La mariposa oscura

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Capítulo 2

Los días corren "apaciblemente", dentro del palacio, pero solo es  una aparente tranquilidad. Afuera una guerra que lleva años no se detiene, varios pueblos siguen siendo arrasados de un bando a otro. El monarca montando en su negro corcel, despierta  temor ante sus adversarios, no solo su fría actitud y esa mirada de crueldad lo hacen conocido, sino su forma de luchar y matar sin compasión, además le temen porque se contaba que es hijo de demonios, y su cabello oscuros y ojos negros son claro signo de que eso es así. Y si en una batalla contra ese hombre lograban sobrevivir aseguraban que de todas formas  morirían en algunos días, ya que el rey con su mirada es capaz de maldecir.

 

La sangre envuelve el lodo, en una especie de lúgubre y repugnante charco de muerte. Un mes de batalla, un mes de incesante odio que solo sus armas fueran capaces de liberar.

 

—¡Señor! los enemigos se retiran —exclamó un hombre entrando a la carpa en que sus generales junto al Rey debaten los planes a seguir.

 

—Hemos vencido —respondió uno de los generales dirigiendo una mirada de alivio ante la seria expresión del "rey oscuro".

 

—Verifiquen que sea así —exclamó el Monarca—. Si es así, que se preparen algunos para volver a casa...

 

—¡Mi señor! ¿No debe estar hablando en serio? Retirarnos tan pronto es contraproducente —interrumpió un hombre de cabellos claros y largos.

 

—Remigio —señaló el Rey con sequedad—. Son mis órdenes, se que eres mi mano derecha y un leal súbdito, pero mis órdenes no son objetadas —indicó con tono duro.

 

Al ver aquellos oscuros y fríos ojos, bajó la cabeza sabiendo que nada de lo que diga hará que aquel hombre cambie de opinión. Se conocen desde niños, y aun así ese hombre no es capaz de quitarse esa capa de dureza de encima y de hablarle con cierto tono de superioridad frente a los otros.

 

Los hombres recibieron con alegría la noticia de volver a casa luego de más de un mes fuera. Indican a viva voz que necesitaban unos buenos tragos de cerveza más unas mujeres. Y además no olvidan gritar alegremente por su victoria, claro solo una batalla entre miles, pero las suficientes para levantar los ánimos.

 

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Alejandra se ha resignado a la vida en aquella enorme sala, aún le cuesta creer que todo esto sea real, que su mente ha caído en una especie de extraño abismo provocado por su accidente.

 

La mayoría de las concubinas son jóvenes alegres y dispuestas a tender la mano a las nuevas integrantes, en cambio otras miran con malos ojos el que aquella mujer de cabellos oscuros hubiera aparecido. No es precisamente porque no les gusta, sino que sienten envidia de ese largo y negro cabello, saben que su majestad por años había buscado a una mujer así, y ahora que apareció corrían el riesgo de que le robara estatus a las concubinas que en la actualidad cuentan con el favoritismo del Rey.

 

Helena, la concubina de mayor jerarquía y belleza, observa en silencio a aquella mujer la cual parece escribir en una hoja de papel, en un principio pensó que era una salvaje, pero al verla escribir aunque fuera en extraños símbolos le da a entender que está instruida en la lectura y escritura. Es claro el porqué Helena es la favorita, su rostro fino, sus ojos de color esmeralda, y el cabello claro que cae sobre sus hombros dejan ver ese rostro casi perfecto, rodeado de una belleza que más parece pertenecer a los Dioses. Alta de estatura, y con un cuerpo bien formado, y que además mueve con gracia al desplazarse de un lado a otro.

 

—Mi señora, no se preocupe de esa desgraciada, no ve que solo es una salvaje enferma, que no sabe ni hablar —murmuró una de las concubinas menores, de aquella típicas que buscan vivir a costa de la luz de los demás.

 

—No sabe hablar nuestro idioma pero al parecer conoce el suyo a la perfección —indicó seriamente a la mujer sin mirarla.

 

—Pero usted nunca perderá su puesto, es la favorita de su majestad, y madre del único hijo y heredero al trono...

 

No le respondió, entrecerró los ojos en una especie de preocupación. Si esa mujer daba a luz a un hijo de cabellos oscuros, el puesto de heredero caería en las manos de esa criatura, y tanto ella como su hijo serían desplazados de su lugar.

 

—¡Viene su majestad en camino! —gritó una sirvienta apareciendo de repente en la sala.

 

Se armó un griterío, y las mujeres corrieron a arreglarse el peinado, el maquillaje y estar lo suficientemente hermosas y atrayentes para satisfacer a su Rey. Helena en cambio, se sentó tranquilamente, entrecruzando las piernas y mirando con interés hacia el pasillo por donde entrara aquel hombre. Alejandra sin entender demasiado, solo ocultó su hoja entre su vestido y corrió a buscar un lugar donde no pudiera ser descubierta, llegó a una sala rosa en donde a veces veía a las mujeres ocultarse y se quedó ahí quieta mirando hacia el mismo lugar que todas contemplan con ansiedad, ya que esta sala aún oculta tiene una especie de pequeña ventana vertical que permite que las mujeres pudieran observar lo que pasa fuera.



A.L. Méndez

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En el texto hay: aventuras, amor, medieval

Editado: 25.03.2018

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