La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 14

Éramos desertores.

Me di cuenta al escuchar una conversación entre Emma y Einsworth. La sargento había decidido cambiar el rumbo de nuestro regimiento, desobedeciendo órdenes directas de su superior y abandonado su llamamiento a la guerra. Eso la convertía en una traidora para la corona.

¿Y en qué nos convertía eso a los hombres a su cargo? Nuestra situación ya era lo bastante delicada como para además enfrentarnos a cargos de deserción.

Fueron días oscuros. Me sentía desmotivado tras no recibir ninguna carta tuya, y preocupado ante la perspectiva de no obtener la ciudadanía británica a causa de la locura de Alexandra.

No había sido mi intención que nada de aquello ocurriera al hablarle de mis lecturas sobre la realidad de la modernización militar china. Pero allí estábamos, rumbo a dónde nadie nos había llamado. Dirigidos por una mujer que en un inicio me había parecido cabal y lógica, pero que iba a ser nuestra perdición.

—¿No deberíamos regresar con los demás? —le pregunté una noche a Emma, mientras comíamos de la carne tostada a la hoguera de un jabalí cazado entre los dos.

Samuel alzó el rostro para observarnos con atención. El muchacho era demasiado joven e inocente para enfrentarse a las consecuencias de nuestro escape.

—No puedo desobedecer las órdenes de mi sargento.

—¿Ni siquiera si se ha vuelto loca? —inquirí con incredulidad.

Emma se chupó la grasilla de la carne de jabalí de los labios y giró la cabeza hacia mí.

—¿Por qué dices eso?…tú fuiste el que le dio la razón sobre las chinas.

—Pero no creía que abandonaría el ejército —protesté—. ¡Van a llevarnos a todos a la horca!

—¿A la horca? —repitió Samuel con los ojos como platos— ¿Por qué van a llevarnos a la horca?

Emma me agarró de la solapa de la chaqueta para acercarme a su cara, con una expresión intransigente.

—Ten mucho cuidado con iniciar una insubordinación, Callum, porque esa sí es la forma más rápida de acabar en la horca. 

Me soltó, empujándome hacia atrás y se dirigió hacia el cocinero con su cuenco entre las manos. Emma podía comer más que dos hombres juntos.

—¿Qué está pasando Callum? —me preguntó Samuel tras observar a Emma alejarse.

Sacudí la cabeza, y lo contemplé con el rostro ladeado.

—¿Estás leyendo el libro que te conseguí?

Samuel asintió.

—Pero no entiendo ni una sola palabra —se quejó el muchacho con el entrecejo fruncido— "Cada día,
trenzamos una corona florida que nos ate a la tierra, a pesar del desaliento, de la cruel escasez de caracteres nobles, de los días sombríos, de todos los caminos oscuros e insalubres que hemos de transitar: sí, a pesar de todo, alguna forma bella retira la mortaja de nuestro oscuro espíritu:
el sol, la luna, viejos árboles y otros jóvenes, cuyas ramas ofrecen un regalo de sombra"

—Te lo aprendiste de memoria.

—Lo he leído más de cien veces —confesó el muchacho—. Pero no entiendo a qué forma bella se refiere Keats. Por mucho que observe los árboles y las montañas no encuentro nada que retire la mortaja de mi oscuro espíritu. Nada que vuelva hermoso este camino insalubre.

Sonreí ante la forma de expresarse del muchacho. Un pequeño poema y ya hablaba como un verdadero filósofo.

—Creo que lo que intenta decir Keats es que no importa cómo de oscuro sea tu camino, siempre hay algo bello en tu día. Y esa belleza está en las cosas más naturales.

Samuel me aparto la mirada y giró el rostro hacia la hoguera.

—El fuego me parece bello —concedió—. Siempre me siento mejor cuando encienden la hoguera.

—Creo que Keats escribió ese poema en verano.

—¿Qué tiene que ver eso?

—Mucho, te lo aseguro. El verano te hace sentir de otra forma…como cuando estás cerca de la fogata, pero aun mejor.

Samuel abrió mucho los ojos.

—Yo quiero ver el verano —exclamó emocionado.

Volví a reírme.

—Vas a adorar el verano.

—Cuéntame más…

Negué con la cabeza.

—Como bien te dije es mejor que lo vivas tu mismo.

Por el rabillo del ojo vi a la sargento dirigirse hacia su tienda y entrar en esta. Di un salto de mi silla para ir hacia ella.

Antes de correr la segunda cortina que componía la puerta de la tienda de la sargento me incliné para otear el interior por la rendija.

Había alguien más con la sargento en su tienda. Una mujer que no vestía el uniforme del ejército y que solía curar a los heridos. Alexandra la estaba besando.

Noté algo rozándome el brazo. Samuel me había seguido y estaba agachado para colocar su cabeza por debajo de la mía y curiosear el interior de la tienda.

—Márchate —le susurré.



Beca Aberdeen

#888 en Novela romántica
#322 en Otros
#69 en Novela histórica

En el texto hay: elangelenlacasa, callum, amorprohibido

Editado: 11.10.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar