La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

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Capítulo 7

CALLUM

Fuiste mi primer pensamiento al despertar.

Abrí los ojos confuso, y vi las láminas de madera que componían una especie de techo sobre mi cabeza, sujeto por cuatro postes que salían de la cama en la que me encontraba.

Me sentí letárgico, como la primera vez que desperté en el Andrónicus, solo que esta vez sabía quién era, y lo más importante de todo, sabía quién eras tú. Gracias a tu recuerdo, no sufrí la apabullante soledad de la primera vez y eso fue mi gran conforto.

Con la idea de encontrarte, me erguí en la extraña cama con cuidado de no golpearme la frente con las tablas. Me encontraba en una oscura sala con montones de camas, y al mirarlas me di cuenta de que lo que había sobre mí, era otro catre. Todas las camas de la sala tenían dos pisos. Miré a mi alrededor, seguro de que estarías a mi lado, sin duda responsable de mi regreso a la consciencia, pero no estabas.

Con el ceño fruncido, vi como varios muchachos se paseaban inquietos por la peculiar habitación, otros gimoteaban en sus camas.

¡Estaban todos despiertos Amanda!

Me puse de pie.

—¿Qué ocurre? —pregunté en general—¿Dónde estamos?

Un muchacho rubio despeinado, que caminaba descalzo sobre la corroída madera me miró con ojos muy abiertos.

—No…no lo sé. Acabo de despertarme…no, yo, yo no sé cuándo me dormí, no, no lo recuerdo —tartamudeó el muchacho tocándose la sien.

Miré a mi alrededor, todos los hombres, y los había de distintas edades, parecían estar tan desorientados como el muchacho rubio, que no podía tener más de quince años.

—Nos han despertado —murmuré más para sí mismo. A continuación alcé la voz para que me escucharan todos— ¿Dónde están las mujeres?

Miradas confusas fue toda la respuesta que recibí.

—He visto a una mujer —murmuró un hombre delgaducho de unos cincuenta años. Estaba sentado en el camastro inferior que había junto a una puerta de madera—. Se fue por ahí

Noté entonces de que el suelo se balanceaba, y me apresuré hacia la puerta pero esta estaba bloqueada. Quizá estuviéramos en alguna especie de navío, que explicara el balanceo del suelo y la falta de ventanas.

Golpeé la puerta con mis puños, mientras chillaba tu nombre; pero nadie apareció por allí. Me decidí entonces a golpear la puerta con el peso de mi cuerpo, pero no logré más que hacerme daño en el hombro.

—Tú, ven aquí —le ordené a un grandullón que debía de pesar doscientas cincuenta libras. El hombre titubeó, pero finalmente se aproximó a mí, quizá inconscientemente acostumbrado a años de órdenes como aquella. Debía de serle muy útil a su ama—. Quiero que le des una patada fuerte a este punto de la puerta.

El grandullón arrugó el entrecejo y me miró dubitativo.

—¿Por qué? —tragó saliva, y noté que cerraba y abría los puños. Estaba más ansioso de lo que su rostro dejaba entre ver.

Había conducido aquella situación de forma incorrecta.

Me giré hacia las camas y paseé mi mirada por la sala para asegurarme de que todos me prestaban atención.

— Una enfermedad se extendió entre los hombres hace años, provocando que perdieran la consciencia—los informé—.Es un poco como estar dormidos. Nacimos así.

—No —me interrumpió el delgaducho a mi lado—. No todos nacimos así.

Sus ojos estaban perdidos en algún punto de la habitación, pero su mirada parecía más lejana.

—Claro —comprendí enseguida, pues aquel hombre debía de tenar la edad de tu madre, y por lo tanto había nacido libre—. Usted recuerda ser un niño.

El hombre giró el rostro hacia mí, y se levantó de la cama.

—¿Qué ha ocurrido? —me preguntó con una mirada gélida. Apretaba la mandíbula a la espera de mi respuesta.

Tragué saliva contemplando mis opciones. Si le contaba a esos hombres ahora que las mujeres nos habían mantenido así voluntariamente no tenía ni idea de cómo iban a reaccionar. ¿Quería ser el causante de tal caos cuando ni siquiera entendía la situación en la que nos encontrábamos?

Decidí que sería mejor para todos que por el momento yo tomara las decisiones.

—La enfermedad ha durado décadas, pero creo que han encontrado la cura y por eso estamos despiertos.

El hombre cerró los ojos y sus hombros se hundieron. Vi que tenía algo escrito en su camisa blanca.

—Thomas Baker  —pronuncié, y el volvió a alzar la cabeza, algo extrañado; aunque un instante después asintió.

—Ese era mi nombre, pero Baker no es mi apellido.

Inspiré profundamente antes de proseguir.

—Es el apellido de tu ama.

—¿Ama?



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Editado: 11.10.2018

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