La mariposa oscura

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Capítulo 7

La lanzó a la cama con violencia. Alejandra lo miró frialdad ¿Cómo puede odiarlo y temerle a la vez? Con que ganas se arrancaría cada centímetro de su propia piel donde él la tocaba. Sus manos tiemblan, quiere golpearlo, darle de patadas y gritarle groserías sin importarle las consecuencias. Tal vez por ello cuando Alexander dejó caer su daga cerca de la cómoda se aferró a la empuñadura de una forma tan repentina que lo sorprendió. Y antes siquiera que pudiera detenerla, el filo de la daga ya apuntaba a su cuello. Sonrió burlescamente fijándose en la seria expresión de la mujer.

 

—¿Con que tienes garras? Si quieres matarme ¿Por qué no lo haces de una vez por todas? —sus ojos oscuros y amenazante se fijaron en la palidez que rodeó el rostro de Alejandra al escucharlo.

 

Titubeó ligeramente ¿Como podía amenazarlo si al parecer ni siquiera le daba credibilidad? Tragó saliva dando vuelta la daga y apuntándola a sí misma. Alexander la miró con sorpresa, pero al fijarme en cómo las manos de la joven temblaban no pudo evitar reírse. Tan patética, y a la vez tan audaz. Se levantó de la cama vistiéndose, sin alejar su atención en la mujer.

 

—¿Me amenazas con matarte? —agregó al final apoyando su propio mentón en el dorso de su mano con un gesto irónico.

 

—Prefiero morir a permitir que vuelvas a tocarme —respondió apretando los dientes y tratando que sus manos dejaran de temblar.

 

—Entonces hazlo —indicó con indiferencia.

 

Alejandra lo contempló extrañada, confiaba que no permitiría su suicidio ya que sabe que mantenerla con vida es vital para la seguridad de aquel reino, necesitaban que dé a luz a un hijo que heredara el trono, pero al parecer esto solo es una idea de Iván. Sin embargo, aun cuando tiene miedo del dolor que pueda sentir, prefería morir que dejarse ultrajar por un hombre como este, sobretodo al pensar que no solo seria una vez, sino todas las veces que a este tipo se le ocurriera. Apretó con mayor fuerza los dientes, tomando con firmeza la empuñadura de la daga, contaría hasta tres y...

 

—Pero sería bastante aburrido acabar así, tengo una mejor idea, te daré diez segundos para que huyas, y si te alcanzo recibirás diez azotes por desobedecerme, si logras huir te salvarás, eso si lo logras.

 

Le sonrió de una forma maliciosa, es claro que disfruta con atormentarla. En sus ojos hay una maldad que nunca había visto en los ojos de Iván. Si, son hermanos, eso había entendido, pero hay en este hombre algo que le produce escalofríos, como si desde él emanara el olor de la muerte, como si en sus manos corriera sangre de sus víctimas. Confusa solo movió la cabeza aceptando el desafío, estaba sin otra opción, y confiaba en sus piernas, que correría tan rápido como le fuera posible, escondiéndose en donde no pudiera encontrarla. Tomó la capa y capucha de aquel hombre envolviéndose con ella.

 

—Diez, nueve... —empezó a contar, sin darle tiempo a algo más.

 

Alejandra corrió rumbo al jardín, espera que la oscuridad pueda ayudarla a esconderse. Los guardias la dejaron pasar sin detenerla, de seguro por órdenes de Alexander. Es extraño, no se atreve a detenerse, pero ya han pasado los diez segundos y no ve a aquel tipo correr detrás suyo. Se detuvo abruptamente, frente de si un enorme lago se extiende sin dejarle continuar. No recordaba que hubiera un lago así. La oscuridad reduce la visibilidad por lo que es seguro que se fue por el camino incorrecto. Un aire frío sopla con intensidad haciéndola tiritar con sus ropas rotas y ligeras, además andaba descalza, por lo que al sentir la humedad de la hierba siente más frío. Pero esto no es lo que más le preocupa, es el silencio que parece devorarse aquel lugar. Contempló hacia los arbustos, aquellos son un buen escondite, o bien su otra opción sería correr alrededor del lago y poder cruzar hacia el otro lado.

 

—Eres tan predecible —señaló Alexander apoyado en un árbol cercano con los brazos cruzados.

Volteó mirándolo sorprendida, y retrocedió sin pensarlo demasiado, parece divertido, con la ansiedad de matar en su rostro, con el sadismo dibujado en sus ojos y lo confirmó al ver como sacaba su espada caminando lentamente hacia donde ella se encontraba.

 

—Ni siquiera has sabido darme algo de diversión —la miró con crueldad— ¿Sabes nadar?

 

—¿Por qué lo preguntas? —respondió retrocediendo sin despegar su mirada del filo de aquella arma.

 

—Espero que no, ya que fue tan aburrido perseguirte, a ver si es divertido ver cómo te ahogas —sonrió.

 

La mujer ni siquiera alcanzó a alejarse del lago al escuchar sus palabras, cuando Alexander tomó su espada girándola y pegándole en el vientre con la empuñadura de su arma, para luego al verla caer por el dolor tomarla como si se tratase de un saco, entrar al lago y lanzarla. Sintió las frías aguas que la rodearon y la tomaban como una especie de abrazo fatal. Alejandra no sabe nadar, nunca le enseñaron cuando niña y nunca se dio el tiempo de aprender cuando adulta. No puede respirar, trata de mantenerse a flote, pero su propia desesperación no se lo permite. Traga agua sin poder evitarlo, y luchaba con sus manos tratando de alcanzar el cielo que parece alejarse. Logró ver la sonrisa burlesca de aquel hombre, el odio impregnado en ese rostro, como si ella fuera la causa de todo. Intentó gritar pero el agua entraba a sus pulmones, la desesperación empeoraba su situación, el aire se hace escaso, se ahoga, en lo único que piensa es que va a morir. Y dejo de luchar cuando su cuerpo terminó cansándose, la muerte parece tomarle las piernas y hacerle el cuerpo más pesado, su mirada se quedo fija en la Luna mientras se hunde al oscuro abismo de las aguas, pensó en su padre y en Iván, ¿Por qué pensaba en el rey en esos momentos? Sus ojos se fueron cerrando mientras el agua entraba a sus pulmones y su cuerpo siguió hundiéndose. En eso unos brazos la rodearon llevándola a la superficie, pero su mente se oscureció y no pude ver más.



A.L. Méndez

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En el texto hay: aventuras, amor, medieval

Editado: 25.03.2018

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