La Mascota del Vampiro

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01

Era una noche perfecta para perderse en el bosque.

Vladimir avanzó en silencio hasta el sendero, sus pasos eran cortos y rápidos mientras su larga capa oscura dejaba un ligero viento detrás y se alejaba de la seguridad de su mansión. Su sofocante mansión.

Alguien lo seguía.

No tuvo que girar para saber que se trataba de Samantha, su siempre leal y enamoradiza plebeya.

—No deberías salir de casa– advirtió Vladimir con voz suave sin siquiera molestarse en dirigir una mirada a su acompañante —menos aún a estas horas–.

—Lo mismo digo– Samantha resopló e intentó seguir el paso apresurado de su amo saltando enredaderas y esquivando ramas caídas con sus pequeñas y delgadas piernas cortas.

Samantha solía tomarse su trabajo muy en serio, excepto que era Vladimir quien terminaba cuidando de ella la mayor parte del tiempo cuando en realidad debía ser al contrario.

Las noches frías de otoño eran un placer del que Vladimir disfrutaba en secreto. El viento helado en su rostro, la soledad y frío de ese momento exacto en el que la noche rozaba peligrosamente con la madrugada. Era en ese momento cuando el bosque se sentía más vivo que nunca, tanto así que Vladimir podía cerrar los ojos y casi oírlo suspirar.

—Hasta aquí– dijo Samantha, su voz aguda casi quebradiza debido al frío —¡no puede ir más allá, joven amo!–.

Vladimir dio un paso más y se detuvo.

Las limitaciones eran algo con lo que tenía que lídear todos los días desde su nacimiento. "No hagas esto", "no vayas allá", "no digas aquello". No, no, no.

Todo era prohibido. Todo era peligroso y desconocido, incluso para un vampiro de doscientos años como él.

Podía escuchar el sonido de los dientes de Samantha al castañear, el movimiento de la vida animal nocturna, el viento agitando las copas de los altos pinos y el aroma de...

—Sangre–.

—¿Uh?– Samantha olisqueó el viento que le traía la leve ventisca —yo no huelo nada–.

Era de esperarse, después de todo Samantha era un vampiro de tercera generación, era más humana que vampiro, de hecho, por lo que sus sentidos se encontraban menos desarrollados. Una prueba de ello era la forma en la que temblaba, su sangre era cálida como la de un humano por lo que sufría ante la perdida de calor.

Vladimir permaneció atento justo en la línea que separaba el territorio del clan Roman con el resto del bosque. Cerró los ojos y prestó atención.

Una lechuza ululando, roedores correteando, murciélagos revoloteando, mosquitos succionando, luciérnagas zumbando.

Luego olfateó el aire.

Agua de cascada, tierra húmeda y fértil, corteza rasgada, musgo arrancado, sangre derramada...

—Ahora vuelvo– anunció y por primera vez en unos ciento treinta años, traspasó la línea imaginaria que dividía el territorio y se sintió bien.

—¡Joven amo, espere, no puede hacer eso!– chilló Samantha.

Vladimir la ignoró y avanzó hacía aquel lugar en busca del aroma a sangre, sangre que no era animal sin duda. Aquel olor pertenecía a sangre humana, estaba convencido de ello.

—¡Si el amo Dimitri se entera de esto...!– Samantha finalmente lo siguió, tropezando cada dos pasos. Sus ojos humanos no le permitían distinguir el camino por el que avanzaba y la única luz que le llegaba era de la luna la cual permanecía oculta detrás de una suave cortina de nubes —¡me asesinará y me dará de comer a su boa!–.

—No seas ridícula– negó Vladimir —Dimitri jamás le daría carne de baja calidad a su boa–.

—Vaya, gracias– resopló la pequeña plebeya.

Vladimir sonrió, molestar a Samantha era uno de sus placeres culposos sin duda. La chica lucía adorable cuando se molestaba pero eso era algo que no tenía porque saber así que lo mantenía en secreto para sí mismo.

—Seguro sólo es un jabalí que fue cena de algún jaguar– se quejó ella.

No, no lo era.

Vladimir estaba convencido de que aquel aroma pertenecía a un humano lo cual era raro. Los humanos tenían prohibido acercarse a esa zona. Todos sabían que el bosque del norte le pertenecía a las criaturas de la noche. Desde la primera gran guerra entre humanos y oscuros se había llegado a un acuerdo y traspasar las fronteras del bosque se pagaba con muerte. O al menos eso había escuchado.



Lynn Vale

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En el texto hay: sobrenatural y romance

Editado: 25.04.2019

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