La mariposa oscura

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Capítulo 13

Alejandra observó los extraños símbolos que le mostraba la reina. Es la escritura de aquel lugar. No le fue difícil imitarla pero si el leer en forma correcta. Aquella mujer, la madre de Iván, es muy estricta en su forma de enseñarle a leer y escribir. Además que no deja de contemplarla como si algo no le gustara de ella.

 

—Si quieres ser una buena esposa para mi hijo por lo menos deberías leer mejor que un niño pequeño —indicó luego de los errores de la joven hastiada de lo que considera una lentitud irrazonable.

 

—En los planes de su hijo no figuró como su mujer —refiriéndose a Alexander arrugando el ceño molesta.

 

—Sean o no sus planes es algo que debe cumplir si o si —respondió con seriedad sin mirarla, con su atención fija en el retrato de su marido que se encuentra en aquel salón.

 

Alejandra quiso reclamar pero prefirió guardar silencio. Aquella mujer de mirada fría parece ser carcomida por una amargura que ella no entiende del todo. Observa esa pintura como si culpara al dueño de esa imagen de su destino. La reina madre es una mujer bastante hermosa y que posee una actitud altanera que obligaba a quienes la rodean a tratarla con respeto, y miedo. Sus ojos oscuros se enfocaron en la joven mujer que la mira con fija atención. Ante esto Alejandra de inmediato desvió su mirada.

 

—¿Tenías un novio en tu mundo? —le preguntó con seriedad.

 

—No —respondió un poco molesta por los recuerdos que le traía escuchar la palabra "Novio"—. Tuve un novio pero terminé con él. Estábamos a un mes de casarnos y lo descubrí acostado con mi supuesta mejor amiga. Ese día me subí al taxi solo porque quería huir de él, quería darme explicaciones y yo no quería escucharlo...

 

Aun cuando no pudo evitarlo la expresión de su rostro revela el dolor que aun siente al recordarlo. Apretó los dientes levantándose de su asiento cuando se dio cuenta que perdía el control.

 

—Lo siento, majestad, pero no me siento bien, quisiera retirarme —señaló sin mirarla a los ojos.

 

—¿Lo odias? —la reina la contempló con fijeza mientras que en su rostro se dibujaba una ligera sonrisa.

¿Se estaba burlando de ella? ¿O acaso la entendía?. Pero no quiso mirarla para que no pudiera leer por su expresión lo que pensaba.

 

—Era el hombre que amaba, el único que me conoció íntimamente, mi primer amor. Y jugó con mis sentimientos y mi confianza, como si todo lo que vivimos juntos no hubiera sido nada —levantó el rostro y gruesas lágrimas de rabia corren por sus mejillas—. Y si, lo odio, de lo profundo de mi corazón lo odio.

Apretó los dientes desviando la mirada. La Reina luego de observarla en silencio se levantó de su asiento dirigiéndose hacia las ventanas.

 

—Somos más iguales de lo que te imaginas —murmuró con sequedad—. Puedes retirarte.

 

Abrió la puerta rápidamente y salió de la sala con paso apresurado. ¿Qué quiso decir con eso de que son iguales? ¿Acaso siente el mismo rencor hacia su difunto marido?. Se secó las lágrimas con la manga de su vestido apresurando el paso a través de lo que le parece ya un interminable camino. No quiere que nadie la vea en ese estado.

 

—Que gracioso —exclamó Alexander al encontrarse frente a Alejandra— ¿Lloras porque te han roto el corazón? Pareces una damisela herida —se rió burlescamente.

 

Lo miró con rabia. No solo porque aun siente rencor y odio hacia su anterior novio, sino que además siente que aquel hombre que tiene enfrente representa todo lo peor de un ser humano.

Alexander se puso serio ante aquella mirada, le molesta la expresión en el rostro de aquella mujer, siente impulso de doblegarla, de domarla, para que aprenda a respetarlo. Alejandra guardó silencio, desviando la mirada se movió para seguir su camino, sabe que no vale la pena decirle alguna cosa a aquel hombre, menos en este momento que no puede controlar la rabia que la embarga y eso podría ponerla en peligro en manos de aquel psicópata.

 

—¡No me ignores! —le gritó aquel hombre agarrándola del brazo y lanzándola contra la pared— ¿Que te crees tu? A mi no me interesa que seas la supuesta hija del manantial. ¡Yo soy el Rey aquí! y no voy a aguantar que una estúpida mujer poca cosa no sea capaz de inclinarse como es debido ni hablarme con el respeto que se debe.

 

Lo quedó mirando anonadada sin responderle, sintiendo dolor en sus muñecas que aquel no deja de apretarlas contra la pared. Pero el aborrecimiento que siente hacia el soberano lo dejó transparentar en su rostro, en una mueca que Alexander tomó como una osadía y burla hacia él. La mujer sin decir palabras desvió su rostro para no seguir viendo aquellos oscuros ojos que le produce tanto odio.

 

—¡¿Por que mierdas ahora te quedas callada?! ¡¿Acaso no eres más que una puta cobarde?!



A.L. Méndez

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En el texto hay: aventuras, amor, medieval

Editado: 25.03.2018

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