La MaldiciÓn De Los Bahamonde

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SÉPTIMA PARTE

La señora Emilia me acompañó hasta el comedor. No me sentía bien pero no podía quedarme encerrada en la habitación. Tenía que hablar con el conde.

El comedor era una habitación amplia. Las ventanas, cubiertas por cortinas azules, como las paredes. Tenían vistas a la entrada del castillo.

Alonso y una señora, que supuse era su madre, ya estaban sentados a la mesa. La mujer me dirigió una mirada arrogante. Sus rasgos eran duros como su mirada azul. Alonso se levantó y se acercó a mí.

─¿Cómo se encuentra, Clarisa? ¿Ha podido descansar algo?

Retiró una silla para que me sentara.

─Permítame presentarle a mi madre, doña Virginia ─se sentó─. Madre, ella es la señorita Clarisa, hermana de…

─-Sí, sé quién es ─respondió con sequedad, sin dejar de mirarme con desdén─-. Emilia me puso al corriente de su llegada ayer. ¿Por qué no nos avisó con antelación de que debíamos contar con su presencia?

─Tan solo hace unos días que mi madre decidió que yo hiciera este viaje. De escribir un aviso habríamos llegado al mismo tiempo.

─Parece que en su familia les gusta tomar las decisiones con precipitación.

─Mamá, por favor ─suplicó Alonso─. Intenta ser amable con Clarisa. Está pasando un mal momento. ¿No va a comer? ─me preguntó.

─No tengo hambre.

─Debería comer algo. Ha recibido una mala noticia. Sus nervios estarán alterados y necesita comer para sentirse fuerte ─comentó.

─Es posible que no tenga hambre porque ha bajado tarde al comedor ─sentenció su madre.

Nunca había sentido odio por nadie pero pensé que no tardaría en sentirlo por esa mujer. Su actitud era exasperante.

Una de las criadas, bajo la atenta mirada de la señora Emilia, me sirvió un café con leche y acercó un bizcocho en un platillo de fina porcelana. Hice un esfuerzo por comer algo. Alonso estaba pendiente de mí, pero yo no podía entrever qué pensamientos cruzaban su mente tras la intensidad de su mirada.

Después del desayuno nos retiramos a un pequeño salón contiguo al comedor, cuya decoración también era en tonos azules. Esta estancia también tenía vistas a la entrada del castillo. Me acerqué a una de las ventanas y pude ver a un mozo cruzando un caballo de un lado a otro.  Giré sobre mis talones y me encaré a Alonso.

─Siéntese, por favor ─me pidió, señalando con la mano un sillón.

─El día que nos despedimos me trató con más familiaridad ─comenté.

Esbozó media sonrisa y asintió. Doña Virginia, que no dejaba de mirarnos con su rostro mal encarado, frunció más los labios. Era evidente que mi presencia le disgustaba. Ahora entendía las quejas de mi hermana sobre ella.

─Necesito saber todo lo qué ha sido de mi hermana ─dije, centrando mi atención en Alonso. Doña Virginia me ponía nerviosa.

─Amelia murió ahogada ─respondió doña Virginia por él.

─Eso ya me lo ha dicho Alonso, pero ¿cómo fue? ─pregunté.

─Cometió la torpeza se adentrarse en el mar ─siguió hablando ella.

Su cometario, tan desconsiderado, me enfadó.

─Mi hermana jamás haría eso ─repuse.

─Parece que no la conocía tan bien ─replicó, irónica.

─Lo hizo ─dijo Alonso, de pronto.

Caminó hasta las ventanas y se volvió hacia nosotras, cruzando las manos detrás de la espalda. Su presencia era imponente y elegante a la vez.

─Se adentró en el mar en un arrebato infantil, actitud que era habitual en ella ─siguió diciendo Alonso.

─Pero… No lo entiendo ─dije, confundida─. ¿Qué le hizo actuar así? Mi hermana era impulsiva e inmadura, lo sé. Pero también era temerosa. La asustaba meterse en un regato, ¿cómo podría osar adentrarse en el mar?

─Ya te he dicho que tuvo un arrebato ─insistió Alonso.

Advertí que me tuteaba otra vez, para disgusto de su madre que frunció el ceño y lo miró disgustada, pero él no se dio por aludido.

─¿Qué sucedió exactamente para que tomara esa decisión? ─pregunté.

─Tuvimos una discusión ─respondió Alonso.

Me giré un poco en el sillón para tenerlo de frente.



A.M. Lomba

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En el texto hay: misterio y amor, romance drama, victoriana

Editado: 07.03.2019

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