

—¿Kate? —Una voz se iba haciendo hueco entre sus recuerdos hasta que detectó y reconoció la voz de la persona que tenía al lado, su amigo Tarik. Le miró inquisitivamente e hizo un ruidito para hacerle entender que le estaba escuchando. O al menos intentándolo.

—Bajemos —prosiguió extendiéndole la mano.

Recordando a la niña de cinco años con un lacito en la cabeza que sólo sonreía con su mejor amigo, le cogió la mano, olvidando, al menos por un minuto, que aquel chico que le había prometido nunca mentirle, lo había hecho y hace un momento, lo había visto convertido en un animal.

Bajaron las escaleras y antes de entrar al salón, Kate ya podía escuchar la voz nerviosa de su abuela y una voz masculina que no ubicaba entre sus conocidos. Aquella persona ya estaba mirando hacia ellos antes de que se dejaran ver. Cuando la atención de su abuela se vio captada, se levantó del sofá seguida por el hombre con barba y mirada firme.

—Kate, me gustaría presentarte a mi amigo Bredd —dijo su abuela.

—Mi tío —añadió Tarik.

Al oír aquello fue inevitable que se sintiera más traicionada y sin pensarlo dos veces, se lanzó encima de aquel hombre-animal que dentro de horas la convertiría en una asesina. Él ni siquiera se defendió, desconsolado por cómo se habían dado las cosas, pero Kate no llegó demasiado lejos. Su amigo enseguida se interpuso entre ella y su tío y lo más suavemente que pudo, la apartó.

—¡Kate! —gritó su abuela escandalizada.

—Oh, no, ni se te ocurra echarme la bronca cuando todo esto es culpa tuya. ¡Me mentiste y lo sigues haciendo! ¿O acaso no se te ha olvidado decirme que mañana puede que ya no vuelva a tener dos piernas? —Su abuela la miró sorprendida, jamás le había hablado así y mucho menos le había dirigido unas palabras que le causaran tanto daño.

En el momento que la vio palidecer, su nieta quiso pedirle perdón, pero en cambio de eso, evitó volver a mirarla y subió apresurada las escaleras. Se encerró en su habitación y empezó a llorar. La rabia, la impotencia, la pena, todo, se mezclaba y formaba una bola gigante en la que se dejaba manejar con miles de espasmos. Soltó las lágrimas que nunca había soltado, ni siquiera cuando sus padres murieron. Les prometió que siempre sería fuerte y a pesar de que esos días, fuerza era lo que menos tenía, los afrontaba con una sonrisa por ellos. Falsa, pero sonrisa, al fin y al cabo. Pero toda esa fortaleza se había ido resquebrajando con el paso de los años y las situaciones que cada vez eran de lo más inusuales. ¿Podría volver a estar llena de energía o esto ya era el final? La verdad, no estaba lista para la guerra.



N. R. Alcocer

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En el texto hay: hombres lobo, magia, guerra entre el bien y el mal

Editado: 12.10.2018

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