La MaldiciÓn De Los Bahamonde

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CUARTA PARTE

Llegó el mes de la Navidad y no recibimos más noticias de mi hermana Amelia, a pesar de que mamá le había escrito varias cartas.

La abuela parecía estar sumergida en sus pensamientos y en la calceta pero estaba muy preocupada.

Recibimos la visita de nuestros amigos, entre ellos don Nicanor, el abogado. Mi madre aprovechó la oportunidad para comentarle nuestra preocupación por la ausencia de noticias por parte de Amelia.

Don Nicanor, un hombre prudente, frunció el ceño a la vez que sonrió para relajar el ambiente. Las tres le mirábamos con gran interés.

─Estoy seguro de que hay una buena razón para que la señorita Amelia no se ponga en contacto con ustedes.

─Señora ─corrigió mi abuela─. Ahora es la señora condesa.

─Sí, cierto. Disculpe doña Virtudes.

─No es mi intención amonestarle, don Nicanor. Solo deseo dejar claro que mi nieta Amelia ya no es una niña y, como tal, es consciente de cuáles son sus obligaciones, por ello no entendemos que no responda a las cartas que le envió mi hija ─la abuela terminó la frase con la voz entrecortada.

─Mamá, tranquilícese ─le pidió mi madre.

Don Nicanor carraspeó. Aceptó que mi madre le sirviera más café y bebió un sorbo. Sonrió, nuevamente.

─Sabe preparar muy bien el café, doña Isabel.

─Gracias. Ya sabe que es mi cocinera quien se encarga de estos menesteres.

─Sí, por supuesto. Puede felicitarla de mi parte, aun a riesgo de parecer pesado pues no es la primera vez que la felicito ─sonrió e hizo una pausa─. Por las averiguaciones que hice ─continuó─, me consta que la familia Bahamonde vive muy alejada de la sociedad. Su hogar es un castillo fortaleza antiguo que está en un acantilado. Se trata de una familia que no se relaciona mucho con sus amistades, si les queda alguna, desde que la señora condesa falleció.

─¿Qué señora condesa? ─pregunté intrigada.

─La primera esposa del conde de Cabomariña.

Le miré perpleja, y luego miré a mi madre. Yo desconocía que el conde hubiese estado casado anteriormente y, por la expresión de mi madre, parecía que ella tampoco lo sabía.

─Sí ─asintió don Nicanor─. El conde, don Alonso, estuvo casado anteriormente con la hija de un general. La joven murió de unas fiebres a los dos años de casada y tras perder al hijo que esperaban.

─El conde no me comentó nada ─dijo mi madre, molesta─. ¡Y usted tampoco! Le pedí que le investigara y solo me habló de sus negocios. No me dijo nada sobre la vida privada de él.

─Lo lamento, doña Isabel. No me fue fácil conseguir esta información, se lo aseguro. Como le he dicho, esa familia vive aislada y la gente apenas se acuerda de ella.

─No puedo creer que un hombre como el conde pase desapercibido ─dijo mi madre─. Alguien tiene que haberse fijado en él lo suficiente como para sentir interés por su vida y saber más de lo usted cree.

─Sí, por supuesto ─sonrió─. Por eso puedo contar estos detalles. Pero no ha sido fácil conseguir esta información. El conde se relaciona con poca gente, solo con la tiene algún vínculo comercial y poco más.

─Entonces, era viudo ─susurró mi abuela y la miramos preocupadas─. Quizás por eso nuestra niña se siente sola. Ese hombre y su madre la compararán con la anterior esposa y eso puede suponer una auténtica tortura.

─¡Oh, por favor, madre, no divague! ─exclamó mi madre─. ¿Hay algo más que debamos saber? Cuéntenos todo lo que sepa –exigió a don Nicanor.

─Además de conocer que era viudo, también tuvo un hermano mayor que él pero también falleció siendo joven, poco después del padre de ambos.

─¿De qué murió? ─pregunté. Ahora empezaba a entender porqué el conde tenía una mirada tan seria y enigmática. Tenía el corazón roto.

─Un accidente de caza. No conozco los detalles exactos.

─Con tanta tragedia tiene que ser difícil vivir en esa casa ─dijo mi abuela.

─No piense así, abuela ─dije─. Si el conde decidió casarse es porque ya se habrá repuesto de tanto dolor.

─Sí, yo también lo creo ─asintió mi madre─. Aunque no entiendo por qué no nos dijo que ya había estado casado anteriormente.

─Quizás no quería preocuparlas de alguna manera. No es fácil hablar de la pérdida de un ser querido y menos cuando es tan joven ─comentó don Nicanor y nos convencimos de que tenía razón.



A.M. Lomba

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En el texto hay: misterio y amor, romance drama, victoriana

Editado: 07.03.2019

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