La mariposa oscura

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Capítulo 35

Su vida nunca fue fácil. Cuando nació su madre quedo horrorizada de su aspecto, un niño pálido, casi sin cejas, de pestañas largas y blancas. Pensaron que era un demonio y lo abandonaron en un bosque en espera que los animales se encargaran de su muerte, pero aquel monje tuvo compasión de aquel bebe de aspecto extraño, lo llevo al orfanatorio de su congregación, no supo si eso fue lo mejor o hubiera sido preferible ser devorado por un oso. Se acostumbró a que su presencia asqueara al resto de los niños e incluso a sus mismas maestras, le golpeaban tanto niños como adultos, le daban la peor comida, menos porciones y no lo dejaban comer en los comedores ya que juraban que lo suyo era contagioso. Pero su infierno empeoró cuando se transformó en el juguete preferido de abusos enfermos de parte de sus compañeros, tal vez ellos causo su ensimismamiento, su odio y rencor, que acumulaba por cada vez que aquellos infelices colocaban sus manos encima de su desnudo cuerpo. No pidió ayuda por miedo a que lo acusaran a él por causar esto.


Huyo a sus quince años, deambulando por basureros hasta que encontró trabajo cargando mercaderías en un pequeño barco, pero este nuevo trabajo no duró mucho, fueron atacados por piratas y vendidos como esclavos. Fue llevado al palacio de un reino cercano y se le indicó que su tarea sería cuidar a las concubinas, pero nadie le dijo que lo castrarían, hasta el momento mismo que lo arrastraron a la fuerza terminando por hundirlo en su vacía e injusta vida. Cuando se le ordenó cuidar a un prisionero especial nunca pensó que se trataba del rey de Fontesveris


—¿Tú no tienes más ambiciones que vivir alimentando a prisioneros? —le preguntó un día Alexander con sus ojos oscuros y fijos en los suyos.


Le inquietó la penetrante mirada de aquel hombre que parecía tener una fuerza y rencor más allá de lo que imaginará, sobre todo cuando lo acababan de traer arrastrando luego de recibir latigazos que hubieran matado a cualquier otro.


—Cada uno vive para lo que nació —respondió Byron entrecerrando los ojos.


—Que patético —masculló en son de burla Alexander—. Ahora entiendo porque no te molesta el tener que limpiar los orines y excrementos de estos desgraciados.


Byron lo contempló en silencio desviando la mirada evitando que esas palabras que el mismo se había repetido tantas veces lo hicieran perder su aparente calma.


—Sí alguna vez deseas una vida más que esta yo puedo concedértela.


Le dio la espalda y salió del lugar, de seguro solo buscaba que lo ayudará a huir pero si lograban pillarlo sería castigado de forma inhumana, sin embargo ¿esta era la vida que quería? ¿Debía arriesgarse a cambiar su destino o a morir de esta forma?. Estaba cansado de vivir así, tal vez ni siquiera le interesaba vivir más.


—Hay un caballo afuera —señaló con indiferencia la noche en que liberó a Alexander.


—¿Te quedarás? —le preguntó. Pero no recibió respuesta—. Pensé que me mostrarías que estuve equivocado al llamarte patético...


Alexander lo contempló irónico hasta que Byron se subió a otro caballo en ademán de seguirlo. Y esa noche huyeron de aquel reino.


¿Por qué todos estos recuerdos venían ahora a su mente?


Entreabrió sus ojos con dificultad encontrándose con la desesperada Alejandra que intentaba detener su hemorragia, lloraba, aquella mujer de mirada fría parecía haberse quitado su máscara y lloraba con desconsuelo por su inminente muerte. La daga no había herido a Alejandra, no pudo cumplir con la promesa hecha a Alexander y ante su traición cortó su propio cuello. Siempre supo que aquella joven mujer quiso utilizarlo para huir de Alexander pero no la culpó, sabe lo que es sentirse esclavo de otros que controlan su vida, que le dieran un destino porque el color de su piel, de su cabello, de su apariencia era distinto a los demás. Y también porque de todas las mujeres es la única que parece no sentir asco cuando su piel rosaba la suya, que era capaz de contemplarlo a los ojos sin gesto de horror, y que le hablaba sin miedo de que él no fuera humano. Sin embargo nunca pensó que lloraría por su muerte, que buscará desesperadamente por salvarlo, y aquello le dio una calidez que no se esperaba.

 

—Cuídate —musitó e intentó tocarle el rostro pero su fuerza lo abandonaba. Las cálidas manos de Alejandra envolvieron las suyas y lo acercaron a su rostro para permitirle aquella última caricia.


—¿Por qué lo hiciste? —agregó Alejandra.


—Huye —le dijo esperanzado que lo hiciera. Tal vez Alexander nunca volvera o tal vez prevería su traición y podía haberle pedido a otro de sus hombres que se cercioraran de la muerte de Alejandra.— El príncipe Iván está en la frontera... intenta llegar hasta él... no salgas con tus ropas ve a mi habitación... y toma las mías...


Sintió como la mujer seguía llorando mientras la oscuridad lo rodeaba, respirando por última vez, la muerte acabó de llevárselo.



A.L. Méndez

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En el texto hay: aventuras, amor, medieval

Editado: 25.03.2018

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