La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

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Capítulo 10

La tercera noche tras llegar al campamento estaba sentado alrededor de una hoguera junto a otros de los hombres. Hablaban del entrenamiento de manejo de rifles y revólveres al que nos habían sometido durante todo el día, mientras yo guardaba silencio consciente de que la vida era mucho más que las tediosas horas de entrenamiento que soportábamos en aquel valle rodeado de montañas nevadas. Pero para ellos no había nada más.

Una de las soldados pasó por allí con un manojo de cartas en las manos, y salté de mi silla para interponerme en su camino.

Gertrude se detuvo sorprendida y elevó la mirada a mi rostro. Tenía el pelo azabache y corto y el rostro de una muñeca. Por suerte sabía su nombre, de escuchar a otras soldados llamarla.

—¿Qué quieres? —me preguntó ceñuda.

—¿Vas a enviar esas cartas a Inglaterra? —le pregunté esbozando mi sonrisa más encantadora.

Gertrude asintió e intentó esquivarme para seguir su camino, pero giré sobre mis talones para alcanzarla de nuevo.

—Yo también quiero enviar una carta—le informé—.A Crawley.

Gertrude me miró con una mueca desdeñosa.

—¿Enviar una carta tú? —repitió con sorna y luego se echó a reír —¿A quién podrías enviarle una carta tú, hombre?

Su pregunta fue retórica, porque volvió a carcajearse y no se quedó para escuchar mi respuesta. No me pasó desapercibido eltono desdeñoso con el que había dicho hombre.

La vi marcharse con dientes apretados y por un instante hice el amago de ir tras ella y descargar mi rabia contra su cuerpo, pero aquello no iba a llevarme a buen puerto. El día anterior Walter Arthur Rupert Bertie, el conde de Abington había exigido a las oficiales que lo llevaran a su casa en Inglaterra, repitiéndoles que él era el Conde y no permitiría tal trato. Se lo llevaron, sí, pero no a Inglaterra. Por lo visto uno de los campamentos estaba empezando a acumular a todos los alborotadores de los distintos regimientos, y no creo que fuera para leerles poesía con una taza de té. No tenía deseos de correr la suerte de Walter, y menos después de mis progresos con Emma.

En lugar de darle a aquella altiva soldado lo que se merecía, me encaminé a la gran cabaña de madera donde dormían las oficiales. Encontré a Emma en la sala principal jugando a las cartas con otras soldados. La sala estaba abarrotada y las voces animadas de las oficiales se repartían por la nave mientras cenaban o simplemente se relajaban junto a las chimeneas.

—¿Y tú qué quieres a estas horas? —me preguntó Emma sin levantar la vista de su partida.

—¿Podemos hablar en privado?

Una de las mujeres que jugaba contra ella soltó una risa nasal y lo miró con una mueca divertida.

—Pero ¿quién se cree este?

Emma cogió una de las cartas que sostenía en su mano izquierda y la colocó sobre la mesa. Las demás mujeres se quejaron.

—¡Eres una tramposa! —la acusó una mujer regordeta de pelo rizado a su derecha. Tiró sus propias cartas sobre la mesa con un ademán enojado.

Emma mostró una sonrisa de dientes blancos y se recostó confiada en el respaldo de su silla.

—Soy buena —la corrigió.

Apreté los dientes, irritado por la forma en la que me ignoraban, como si no fuera nada. Como si mis asuntos no pudieran ser importantes por el simple hecho de ser un hombre.

—¿Emma? —volví a llamarla armándome de paciencia.

—Callum, vuelve más tarde, ¿quieres? estoy ocupada humillando a estas damas.

Frustrado decidí hacer lo que me pedía, pero notaba como la paciencia empezaba a agotárseme. Se inteligente, me repetía una y otra vez.

Volví una hora más tarde. En el salón aun había muchas oficiales, pero la mayoría se había retirado a sus cómodos habitáculos. Nosotros éramos los que soportábamos las frías tiendas en la nieve, mientras ellas usaban la cabaña.

Emma ya no estaba en la mesa de partida y las dos mujeres que quedaban me indicaron que cruzara el salón y tomara el primer pasillo. La habitación de Emma era la última a la derecha.

Caminé por el pasillo curioseando las puertas entreabiertas, intentando vislumbrar algo del lujo con el dormían las arpías. Faltaban tres puertas para llegar a la de Emma cuando vi algo que me hizo detenerme en seco.

Eran dos mujeres.

Una tenía el pecho al descubierto y las manos de la otra sobre estos, mientras se besaban en los labios.  Hasta que la bajita, que resultó ser Gertrude comenzó a besarle el cuello a la que estaba semidesnuda. Entonces esta abrió los ojos y me vio.

Me asusté, pero estaba demasiado extasiado con lo que veía como para moverme; pero la soldado no me recriminó nada, sino que me sonrió. Era hermosa, tenía el pelo rizado y le caía como una cascada hacia un lado. Gertrude se inclinó sobre ella y atrapó uno de sus pechos entre sus labios, y la visión de ambas tocándose de una forma tan íntima me mantuvo inmóvil.



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Editado: 11.10.2018

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