La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

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CAPÍTULO 17

Hospital Netley en Southampton,  3 de marzo de 1893

Una insistente lluvia repiqueteaba los ventanales del hospital mientras me ponía la chaqueta del uniforme limpio que una de las enfermeras había dejado a los pies de mi camastro.

La sargento Remington me observaba con atención, con una mano agarrada a los hierros del pie de mi cama. Tenía el otro brazo vendado y sujeto a su cuerpo por una tela atada al cuello.  Uno de los disparos durante la batalla de Sinope le había alcanzado el hombro y la bala se había alojado en el interior de su músculo, pero las médicas había logrado sacársela y cortar la hemorragia. Le habían asegurado a la sargento que no le quedarían secuelas.

—No puedo ir a Londres —me limité a decirle, mientras me abotonaba la casaca roja de la caballería de la Reina Victoria. Me di cuenta entonces de que no tenía ropa propia— ¿Puedes conseguirme dinero?

—¿Para qué? —inquirió Alexandra, alzando una ceja.

—Para llegar a Crawley. Necesito ver a Amanda.

—¿Y qué harías después? —Su pregunta me irritó. Quizá porque me había levantado de un humor pésimo o tal vez porque no quería pensar en qué ocurriría cuando encontrara a Amanda—. Tengo derecho a ese dinero…

—En realidad no —me interrumpió ella, cruzándose de brazos—. Aun ni siquiera eres un ciudadano de Reino Unido. Por eso debes acompañar al regimiento a Londres. Allí os otorgarán vuestra ciudadanía y la paga que os corresponde.

Cerré los ojos, al notar el pinchazo de dolor en mi pierna, pero me incorporé igualmente, y acepté el bastón que me ofreció Alexandra.

—¿Van a condecorarte? —comencé, al caminar a su lado, y mis siguientes palabras fueron más una afirmación que una pregunta—. Serás Sargento Mayor.

Alexandra mantuvo la vista en el suelo mientras avanzábamos por el pasillo central de la enfermería. Había camillas a ambos lados, algunas desocupadas, otras con heridos. Todos ellos habían comenzado a vestirse para la partida del regimiento hacia Londres.

—Eso dicen los rumores.

—Y Einsworth será Sargento —sentencié y aunque creí haber desterrado la censura de mi voz, Alexandra alzó la vista para mirarme con culpa—. Odio que esa bruja se quede con lo que le pertenece a Emma.  

Alexandra me apartó la mirada ante la mención de la Oficial Mayor.

—Emma no puede ser sargento desde la tumba, ¿verdad?

A pesar de la frialdad de sus palabras, el dolor era palpable en su voz. Contemplé el perfil de su rostro durante un instante.

—¿Dónde está?

Alexandra apretó los labios antes de responder.

—En Londres, la enterraron junto a su madre.

Al cruzar las puertas de la enfermería, nos topamos con Thomas. Estaba sentado en un banco del pasillo y miraba el sombrero de soldado que tenía entre las manos. Alzó el rostro al escucharnos llegar.

—¿Nos vamos? —me preguntó.

Negé con la cabeza en respuesta.

—Yo me voy a Crawley.

Thomas arrugó el entrecejo y se levantó para colocarse frente a mí.

—Debes firmar tu ciudadanía en Londres y recibir tu anualidad.

Suspiré largo y tendido. Por mucho que creyera que la guerra había acabado, seguía siendo su esclavo, cuando ni siquiera podía ir a donde me placía.

—¿Amanda ha respondido a tu carta? —me preguntó Alexandra a mi lado, y de nuevo sentí la punzada de ira en mi interior.

Sacudí la cabeza.

—Solo ha pasado una semana… —mi voz sonó débil incluso en mis propios oídos.

—Envié a un jinete para que la llevara a Crawley en persona —me discutió ella—. Quizá tu ama…

Alcé una mano para que se detuviera.

—Tú no sabes nada de ella —espeté demasiado cansado como para sonar rudo.

—Iba a decir que quizá no esté en Crawley—prosiguió la sargento con un tono apaciguador—. La burocracia es algo lento e inefectivo, Callum. Sino vienes ahora a Londres, puede que te cueste horrores más tarde conseguir regularizar tu situación…y al fin y al cabo, quizáella ni siquiera esté en Crawley cuando llegues.

Me puncé el puente de la nariz con los dedos mientras exhalaba. Alexandra tenía razón, iba a ser complicado viajar por el país sin tener siquiera los papeles en orden o acceso a mi dinero. No me quedaba otra que retrasar un par de días nuestro encuentro.

La bola que tenía alojada en el estómago se quedaría conmigo por el momento.

Llegamos a Londres ese mismo día, nos alojaron en Carrington House. Yo estaba acostumbrado a las comodidades de una casa de lujo, a comer platos elaborados sentado cómodamente en una mesa, a bañarme en la calidez de un baño y dormir en una habitación decente, pero mis hombres no cabían en sí de gozo. Reían y comentaban lo increíble que era aquel lugar. Los contemplé con una sonrisa triste, pensando que Samuel entre otros de los muchachos de mi regimiento y del regimiento dieciocho no habían tenido la suerte de sobrevivir para descubrir que la vida era algo más que congelarte el trasero golpeado en una montaña alemana, o acampar en un bosque turco.



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Editado: 11.10.2018

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