La mariposa oscura

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Capítulo 20

Una brisa suave acarició su rostro. Iván sigue conduciendo el caballo pero de forma más suave observando por momentos el rostro dormido de Alejandra que reposa atrás del carro acostada encima de las cosas que llevan. Su ahora cabello castaño claro se desparramaba a su alrededor y el viejo vestido que lleva la hace lucir bien a pesar de la pobreza de este. No pudo evitar sentirse embargado por una mezcla de ternura y lujuria al verla en aquel estado tan vulnerable, volteó de inmediato tratando de sacarse esas ideas de la cabeza.

 

El trote de caballos que se acercan lo hizo fijar su atención hacia adelante fingiendo tranquilidad, no sabe quiénes se son pero si se muestra preocupado sospecharan y eso pondría en peligro sus planes.

 

—¡Deténganse! —los rodearon cuatro soldados con autoridad y cuyos rostros muestran una severidad que nunca había visto, claro porque ante él como su soberano rey aquellos semblantes mostraban respeto y humildad..

—¿Qué pasa? —preguntó fingiendo ignorancia levantando sus ojos de color verde.

 

—Buscamos a un hombre y a una mujer de cabellos negro ¿los han visto? —interrogó uno de ellos al momentos que los otros comienzan a acercarse a la carreta con intenciones de revisarla.

 

—No, solo nos hemos encontrado con campesinos y nada más... —respondió con recato manteniendo su espíritu inquieto poco acostumbrado a actuar de manera dócil.

 

—¿Y esta mujer es tuya? —dijo otro agarrando con rudeza la muñeca de Alejandra que acababa de despertar.

 

—Es mi hermana —se puso serio al notar la forma como la han agarrado.

 

—¿Qué te pasa? ¿Te molesta que toque a tu hermanita? —le sonrió burlescamente, y sin soltarla de la muñeca la bajó bruscamente de la carreta.

 

—¡Suéltame! —reclamó Alejandra tratando de quitar su mano.

 

—Bien, si así lo quieres —la empujó al barro haciendo que cayera de lado dejando que su ropa y cabellos quedaran enlodados.

 

Iván de inmediato se bajó de la carreta con expresión furibunda ante el trato de aquel soldado contra aquella mujer, por momentos ha olvidado que está ocultándose detrás del disfraz de campesino.

 

—¿Qué te pasa? ¿Te molesta que tiré la basura al suelo? —se rió al ver cómo aquel hombre apretaba los dientes ante la impotencia de no poder oponérsele.

 

Iván no le quita la mirada de encima, empuñando sus manos, no olvidaría aquel rostro, se vengaría de esto luego que recuperara su trono, por ahora no puede hacer demasiado. Se inclinó tomando la mano de Alejandra y ayudándola a levantarse. No quita su atención sobre aquel cobarde soldado el cual comenzó a sentirse inquieto y vulnerable ante aquella penetrante mirada.

 

—Deja de mirarme así —le ordenó—. Si no quieres que yo...

 

—¡Basta! déjenlos —se escuchó una voz grave proveniente de un hombre de mayor edad que se acerca galopando.

 

Su cabello castaño, revelando algunas canas, y ordenado cubre en parte la amplia frente que acusa la edad de aquel hombre. Sus ojos de un tono azul claro los observó a todos con el ceño adusto, y una seriedad que hizo al resto de soldados retroceder y colocarse al lado de sus monturas. Es claro que es quien los comandaba, luego dirigió su mirada estricta hacia aquellos dos hermanos que lo contemplan con cautela deteniéndose en los ojos de color verde del hombre no quita su mirada de encima, lo conoce desde que era un niño como para no darse cuenta que es él, el príncipe, aun con ese cabello claro y el cambio del color de sus iris, supuso entonces que la mujer que está a su lado es aquella que tanto ansiaba recuperar el ahora actual rey. Es un hombre leal, siempre lo ha sido, sin embargo existe algo más hacia aquel muchacho que ha visto crecer, y en cuyas manos sabe que el reino tiene más esperanzas.

 

Iván se dio cuenta que lo acababa de reconocer y tomó la mano de Alejandra ocultándola detrás suyo, en cualquier momento debían correr, aunque la balanza se inclinara hacia los soldados los cuales ahora ya estaban todos sobre sus monturas.

 

—Dejen de perder el tiempo —indicó finalmente el hombre dirigiéndose a sus soldados—. Hay órdenes de buscar a esa mujer así que ¡muévanse!

 

Y se retiró cabalgando seguido de los otros hombres, dejando a Iván y a Alejandra solos. El polvo levantado por los caballos impidió la clara visibilidad dificultando que la mujer pudiera seguir observándolos. Pero el dolor que sintió en su mano la hizo quejarse obligándola a observar a quien era el causante de este padecimiento.

 

—Me estas causando dolor —reclamó fijándose en el tenso semblante del joven príncipe— ¿Iván?

 

—Disculpa, es que mee reconoció... —murmuró pasmado—. Sin embargo no nos delató.

 



A.L. Méndez

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En el texto hay: aventuras, amor, medieval

Editado: 25.03.2018

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