La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

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Capítulo 15

Sinope era una pequeña fortaleza a la orilla del mar negro. Sus torreones se unían a través de murallas zigzagueantes que seguían la sinuosa orilla del mar hasta elevarse en un pequeño montículo, donde estaba situado el centro del pueblo. 

La sargento Remington no nos permitió penetrar sus murallas, sino que situó nuestro campamento oculto entre los árboles de un bosque cercano. Aunque no lo dijo, supe con claridad que no querían alertar a la población turca de nuestra presencia. De hecho, ella y Emma se vistieron de civiles para visitar la ciudad y comprobar que todo andaba en orden.

Pasó una semana y nada ocurrió a orillas del mar negro. Alexandra montó turnos de vigilancia, pero a excepción de un paquebote con correspondencia pública que atracó en Sinope antes de proseguir su camino hacia Constantinopla, nada amenazante surcaba el horizonte de esas aguas.

Comimos de la pesca, las patatas que habíamos traído, y de lo que las soldados vestidas de civiles compraban en Sinope. Solo a las mujeres se les permitía acudir al pueblo, pues la presencia de los hombres hubiera alertado a la población.

Al principio, el tiempo se deslizó lento y aunque los ánimos de la tropa habían mejorado con el cambio de escenario y la suave temperatura invernal de Turquía, las oficiales de Alexandra habían comenzado a criticarla en privado con ahínco. La creían una loca y probablemente tuvieran razón.

Al menos eso esperaba. Por mucho que me preocupara las consecuencias colaterales que acaecerían sobre nuestro regimiento debido a la decisión de Alexandra, me preocupaba aun más que la sargento estuviera en lo cierto.

Los días se fueron sucediendo con una celeridad espantosa, pegándose unos a otros sin apenas separación. Por las mañanas, nos entrenábamos y por las noches disfrutábamos del privilegiado escenario en el que nos encontrábamos. Pasó un mes y lo único que cambio fueron las temperaturas, que cada vez eran más agradables. Aquella tierra era soleada, brillante y hermosa como el mejor de los días del verano inglés. Era una gozada disfrutar de la presencia del sol tan a menudo aun cuando las temperaturas fueran invernales.

Mi hermandad con los hombres creció, al igual que mi amistad con las dos mujeres más poderosas del regimiento patético que formábamos. Teníamos más tiempo para reír y disfrutar de la hoguera y las noches jugando a las cartas. Algunas de las soldados de Alexandra, probablemente las que aun la respetaban, empezaron a tratar a los hombres de forma distinta al ver a sus superiores hacerlo. Otras, recelosas, continuaban considerándonos los descerebrados que fuimos por varias décadas.

Tanto Thomas como Robert habían atraído la atención de dos oficiales y pasaban las noches recuperando los años de consciencia perdidos.

Samuel por otra parte, habían buscado mis atencionesal principio, deseoso de repetir nuestro beso; al igual que Marie Anne, pero yo los rechacé repetidamente. Me retiré de esa faceta de la sociedad, porque me sentía vacío y no tenía nada que darles. Me dolía el corazón a diario.

Emma bromeó una noche conmigo al ver a Samuel contemplarme mientras otro muchacho tenía la cabeza apoyada en su hombro.

—Está enamorado de ti —me dijo.

—Cuánto lo siento por él —me limité a responder—. Odio ser la causa de este dolor tan cruel.

—Pero al menos él alivia sus penas en eso otro muchacho —razonó ella contemplando a la pareja junto al fuego—. Pero tú no has vuelto a tocar a Marie Anne, la escuché lloriquear sobre ello.

Le eché un vistazo de soslayo.

—La mataré si la toco…mis manos sueltan el veneno que llevo dentro.

Emma puso los ojos en blanco, y luego se rió de mi.

—Tan trágico… ¿Por qué lo haces?¿Guardarle respeto de esa forma? Tu ama quizá no esté siendo tan respetuosa contigo y puede que ahora mismo esté en los brazos de otro.

Fue como si hubiera cogido ascuas de la hoguera y me las hubiera pegado a la piel. Sentí tal dolor  y consternación que me levanté de la silla de un salto.

—¿Por qué dices eso? —la acusé horrorizado. La oscuridad masculina tomando mi mente—. No quedan hombres en Inglaterra, están todos en la guerra.

—Eso no es cierto —protestó Emma aun repantigada en su silla. Tenía un vaso de brandy casi vacío entre sus manos y un brillo en los ojos que me hizo preguntarme si era el alcohol el que hablaba—. A los enfermos, a los lisiados y a los viejos los han dejado atrás.

—¿Crees que mi Amanda va a dejar que un lisiado o un viejo la toque después de haber estado conmigo? —escupí enfurecido. Era ridículo…pero me seguía doliendo la idea de que algo así pudiera estar ocurriendo sin yo siquiera saberlo. Me asustó la intensidad del desgarro que me provocaba imaginar eso.

Emma apretó los labios y miró hacia el fuego, me di cuenta entonces de algo en sus ojos tristes.

—Eso es lo que crees tú que está haciendo William ahora mismo con otra —deduje viendo como se llevaba el vaso de nuevo a la boca—. Pero eres mujer…esas cosas no os molestan. Amanda me explicó que los celos son cosa de hombres. Que son parte de nuestra retorcida y posesiva naturaleza masculina.



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Editado: 11.10.2018

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