La mariposa oscura

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Capítulo 1

Sintió que se ahogaba, que la respiración se le dificulta y su cuerpo se hundía bajo un mar cristalino. Quiso gritar pero su voz no la acompañó. No entiende nada. Recuerda que el taxi en que viajaba chocó, que los hierros aprisionaron su cuerpo, y el dolor que aumentó más su tortura. Aun lo siente aunque nota que ya no está en aquel mismo lugar.

 

Si estaba muerta no lo sabe, si aquello es el cielo o el infierno tampoco, pero no está sola, esa gente la mira extraño. Susurran temerosos sin que pueda entender lo que hablan. Observa a su alrededor, un paisaje extenso, siembras que despiden humo, casas humildes consumidas por llamas extintas. No alcanzó a dar unos pasos cuando se vio rodeada de hombres que la miran con curiosa maldad, teme que le hagan algo y sus peores ideas se hacen presentes cuando uno de ellos trató de abalanzarse encima, pero luego alguien de más alta jerarquía les gritó y les dijo algo en su extraño dialecto. La tomaron con brusquedad del brazo y la subieron arriba de carro junto con otros que lloraban y se lamentaban de su suerte. Sigue confundida, si tan solo pudiera tener su teléfono celular y llamar a casa, pero no hay ninguna de sus posesiones cerca. Ni siquiera su ropa, viste con una tela blanca y sucia, y anda descalza, incómodo para alguien acostumbrado a usar siempre zapatos.

 

Luego nota otro detalle, es la única persona en todo el grupo que tiene el cabello oscuro, todos los demás son rubios o de castaños tan claro que no lograba diferenciarse del otro. Algunos cabalgaban con visibles heridas, otros caminaban a pie agotados y respirando ruidosamente. A lo lejos el humo negro de las casas incendiadas muestran los escombros que han quedado de un pueblo que acaba de ser atacado, solo ruinas, leves fogatas y humo por todos lados. Supuso que los otros pasajeros de aquel carro pertenecen a ese lugar porque extienden sus manos llorando casi a gritos.

 

¿Dónde está? porque luego que el taxi fuera chocado despertó en este lugar. Apoyó su frente en los barrotes de madera. Siente frío y hambre, sus dedos congelados se empapan del fresco lodo que se acumulaba al fondo de la carreta. Pero no puede preguntarle a nadie porque cuando intento hablar la miraron asustados y al hablar entre ellos noto que su dialecto no es igual al suyo.

 

Se detuvieron frente a un enorme muro con dos inmensas e imponentes puertas que les cerraban el paso, la gente que vive en los alrededores se detiene con curiosidad mirando a la chica de cabellos oscuros. Las puertas se abrieron lentamente siendo arrastradas por dos enormes ruedas de cadenas que unos hombres empujan con fuerza. La paja del suelo de tierra se adhirió a las patas de los caballos, así como a las ruedas. Se escucha el incesante cloqueo de una gallina, y lo que parece el mugido de un buey. El lugar es inmenso, la gente grita ofreciendo su mercadería, y otros se acercan a pedir dinero o algo de comer. Pero todos detienen sus ojos sobre aquella mujer de cabellos oscuros.

 

Alejandra contempla estupefacta aun sin creer lo que sus ojos ven, se siente incómoda por la fija atención de quienes se detienen a mirarla, todo lo que ve le recuerda a esas películas de Reyes y caballeros de la época medieval, que había visto en la televisión. Porque al fondo se alza un enorme e imponente castillo de piedra.

 

Llegaron a la entrada de aquel, donde otras puertas fueron abiertas para dejarlos pasar. Algunos jóvenes aprendices, llevan algunos caballos rumbo a sus establos, mientras otros hombres practican con sus espadas. No hay un jardín enorme ni suntuoso como en otros tipos de castillos, el terreno extenso, que no carece de árboles, se utilizaba más para practicar las "artes" de la guerra.

 

Fue sacada de sus pensamientos ante los lamentos de quienes viajan con ella al encontrarse con familiares y conocidos contándoles sus penurias. Los tipos que la habían subido al carro la bajaron casi a tirones porque asustada, Alejandra se negó de un principio a descender. La llevaron dentro del castillo y unas mujeres la bañaron, la perfumaron y la vistieron más pintorescamente, con una túnica blanca, una especie de tiara, pulseras, y collares. Unos botines celestes de tela gruesa le pusieron como zapatos, y tomaron parte de su largo cabello levantándolo sobre su cabeza. Cuando la vio el hombre que anteriormente la había salvado de ser ultrajada, sonrió satisfecho. Le indicó con señas que lo siguiera. Confundida aún con todo lo que está pasando lo siguió en silencio aun creyendo que su mente le está jugando una extraña broma, en cualquier momento despertará y todo esto solo quedará como uno de aquellos raros sueños que se mantienen como recuerdos inútiles dentro de la vida.

 

Se detuvieron frente a una puerta que da a una enorme sala, ya que la altura de estas son demasiado para que fuera una simple habitación. Esperaron un par de minutos hasta que las puertas se abrieron y una sirvienta menuda se acercó susurrandole al hombre que la guiaba claro sin poder evitar mirar con curiosidad la negra cabellera de la joven que está a su lado, este sonrió y la llevó adentro de aquella sala.

 

Sobre un trono con expresión fría un hombre de cabellos oscuros, tal como Alejandra, la miró fijamente casi sin atisbo de sorpresa, a pesar de que ambos son los únicos del lugar que comparten el mismo color de cabello. La mujer notó como su semblante se endurece a medida que se acercaban, y aunque por un momento le pareció que sonreía todo desapareció ante aquellos ojos de color negro que parecen congelarla. Nunca antes había visto una persona con ese color de ojos, porque no es un tono oscuro de marrón, sus pupilas son de color negro tal como el largo cabello liso de aquel hombre que no deja de mirarla con fijeza. Sobre su cabeza hay una especie de corona más fina que las que había visto en las películas, por este detalle supuso que están al frente del regente de este lugar.



A.L. Méndez

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En el texto hay: aventuras, amor, medieval

Editado: 25.03.2018

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