La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

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Capitulo 13

Cuando a la mañana siguiente nos despertaron al alba, supe que algo andaba mal. En lugar de prepararnos para otro día de entrenamiento nos ordenaron que cargáramos las carretas y preparáramos los caballos para el viaje.

Me fue imposible sacarle nada a Emma, que daba vueltas por el campamento dando órdenes a diestro y siniestro en la ausencia de la sargento Alexandra.

—¿A dónde nos llevan? —me preguntó Thomas cuando al fin montamos en nuestros caballos.

Sacudí la cabeza en muestra de mi fracaso con Emma. No obstante, tenía un mal presentimiento que me acompañó durante todo el día. Al echar mi mirada hacia atrás veía una gigantesca fila de soldados hasta donde alcanzaba mi vista y lo mismo ocurría cuando oteaba el horizonte hacia delante. Pero aunque Einsworth, Stanley y otras de las oficiales de nuestro regimiento acompañaban nuestro paso, no había ni rastro de Emma o Alexandra.

Cuando cayó la noche llegamos a una extensa pradera donde los soldados a la vanguardia ya habían comenzado a acampar. Nos ordenaron que desempacáramos lo suficiente para pasar la noche, ya que a la mañana siguiente continuaríamos el camino. Rumores comenzaron a viajar entre los hombres sobre que nos dirigíamos a la guerra.

—¿De qué guerra hablan? —me preguntó Robert Shaw mientras cenábamos en la puerta de nuestra tienda.

—No estoy seguro —suspiré—. Hay rumores sobre China, pero no tengo más información.

—¿Si quieren atacar China porque no nos han entrenado durante más tiempo? —inquirió el grandullón antes de darle un bocado a su hogaza de pan.

—Quizá no tengan tiempo —le respondí tan confuso como él.

—No quiero ir a la guerra —murmuró Samuel tras nosotros—. Si el entrenamiento ha sido un infierno ¿cómo será la guerra?

Volví la cabeza hacia la puerta de la tienda. Samuel sostenía el plato de la cena entre sus manos pero no lo había tocado.

—No te preocupes, somos la caballería, si atacan China lo harán por mar donde es más vulnerable. Nosotros ni siquiera entraremos en acción.

—¿Estás seguro? —inquirió el muchacho, e incluso Robert tenía la mirada fija en mí.

No estaba seguro de nada, pero mi lógica me decía que era poco probable que usaran la caballería, China podía aguantar un ataque por tierra sin demasiados problemas, mientras que había perdido las dos guerras del opio por su inferioridad naval. Teníamos suerte de pertenecer a la caballería, y aun así, no podía dejar de pensar en esos pobres hombres que acaban de recuperar su vida, y sin apenas saber nada de asuntos bélicos, iban directos al infierno.

Vi a Thomas caminar hacia nosotros. Las arrugas de su piel estaban aun más marcadas en su rostro cansado que el día que le conocí, hacía apenas una semana, y su cabello canoso bailaba al son del viento alemán.

—La oficial Clarke ha llegado, ¿por qué no vas a hablar con ella? —me sugirió Thomas al alcanzarnos.

—La quinta tienda de la fila de la derecha —me señaló—. Ha entrado ahí con la sargento.  

Cuando oteé el interior de la tienda vi que varias oficiales estaban de pie alrededor de una mesa. La sargento tenía un mapa extendido sobre esta y señalaba un camino en este con el dedo índice. La ventaja de ser un hombre era que las oficiales no se fijaban demasiado en lo que hacíamos en el campamento en nuestro rato libre, y aproveché ese semi invisibilidad para entrar un poco en la tienda y esconderme tras el pliegue de la tela. Podía oír su conversación relativamente bien desde ese ángulo.

—¿Hay noticias de dónde planean atacar primero? —preguntó una de las oficiales.

La sargento apoyó la mano en la superficie de la mesa para inclinarse más sobre el mapa.

—Han movilizado sus tropas hacia oeste de China —respondió Alexandra —. Por lo que creen que planean atacar inmediatamente.

Fruncí el ceño ante la conversación tan peculiar. ¿China planeaba atacar occidente? ¡Era ridículo!

—Los tropas navales del puerto francés* están casi preparadas y zarparán en una semana hacia Asia —continuó la sargento—. Nosotras proseguiremos por tierra dirección este…

—¡Eh, tú! —gritó una de las oficiales y un instante después tenía el cañón de su revólver apoyado bajo mi mentón y su mano asiendo las solapas de mi chaqueta. Tiró de mi para sacarme de detrás de la tela y que todas las presentes pudieran verme—. Estaba escuchando nuestra conversación —me acusó.

Elevé ambas manos en son de paz, y vi como Emma me miraba y sacudía la cabeza con una mueca aborrecida.

La sargento Remington se irguió y me contempló con los brazos en jarras.

—¿Por qué escuchabas nuestra conversación? —me preguntó con el ceño fruncido—. ¿Quién te envía para espiarnos?

Le eché un vistazo de reojo sin querer apartar la vista demasiado tiempo del cañón que ahora me apuntaba al pecho.



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Editado: 11.10.2018

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