La mariposa oscura

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Capítulo 30

Arrugó el ceño sin salir de la celda, y se sentó con calma en la banca que hay adentro de su prisión. La mujer que venía a liberarla la observó desconcertada al ver su actitud, se esperaba que aquella al verse libre saldría de inmediato, en cambio la contempla de tal forma que sintió que esos ojos marrones intentan penetrar sus pensamientos.


—Escuché sobre una Fátima a las sirvientas cuando preparaban uno de mis baños —señaló Alejandra cruzando los brazos—. Eres la querida de Alexander ¿No es así?


Apretó los dientes borrando todo gesto de fingida amabilidad.


—¿Crees que puedo confiar en quien es la amante del hombre que más odio? —levantó sus cejas con ironía.


—No entiendes que prefiero que estés lejos a que estés junto a mi Alexander —replicó molesta más aun cuando las ordenes de su reina se quedarían sin cumplirlas perdiendo las joyas prometidas si hubiera podido cumplir con esta misión.


—No te preocupes, ese hombre no me interesa, además si salgo de aquí cuando Iván llegue no podrá encontrarme —exclamó en un tono más tranquilo.


—¿Crees que te creo esa mentira? —preguntó molesta. Su cabello color miel sostenido en una cola era tan largo para llegar a su cintura. Sus ojos azules se posaron sobre los ojos oscuros de aquella mujer, pero hay ahora tal frialdad en ellos que no pudo sostenerle la mirada a Alejandra.


—Cree lo que quieras, ahora vete de aquí o gritaré para que los guardias puedan detenerte por intento de liberarme.


Se mordió los labios con coraje antes de salir de aquel lugar. Caminó con los puños cerrados conteniendo su ira, odia a aquella mujer que acababa de conocer ya que últimamente Alexander solo habla de ella, de aquella mirada fría, de esa actitud soberbia. Y lo que le da más rabia es recordar como acababa de ningunearla sin respeto siendo que ella es la actual pareja del Rey. Ya vera, usara su seducción para envenenar la mente de Alexander contra esa mujer.


Entro a la habitación de la reina deteniéndose en la mirada furibunda que esta le dirigió, siempre le había despertado un leve temor, pero luego de encontrarse con la severa expresión de Alejandra se dió cuenta que la expresión de la reina madre no resulta tan temible.


—¡¿Qué haces entrando así a mi habitación?! ¿Quieres que alguien te vea? —preguntó molesta.


—Cálmese majestad —señaló la muchacha con tono irónico—. No había nadie en los alrededores.
La mujer la contempló notando la falta de respeto pero se la tragó esperando con ansias si aquella mujerzuela había ya cumplido con su tarea.


—¿Y? —la interrogó levantando sus cejas en forma amenazadora.


—No, la pequeña putita es más inteligente de lo que aparenta —tomó asiento sin que se lo ofrecieran observando la desilusión que se dibujó en el rostro de la reina.


—Retírate —señaló con sequedad—. Buscaré a alguien más listo para esto.


Se levantó ofendida mordiéndose los labios, y con un desprecio le dio la espalda ¿Acaso la reina se olvida que ella ocupa un espacio muy importante en el corazón de su hijo? Es más, ella es la mujer más importante para Alexander, ya llegará el día que la humillará haciéndola arrodillar frente suyo.
Al abrir la puerta se encontró con Byron, con una seriedad tal en su rostro que la hizo retroceder, luego aquel le sonrió con sarcasmo.


—Me preguntaba si tus intenciones de liberar a la princesa eran tuyas o no —levantó su atención observando a la reina—. Veo que no.


—¡¿Que impertinencia es esta?! —le gritó la reina considerando intolerable que ahora todos se dieran con el derecho de faltarle el respeto.


—Ordenes del rey, "encierra a todo aquel que intente rescatar a Alejandra" —la contempló con maldad.


—¿Piensas encerrarme? —se rió con burla— ¡Yo soy la reina madre!


—¡Soldados! lleven a su majestad a los calabozos —y apenas dijo estas palabras la reina se encontró rodeada por los hombres que sin consideración la agarraron de los brazos arrastrándola fuera de su habitación.


Quiso oponerse, aun sin creer lo que esta pasando, aquel individuo planeaba mandarla a una celda, eso es inaceptable, ya vera cuando se liberará, mandara a que le corten las extremidades lentamente.


—Y en cuanto a ti, Fátima —arrugó el ceño—. Su majestad no tolerará tus celos, espero que Dios sea misericordioso con tu alma.


—¡Estás loco! —le gritó retrocediendo—. Alexander no te permitira que pongas una de tus asquerosas manos encima de mí. Solo eres un puto perro sin hombría ¡¿Crees que te temo?! No, ya verás Alex te pondrá en tu sitio, y le pediré que tus torturas sean dolorosas para bailar sobre tu tumba.



A.L. Méndez

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En el texto hay: aventuras, amor, medieval

Editado: 25.03.2018

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