La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

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Capítulo 19

Capítulo 19

 

Amanda se despertó horas antes del alba e incapaz de quedarse por más tiempo entre las crueles sábanas de su cama de hotel, se había sentado en el alféizar de la ventana. Llevaba tiempo contemplando el trasiego de mujeres que llegaban al hotel después de una trepidante velada en  las calles de Londres.

No creía que en aquel hotel  se alojaran soldados, pero algunas de las huéspedes habían llegado del brazo de un hombre, sin duda amistades forjadas tras horas de baile e incontables copas de porto. Amanda se preguntó si Callum se había marchado tan pronto de la ceremonia militar para acompañar a alguna vistosa dama a su habitación de hotel. Cerró los ojos ante el dolor de lafantasía que acababa de crear. Ahora que sabía que Callum estaba bien, otros miedos habían empezado a acecharla.

Él había sentido cariño por ella durante su tiempo compartido en Crawley, eso lo sabía, pero…¿no podrían ser esos sentimientos fruto únicamente del aislamiento del muchacho? Amanda había sido su única compañía, su única amiga y por lo tanto, era natural que hubieran aflorado ciertos sentimientos tras semanas de reclusión. Pero ahora Callum era libre, y conocía el mundo. Llevaba meses en la compañía de centenares de mujeres con las que compartía su nuevo oficio y la experiencia de la guerra. Y ahora que estaba de vuelta en la sociedad de Londres, conocería a muchas más. Que tonta había sido de pensar que el muchacho aun le pertenecía, que la añoraba tanto como ella lo había añorado a él. Que deseaba estar a su lado por encima de todo.

Había estado tan preocupada con su bienestar que no se había dado cuenta de que Callum ya no era suyo…era libre. Libre de elegir a otra, si así lo deseaba.

Exhaló profundamente, dejando que parte del desasosiego saliera de su cuerpo en forma de aire. Amanda no era la joven más hermosa e interesante de Londres, pero tampoco era un monstruo. Sus conversaciones con Callum durante su tiempo juntos duraban horas, y en ellas podían compartir banalidades y bromas, o las cosas más profundas.  Se había sentido siempre tan despierta, tan estimulada por la compañía del muchacho, y le había parecido que era mutuo, pues cuantas veces lo había visto reír, contemplarla con ojos brillantes y con sonrisas de admiración. Y en cuanto a la otra cara de una relación…bueno no había duda de la fuerza pasional que había entre ellos. Amanda lo descubrió aquel primer día cuando se encerraron en el armario de la entrada de la mansión Fairfax para explicarle que debía obedecerla en público, pero la proximidad del muchacho en aquel pequeño e íntimo espacio del armario…aun ahora sentía el revoloteo de miles de mariposas en su estómago al recordarlo. Callum era más inocente, y no había sido consciente de lo que significaba esa poderosa atracción entre ellos. Tan inocente, que le había pedido aquel día si podía palpar sus pechos confesando tener una fijación con ellos.

Amanda sonrió sonrojada al recordar el momento y apoyó la sien en el frío marco de la ventana. Los recuerdos de aquella noche se sucedieron hasta el instante en el que Amanda se había visto forzada a sentarse en el regazo de Callum en el teatro y besarlo. Aun recordaba su expresión estupefacta, y como aquel instante había cambiado al muchacho, destripándolo de la inocencia que había mantenido las cosas a raya entre ellos. A partir de entonces Callum había adquirido un hambre difícil de controlar, y un deseo de investigar más sobre aquella fuerza tan intensa entre sus cuerpos.

Suspiró irritada por la intensidad de sus recuerdos y se quitó el batín, pues de pronto tenía calor.

El alba anunció su presencia con la claridad repentina del cielo. Los edificios altos londinenses habían ocultado su gradual llegada de tonos anaranjados en el horizonte al que Amanda estaba acostumbrada, pero se alegró igualmente de no tener que esperar mucho más para buscar al muchacho. Se dirigió al tocador de la habitación y comenzó a prepararse. Se hizo los tirabuzones que Callum una vez tanto había admirado y se puso una preciosa camisa de un verde botella que resaltaba la belleza de su piel de porcelana. Un camafeo en la parte baja de cuello sujeto por una cinta negra le dieron el toque ideal a su camisa. Sus pantalones negros y elegantes complementaron el look. Se aplicó carmín en los labios y le gustó el efecto que creó en su rostro los labios sonrojados en contraste con la blancura de su piel y el rubio de su cabello.

La imagen que le devolvió el espejo la hizo sonreír esperanzada. Callum no sabía nada de la vida y mucho menos del amor, pero quizá ella pudiera explicarle que la forma en la que congeniaban sus personalidades y sus pieles al tocarse era algo por lo que valía la pena luchar.

Bajó a la recepción del hotel para dejarle un mensaje a Jane. La noche anterior, la recepcionista le había explicado que había un mujer que, por unos peniques, era capaz de encontrar a quien fuera en Londres. Amanda iba a visitarla, esperando que no fuera demasiado temprano, para averiguar donde se hospedaba Callum.

—Ha llegado una carta para usted, señora Fairfax —la avisó la recepcionista nada más verla.



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Editado: 11.10.2018

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