La magnífica hechicera de Piim-Asud

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CAPÍTULO V

En la cabaña del bosque Pi-Ud, Sibisse se encuentra acomodando la mesa, para que la familia tome la merienda temprana.

Al mismo tiempo, Kéilan y Volker llegan a su destino.

Ella le pide a su compañero, aterrizar con mucho cuidado, para no alertar a sus padres. Ya en tierra firme, desmonta de un salto y corre a la puerta, dando varios golpes fuertes a la misma.

Espera en silencio.

Sibisse escucha que llaman a la puerta; tranquilamente se dirige a ver quién es.

Al momento en que la puerta se abre, y descubrir que es su mamá, la joven no puede contenerse más y se abalanza sobre ella; dándole un fuerte abrazo. El suceso es tan repentino, que Sibisse casi cae de espaldas.

―¡Hija! ―exclama la mamá, correspondiendo con otro fuerte abrazo.

En todo momento se escuchan risas, acompañadas de lágrimas de felicidad en ambas caras.

Un segundo después, bajando de las escaleras que llevan a los cuartos, llegan Bárem y la pequeña Zulr; al mismo tiempo, Ixus sale del cuarto del fondo, junto a las escaleras. Todos se unen a la bienvenida y la celebración del regreso de Kéilan; dura poco tiempo. Ella les informa que solo fue a visitarlos, por un par de horas.

Toda la familia se acomoda en la sala, al lado de la chimenea. Los padres y hermanos en un sillón largo; mientras que Kéilan, opta por sentarse en uno mediano, justo al frente de ellos.

Les dice que aún tiene que encontrar tres libros, escondidos en los cañones y montañas Cúdrerianas.

―¿Cañones Cúdrerianos? ―pregunta Bárem confundido.

―Así decidí llamarlos ―responde Kéilan.

―En honor al mago, ¿no? ―supone Ixus.

―Sí. Así es. ¿Ya saben su historia? ―inquiere ella.

―Casi toda ―comenta Sibisse ―; la reina ninfa nos relató todo lo que sabía, junto con la información que le dio ese caballo alado.

―Se llama Volker, mamá. ―Le aclara Kéilan.

―¿Qué tal te ha ido en esos lugares extraños? ―pregunta Bárem―. Si necesitas algo en particular, solo dinos. ¿Más hojas de pergamino o tinta?

―No hace falta, papá. Hay una pequeña bodega en uno de los acantilados con objetos diversos. Volker no me ha dicho nada, mas estoy segura que le pertenecían a Cúdred.

»Aún tengo tinta y hojas para varios días; no te preocupes. El ambiente es agradable. Por fortuna, encontré una maravillosa playa ayer. Antes del mar profundo, hay una gran laguna con varias islas pequeñas.

La joven les narra todo lo que se habían perdido: desde que la atacaron los animales oscuros, hasta el día de ayer, cuando descifró el acertijo de los islotes.

Antes de que el sol se encontrara en su apogeo, justamente arriba en el cielo, Volker le recuerda a su amiga que ya es hora de irse.

La familia se despide, deseándole la mejor de las suertes.

Sibisse le da un par de hogazas de pan y algo de queso de cabra. Lo pone en una de las alforjas vacías.

Ya preparada y montada sobre su amigo alado, Kéilan parte en dirección a la playa junto al acantilado.

En poco tiempo, llegan y aterrizan en el islote que eligió el día anterior. Antes de bajar a la arena, se quita los zapatos y los guarda en una alforja.

El reloj de sol de la pequeña isla, es de hierro y de forma circular; la sombra de un triángulo marca la hora. Tiene más decoraciones que el reloj del otro día; además, está sobre un alto pedestal delgado de mármol. La sombra marca las “XII” en punto.

—Una hora libre ― menciona Kéilan―, y sé que hacer.

Con la ayuda de Volker, recoge el montón de conchas marinas que dejó ayer, llevándolas al nuevo lugar, empezando con su entrenamiento del “conjuro de levitación”.

En el poco tiempo que lleva practicando, ya puede mover y manejar objetos de poco peso, con mucha facilidad y fluidez.

Espera paciente los últimos minutos, disfrutando del queso y el pan.

A la una en punto, corre apresurada a la sombra proyectada de la copa de la palmera. Tal y como pasó ayer, no hay nada sobre la arena; así que comienza a cavar.

No pasa mucho tiempo cuando sus manos tocan algo duro. Se da cuenta que es un arcón mediano, cuadrangular y de tapa plana. Quita la arena de un lado del pequeño cofre, descubriendo un aro de hierro: es una de las dos agarraderas. Toma la misma con las dos manos y desentierra completamente el cofre.

El objeto es de madera obscura; mide cuarenta y cinco centímetros por lado y quince de altura. Delgadas tiras de hierro decoran la tapa, formando un patrón cuadrado. En cada cruce de las tiras, hay un remache redondo; a su vez, en el centro de cada cuadrado y en la madera, hay una flor de lis en relieve.

Atada con una cuerda delgada en la otra agarradera de aro, se encuentra una llave mediana con solo dos dientes.

Una cerradura simple al frente y en el medio del arcón, es en donde se introduce el dichoso objeto.

Kéilan pone la llave en su lugar y le da media vuelta, activando el mecanismo.

Abre con mucha emoción el arcón, pensando que ha encontrado el segundo libro.

En su lugar, descubre otro objeto.

Adentro del pequeño cofre, hay una tabla de madera, barnizada, totalmente de color rojo toscano oscuro. La pieza de madera es cuadrangular, de cuarenta centímetros por lado y un centímetro y medio de grosor. Las orillas son completamente rectas.



ElGitanoBlanco

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En el texto hay: magos y hechiceros, bestia fantastica, libro de magia

Editado: 07.05.2019

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