La mariposa oscura

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Capítulo 8

Alejandra despertó sintiendo un horrible dolor de cabeza. Escuchaba voces continuas, como si un gran alboroto se estuviera provocando. Abrió los ojos tratando de sentarse pero un mareo profundo la obligó a recostarse otra vez en la cama.

 

—No te muevas demasiado, estuviste un par de días sin recuperar la conciencia —murmuró una voz que se le hizo conocida.

 

Intentó mirar quien le hablaba pero su visión parece engañarla. ¿Es realmente Helena? No puede estar equivocada, pero le parece extraño que esa mujer estuviera pendiente de su estado.

 

—¿Qué pasó? —le preguntó mientras se cubre el rostro con una mano, el dolor de cabeza se le hace demasiado molesto.

 

—El rey te envenenó, pudiste haber muerto —respondió mirando hacia los lados, como si temiera que alguien pudiera escucharla.

 

Se incorporó aun cuando Helena intentó detenerla ¿En qué momento la había envenenado, aquel sádico? Pero al escuchar las voces continuas miró a su alrededor olvidándose por momentos de su envenenamiento. Está en la sala de concubinas, y a pesar de que usualmente es un lugar bastante tranquilo, esta vez hay un ambiente extraño reflejado en las expresiones de angustia de las mujeres que se encuentran en el lugar. Hasta la misma Helena parece contagiada del mismo sentimiento.

 

—¿Que pasa aquí? —preguntó fijándose en los claros ojos de la mujer que tiene enfrente.

 

— Alexander, ha retomado su poder como rey y por eso está reorganizando a sus concubinas —tragó saliva y bajó la voz—. Todas se están esforzando por agradarle pero él está siendo demasiado cruel y ha expulsado a varias del palacio. Claro que ellas han sido más afortunadas que a  las que está acusando de traición.

 

—¿Traición? —le preguntó sin entender a qué se refería exactamente.

 

—Por haber tenido relaciones con su hermano menor Iván...

 

—Pero si son concubinas, es ilógico ¿Acaso eso no es parte de su "trabajo"? Si su hermano menor era el Rey en ese entonces.

 

—Aun cuando fue declarado muerto, él cree que sus concubinas favoritas debieron mantenerse puras solo para él —suspiró.

 

Alejandra notó la preocupación en su rostro ¿Acaso teme ser acusada de traición?

 

—Tú eres la mujer de cabellos oscuros, y pensé...  —Helena guardó silencio fijando sus ojos sobre aquellos ojos oscuros que la miraban asustados—. Que estabas protegida contra Alexander. Pero cuando te envenenó me di cuenta que no le preocupa tanto si tu mueres o no. Sin embargo, mi vida ahora corre más peligro que la tuya.

 

Volvió a guardar silencio fijándose en la seria expresión de Alejandra, está asustada tanto como ella, pero por su mirada fija y cierta fiereza que vio reflejados en ellos, una especie de rebeldía que comienza a apoderarse de su espíritu. Tal vez no es una mujer fuerte como la Reina, pero hay algo en ella que le da la impresión que ese algo la empujara a ser fuerte frente a estas circunstancias.

 

—Solo puedo confiarte a ti lo más preciado que tengo en esta vida —agregó Helena evitando que las lágrimas corrieran de sus ojos—. A mi hijo.

 

Alejandra la contempló sorprendida ¿Es capaz de entregarle a su hijo a una mujer que casi no conoce? Pero no es madre para entender aún lo doloroso que es entregar un hijo a otra persona solo con la intención de salvarle la vida. Y por eso mismo no pude negarse. Sin saber si Helena rechazaría su gesto colocó sus manos sobre las de ella y movió la cabeza afirmativamente.

 

—Lo cuidare como si fuera mi hijo, pero ten fe de que tal vez no te pase nada —murmuró preocupada.

Esa mujer nunca había sido buena con ella, pero eso no significaba que le deseaba el mal, mucho menos al pensar que había un niño pequeño que sufriría por ello.

 

Helena al sentir sus manos tibia no pudo evitar bajar la cabeza acongojada y dejó escapar todo lo que por mucho tiempo había escondido, aun frente a aquella mujer que no conocía demasiado.

 

—El padre verdadero de mi hijo Felipe no es Iván, él siempre lo supo y aún así me ayudó con la mentira solo por proteger a mi hijo. Si la reina llegaba a saber que una concubina había tenido un hijo cuyo padre ya no era el rey nos hubiera tirado a la calle. ¿Qué vida podría haberle dado yo si me regalaron como concubina cuando solo tenía trece años? No sé cómo ganarme la vida allá afuera y con un bebé que necesita cuidados continuos la situación se complicaba más. Lo sé, soy una cobarde, y por eso mismo cuando se dio la noticia de la muerte de Alexander, y yo tenía meses de embarazo, mi mundo se derrumbó, yo estúpidamente creí que lo amaba, aún a pesar de su continuo maltrato de tratarme como poca cosa, como una mujer que no valía nada más que para acostarse con ella, él jamás sintió algo por mí. Con un miedo profundo, cuando Iván fue designado como el nuevo rey, le suplique por la vida de mi futuro hijo, no me importa si yo debía ser expulsada del palacio con tal de conseguir por lo menos una buena vida para mi niño.  



A.L. Méndez

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En el texto hay: aventuras, amor, medieval

Editado: 25.03.2018

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