La MaldiciÓn De Los Bahamonde

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PRIMERA PARTE

Me llamo Clarisa, tengo veinticinco años y estoy soltera, situación que para mi familia era una tragedia. Yo era mayor que mi hermana, se suponía que ya tenía que estar casada, o  tener un prometido. ro, ni siquiera tenía pretendientes.

Mi madre decía que yo carecía de las virtudes de mi hermana pequeña y debía aprender de ella si quería encontrar esposo. Mi abuela me consolaba diciéndome que yo era demasiado inteligente para despertar el interés de los hombres que solo deseaban tener a su lado a una muñeca bonita.

Y es que, Amelia, mi hermana, era una muñeca. Su rostro era angelical. Tenía los ojos azules, como mi padre. Sus rubios cabellos soportaban todo tipo de peinados y adornos, mientras que los míos, oscuros y lacios, solo podían ser peinados en discretos recogidos.

Al contrario que mi hermana, yo era más alta y demasiado delgada para ser del agrado de los varones. Mi rostro no era feo pero tampoco despertaba el interés de los chicos pues carecía de la frescura que tenía Amelia; además, tampoco era  proclive a sonreír con tanta facilidad como ella. Siempre me mostraba seria, pensativa, con el ceño fruncido. Mis pensamientos y preocupaciones no me permitían mostrar la jovialidad de Amelia.

El día de la boda de Amelia con el conde de Cabomariña, Alonso Bahamonde, nuestros amigos y vecinos me miraban con lástima. Ella, que solo tenía dieciocho años ya había encontrado esposo, mientras que todo parecía indicar que yo me quedaría para vestir santos.

La verdad es que no conseguía entender porqué mi madre había permitido que Amelia se desposara en tan poco tiempo. Solo hacía dos meses que habían conocido al conde en una visita que hicieran a la ciudad y, después de eso, solo se había producido dos encuentros más.

El conde parecía tener prisa en desposarse y mi madre sucumbió a sus encantos. Entregó la mano de mi hermana sin importarle que él fuera bastante mayor que ella, tenía treinta y dos años, y sin saber nada de él y su familia.

Amelia, como cualquier joven soñadora, estaba encantada con su boda y con su pretendiente. El conde era un hombre muy apuesto. Alto, atractivo, elegante, de oscuros cabellos y ojos azules. A pesar de ello, había algo en él que despertaba mi desconfianza. Quizás solo fuera porque no le conocía o era su mirada, tan profundamente cálida y severa a la vez. También la confianza y arrogancia que demostraba en sus ademanes se me hacían antipáticas. Sin embargo, sus defectos quedaban camuflados por su voz, grave pero educada.

Puse en conocimiento de mis inquietudes a mi madre y a mi abuela, ninguna de ellas le concedió importancia. Parecía que el conde había ganado su confianza con su buen porte, su seguridad y su exquisita educación. Entonces, para no parecer celosa o amargada, me callé mis opiniones y temores.



A.M. Lomba

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En el texto hay: misterio y amor, romance drama, victoriana

Editado: 07.03.2019

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