La mariposa oscura

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Epilogo

La primavera llegó y se despidió repetidamente, verano, otoño, invierno. Han pasado casi veinte años y la paz ha hecho prosperar el reino de Fontesveris. Claro que eso no quiere decir que leves rencillas de otros reinos sigan causando problemas pero la expresión afable de mi tío Iván no se borra, no es aquel mismo hombre de antes, hoy es más feliz, junto a mi tía Alejandra guían a su pueblo siendo queridos y admirados. Me gustaría decir lo mismo de mi padre, aunque mi tío, el rey, mando a hacerle una sepultura decente esta suele estar siempre abandonada, lo desprecian, aunque es la cosecha de lo que él mismo sembró. Soy el único que se da el tiempo de limpiar su sepultura aunque no me provoca ningún efecto, él fue quien mató a mi madre.

 

Tío Remigio fue un excelente consejero y ayudó en todo lo que pudo al rey pero no hubo como detener el avance de su enfermedad y falleció hace unos años atrás, dejándome con un dolor que aun no he podido borrar, fue el mejor maestro que tuve el honor de conocer. Tía Gabriela abandonó su sacerdocio y el reino, creo que se casó con un prospero terrateniente aunque son solo rumores, por más que Iván intentó saber de ella no hubo caso. En cuanto a Laurence, el general del ejército, sigue siendo la mano derecha de mi tío y su hombre más confiable.

 

Entrecierro los ojos observando la sepultura en eso siento a lo lejos el relincho de un caballo y al levantar la mirada veo a Aída, con su larga cabellera negra y despeinada que cabalgando levanta su mano saludándome. Le respondo y mi prima sonríe con sus ojos vivaces. Siempre pensé que mi tía Alejandra era una mariposa oscura, mi prima en cambio sería un ave salvaje, posee la fuerza del rey Iván y la voluntad de la reina Alejandra. Aunque claro lidiando con sus tres hermanos es entendible, una mujer y dos hombres.

 

Mi tío consideró elegirme como el heredero al trono, debido a que me dijo que mi padre había sido rey y pensó que era justo que yo lo fuera, pero lo rechacé, no es la vida que quiero y además se que Aída será una grandiosa reina.

 

—¡Vamos! Hoy prometiste que ibas a acompañarme —me grita Aída impaciente.

 

Respondo con un fuerte sí pero volteó fijándome en la tumba de mi querida madre, Helena. Dejo unas flores antes de alejarme.

 

El suave viento levanta un aroma a libertad y calma, una tranquilidad que espero que sea eterna.

 

Felipe, príncipe de Fontesveris.
 



A.L. Méndez

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En el texto hay: aventuras, amor, medieval

Editado: 25.03.2018

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