La mariposa oscura

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Capítulo 6

—Maldita sea— indicó el monarca apretando los dientes al salir del concubinato. No hay rastros de Alejandra por ningún lugar, aunque está seguro que las concubinas escondían algo. Desviaban la vista con culpabilidad sin atreverse a mirar a sus oscuros ojos.

 

Con fastidio había salido de ese lugar y no pudo evitar darle un puñetazo a la pared con impotencia.

 

—Los caballos están listos —indicó Remigio apareciendo en el lugar, el plan es que él se lleve a Alejandra y la oculte en el templo antes de que Alexander, el hermano del rey llegase a verla—. ¿Dónde está Alejandra?

 

—Salió afuera —respondió una voz femenina.

 

Al voltearse ambos vieron a Helena que sin mirarlos estaba apoyada en el marco de la puerta de entrada al cuarto de las concubinas.

 

—¿Estás segura? —preguntó Iván arrugando el ceño.

 

—Sí, las otras concubinas lanzaron su collar de plata a los jardines traseros del palacio y ella salió hacia ese lugar.

 

Pero antes siquiera de que el rey hiciera el ademán de salir se vio rodeado de los soldados que le detuvieron el paso. Apretó los dientes con rabia, miró altaneramente a aquellos hombres que antes le habían jurado lealtad y ahora al parecer lo traicionaban de esa forma, los soldados temblaron ante la temible expresión de su anterior Rey.

 

—¿Qué haces hermanito? ¿Es tu forma de darme la bienvenida? —indicó Alexander mirándolo con expresión burlesca sobre su caballo.

 

Iván lo contempló con amargura apretando los puños al ver que entre sus brazos traía a Alejandra inconsciente.

 

Alexander al darse cuenta de la atención de su hermano a la mujer que sostenía sonrió con maldad. Aquel más intimidante que su hermano menor Iván, mostró en su mirada no solo frialdad sino que una maldad y crueldad de alguien capaz de cualquier cosa por imponerse encima de los demás.

 

—¿Te gusta el pajarito que me encontré deambulando cerca del castillo? —dijo esto observando a Alejandra que en esos instante abría los ojos quedando sucumbida por el miedo ante la expresión de aquel desconocido.

 

—Déjala ir —Iván apretó los dientes.

 

—¿Dejarla ir? ¿No es acaso la mujer que el Dios del Manantial ha elegido para mí? —la tomó del mentón con rudeza obligando a mirarlo cuando notó que la mujer al escuchar la voz de su hermano giró de inmediato la cabeza hacía aquel.

 

Iván tragó saliva, sabe que es lo que dice la profecía, sin embargo jamás en su vida aceptaría que un sádico como Alexander pusiera sus manos encima de Alejandra. Lo miró con un odio que a Alexander le pareció divertido. Los ojos del rey no evitan mostrar la enorme rabia y frustración que siente al darse cuenta que tal vez es ya demasiado tarde para salvar a esa chica.

 

—Ahora lo entiendo —tomó con brusquedad el cabello de Alejandra—. Esta mujer te importa, creíste que era tuya, y es seguro que ya has puesto tus manos encima, eso no se hace hermano, no te enseñaron a tomar lo que es de otros.

 

Bajó de su caballo arrastrando a la mujer del cabello.

 

—¡Suéltame! —gritó la mujer y con un empujón se vio liberada por unos segundos.

No alcanzó siquiera a cruzar miradas con Iván cuando Alexander con ira le dio una bofetada tan fuerte que la hizo caer al suelo.

 

—¡¿Quien te crees tu, perra asquerosa?! —exclamó el individuo fuera de sí dándole una patada en el vientre mientras Alejandra aún no se levantaba.

 

Fue ver esto y el rey reaccionó de inmediato lanzándose contra su hermano pero los soldados lo detuvieron agarrándolo de los brazos, aunque tuvieron que detenerlo entre cuatro, es demasiado fuerte para ellos.

 

—¡No te atrevas a tratarla así!

 

Alexander volvió su atención sobre la mujer, esperaba verla llorar más lo que recibió fue una mirada de odio, unos ojos marrones que no dejaban de contemplarlo de ansias de venganza, le pareció interesante esa, y tal vez por ello o tal vez por provocar a su hermano, la levantó tomándola del brazo con rudeza para atraerla hacia él obligando a que recibiera un brusco beso que no deseaba. Sin embargo no se esperaba que la mujer lo mordiera con fuerzas sacándole sangre. Alexander retrocedió mirando la sangre que sale de sus labios y levantando la mirada con ira dándole una bofetada más fuerte que la anterior.

 

—Maldita infeliz —exclamó—. Te enseñare a respetarme.

 

La agarró del cabello arrastrándola por el pasillo y seguidos por Iván que seguía luchando por liberarse y Remigio que más atrás caminaba con cautela. Helena en tanto escondida se asomó desde la entrada de la sala de las concubinas con expresión horrorizada, conoce a ese hombre tanto como para que el miedo paralizara el espíritu de una mujer tan segura como ella.



A.L. Méndez

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En el texto hay: aventuras, amor, medieval

Editado: 25.03.2018

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