La mariposa oscura

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Capítulo 12

Los pasos de Remigio se repitieron en ecos perdidos detrás de las enormes columnas de la entrada del palacio de piedra. Pocas veces ha entrado al santuario del manantial, y siendo sincero no se siente bienvenido a ese lugar. Si está aquí es por la razón de que Iván le ha pedido esta ayuda. Si odia o no a su hermanastro es algo que aún no puede aclarar, pero tampoco puede olvidar que esté, siendo aún casi un adolescente a sus catorce años había intentado salvar a su madre de la condena de la Reina madre. Tosió ruidosamente sin poder evitarlo, lanzando por interno una maldición por las condiciones de su cuerpo. Es doloroso el pensar que legalmente es el verdadero heredero, pero sus cabellos claros lo han hecho perder su lugar ante su sádico hermano menor, Alexander.

 

Su madre, una joven concubina huérfana cuyo nombre era Aura, había sido enviada a la guillotina por la reina, solo por osar enamorarse de su marido, el Rey. Claro que condenó y ejecutó dicha condena en ausencia del monarca, sabiendo que este se negaría a que mataran a la única mujer que amaba realmente.

 

Aura era una mujer pequeña y delgada, que solía sonreír con sinceridad aun cuando su infancia había sido cruel, abandonada, humillada y abusada se la entregaron al Rey como obsequio, quien la convirtió en la sirvienta de su joven hijo. Aquel niño que a futuro sería el nuevo monarca, solía burlarse de las delgadas piernas de Aura, pero no pudo resistirse a esa actitud tranquila y risueña de aquella niña, quien agradecía al poder estar en el palacio trabajando como sirvienta, en vez de estar en las calles peleando por un plato de comida. Ambos crecieron juntos, compartieron secretos mutuos y se enamoraron, en una relación que mantuvieron oculta. Pero a medida que Aura crecía y se desarrollaba, sus rasgos se hacían más finos, sus cabellos claros y dorados, y aquella expresión de dulzura y calma, empezaron a llamar la atención del Rey. Y cuando la chica cumplió dieciocho años fue alejada de su trabajo como sirvienta para formar parte de las concubinas de aquel hombre. Adrian, el príncipe, reclamó a su padre que le devolviera a su sirvienta, pero fue en vano, se le castigó por desobedecer las órdenes del Rey y se le prohibió cualquier contacto con Aura.

 

No pudo verla hasta que a sus veinticinco años su padre moría agonizando al caer de su caballo. Sin embargo siendo coronado como el nuevo regente, no fue capaz de irla a buscar con temor de que el amor que había idealizado por años resultara ser solo eso. Un día las risas de las concubinas le llamaron la atención, estas se encontraban en el jardín trasero del palacio. Se asomó con gesto aburrido, tal vez no vería a Aura o tal vez sí. No supo si era lo que buscaba, pero cuando la vio sentada cerca de la pileta de agua conversando con otras concubinas, sintió que su corazón daba un brinco y cuando la mujer levantó su mirada encontrándose con sus ojos se quedó mirándolo sorprendido. Aura era ya toda una mujer, no había perdido aquella sonrisa mezclada con esa expresión que parecía ser capaz de calmar cualquier tempestad, y se dio cuenta que la amaba, aún más de lo que la amaba antes. La pasión y el amor desbordaron en ambas almas, ya siendo Adrián el Rey no ocultó su amor hacia su concubina especial. Pero el sacerdote le recordó la maldición de la ninfa, el reino necesitaba un heredero de cabellos oscuros, y solo una mujer del otro lado podía dárselo. Y se negó, porque su corazón ya le pertenecía a otra mujer, y era incapaz de traer una mujer solo para que le diera un hijo. Le dijo sus intenciones de casarse con Aura, pero esto provocó que el consejo se levantara contra los deseos del joven Rey, recordándole que su decisión no solo lo llevaría a él a la ruina sino que arrastraría a muchas otras vidas al mismo fatal destino. Finalmente aceptó, aun cuando sentía que traicionaba sus propios principios. Aura lo entendió, le dolió pero no fue capaz de decírselo al verlo tan desbastado. Poco tiempo después llegó la mujer de cabellos oscuros, quien solo lloraba encerrada en su habitación.  El matrimonio fue en grande, pero los ojos de Adrián solo estaban enfocados a Aura y su vientre que revelaba un embarazo de seis meses. Marcela, la mujer de cabellos oscuros, quiso buscar el amor en aquel hombre, pero comenzó a sentir celos y odios cuando notó que amaba a esa concubina, y la maldijo, sin saber que el manantial la oiría y Aura terminara dando a luz a un niño débil y enfermo.

Marcela, la Reina, fue capaz de darle el hijo pedido, el heredero a la corona, aquel niño que mimo dándole excesivo cariño que terminó por corromperlo. Pero Adrián no la amaba, y eso empezó a ennegrecer su alma. Además aquel hijo no había venido solo ya que a los minutos nació su hermano aquel otro hijo que no esperaba, y no deseaba, hacia el cual solo desquitaba el resentimiento que sentía por el desamor del Rey. Aquel niño, que llamaron Iván, sin conocer cariño materno término por encariñarse con Aura y Remigio, ya que ellos le daban un cariño de madre y hermano, respectivamente, que su propia familia no le entregaba.

 

Un día aprovechando la ausencia del Rey, Marcela acusó a Aura de traición, Iván se puso del lado de la concubina y envió cartas a su padre y al consejo para evitar la condena a muerte de aquella mujer. Pero Adrián aun cuando envió a emisarios, aun cuando subió a su caballo y cabalgó toda la noche sin detenerse, llegó demasiado tarde. Se encontró a su hijo mayor con la mirada perdida abrazado a su hermano menor, Iván, quien lloraba con rabia al sentirse inútil por no poder salvarle la vida a la única mujer que había sido su madre. Subió corriendo a la habitación de su mujer y la encontró tranquila, comiendo y tarareando y riéndose ante la forma como su hijo Alexander contaba divertido la escena en que la cabeza de Aura rodó por el suelo. Se sintió asqueado, y aquel hombre bueno se llenó de odio transformándolo en un monstruo cruel que durante lo que le quedó de vida solo entrego palabras venenosas e indiferencias hacia aquella mujer que no volvió a tocar jamás y la amargura de la Reina la siguió aun cuando su marido había fallecido.



A.L. Méndez

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En el texto hay: aventuras, amor, medieval

Editado: 25.03.2018

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