La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

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Capítulo 3

Devil´s Acre, Londres, 27 de Octubre de 1892.

Los tacones de las botas de Amanda resonaron contra la piedra mojada de la calle londinense, creando un estruendo demasiado obvio para aquellas horas de la noche. La calle estaba desierta y una neblina húmeda dificultaba aun más su visión de la oscura calle que olía a madera quemada, basura y putrefacción. Aquella parte de Londres, a pesar de su proximidad a WestministerAbbey, era una zona pobre y de mala reputación, donde bandidas y borrachas se escondían entre las sombras de la noche para descansar de sus fechorías.

No había sido su intención pasearse por esas calles una vez caída la noche, pero el tren de Amanda se había retrasado en el nudo de Stewarts Lane. Además al salir de la estación Victoria le habían indicado mal el camino hacia Westminister, y había terminado por caminar dos millas antes de encontrar la calle Old Pye, que tenía como referencia de la dirección que buscaba. Su cita fue rápida, pero para cuando salió de la casa había anochecido del todo.

Supo que estaba atravesandoDevil´s Acre porque el suburbio hacía honor a su nombre. Era una sucesión de casas de entre dos y tres plantas dispuestas en un rectángulo, pero llena de esquinas y salientes irregulares que daban lugar a espacios oscuros y callejones. Las casas estaban tan amontonadas que los moradores no tendrían problemas para ver lo que hacía el vecino a través de las estrechas ventanas rectangulares. Todo parecía haber sido dispuesto para albergar a más personas de las que permitía el espacio. Sucias cuerdas con ropa tendida, se habían colocado de un edificio a otro. Algunas partes de los edificios mostraban su esqueleto compuesto de vigas de madera corrompida por la humedad, como si nadie se hubiera molestado en terminarlos. De los tejados ennegrecidos salían pequeñas chimeneas humeantes de forma casi caótica. 

Las botas de Amanda y Callum resonaban en los charcos del desnivelado y polvoriento suelo, y el hedor le decía que aquello no era solo agua de lluvia.

La calle parecía estar desierta, pero había tantos rincones oscuros y tantas ventanas que tenía la inquietante sensación de ser observada.

El llanto de un bebé le llegó ahogado por el cristal de una ventana baja, y un bulto se movió a su izquierda haciéndola saltar con los nervios de punta. Inconscientemente se apretó contra el brazo de Callum, aunque este indiferente a los peligros de la noche continuó con el mismo semblante. Se trataba de un escuálido perro abandonado que olisqueaba las basuras amontonadas en las puertas de las casas.

Amanda se relajó un tanto al ver que se trataba del animal pero su crispación no disminuyó del todo. Con sus ropas elegantes era la victima perfecta para ser asaltada en aquella callejuela polvorienta. Y estaban corriendo el riesgo para nada, pues la científica que según sus investigaciones había vivido a dos bloques que allí, había fallecido apenas unos meses antes de su visita. Era la única figura reconocida con conocimientos sobre el antídoto. Según las gacetas, innumerables mujeres habían acudido a ella con la intención de conseguir el antídoto, pero no había saltado la alarma hasta que una asociación de obreras bien organizadas y con influencia, que estaban en pro de la abolición, la habían abordado para conseguir la fórmula. Poco después la científica había fallecido repentinamente, sin haber estado enferma según su casera acababa de explicarle a Amanda. Sin duda las mujeres al mando no querían arriesgarse a que una organización poderosa se hiciera con el medicamento y comenzaran a despertar a sus hombres.

Toda sus esperanzas se habían ido a la tumba junto con aquella pobre mujer. Su última oportunidad se pudría bajo tierra mojada mientras la devoraban millares de gusanos.

Si no fuera porque estaba tan asustada por tener que vagar por aquellas calles de noche se hubiera desplomado en el suelo para llorar como deseaba hacer.

Al final de la calle un farolillo de gas brillaba anunciando la intersección con una calle principal, más transitada. Apretó el paso sin darse cuenta, a la vez que hundía sus dedos en la carne del brazo de Callum para que captara el mensaje. Si lograban llegar hasta ella, vería el fantasma de la abadía Westminister dibujado entre la niebla de la noche y se sentiría a salvo.

Huesudos dedos, que a pesar de su delgadez tenían la firmeza de las expertas garras de un halcón, asieron su hombro derecho, deteniéndola en seco y haciéndola trastabillar hacia atrás. Su trasero no llegó a golpear el suelo como era de esperar, sino que su espalda chocó contra el enclenque torso de su captor. 

—Callum ¡Líberame! —le dio tiempo a gritar antes de que una voz ronca y viciosa, como la que tendría alguien que ha pasado cuantiosas noches en la calle y ha bebido demasiadas pintas, le ordenara a su maloliente captor que la silenciara. Una asquerosa tela cubrió sus labios y fue atada dolorosamente prieta en su nuca.

Callum, respondiendo a su primera orden, encerró una mano de acero sobre el brazo del hombre. Un joven fornido como él no tendría problemas en despedazar a aquel individuo sin el más mínimo esfuerzo. No obstante, con un bramido la mujer que controlaba a su captor le ordenó que se detuviera. Callum preso de su servicial enfermedad hizo lo que le ordenaba sin vacilar, como si para él no hubiera diferencia alguna entre una voz familiar y una desconocida.



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Editado: 11.10.2018

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