La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

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Capítulo 21 parte 4

—Demos un paseo —exclamó de pronto Callum, que había estado extrañamente callado durante la pelea verbal de los dos soldados. Sin duda su idea era una treta para separarlos.

Al intentar levantarse, Amanda se dio cuenta de lo mareada que estaba porque es su neurótico silencio había bebido demasiado.

Entre todos recogieron los restos del picnic y William los guardó en las alforjas de su caballo. Había algo en la forma en la que agachaba la cabeza y hundía los hombros al caminar…como si creyera que en cualquier momento alguien lo señalaría con el dedo para ordenarle que se fuera. Amanda esperó a qué el joven los alcanzara y caminó a su lado.

El parque estaba abarrotado de soldados, pero al ser domingo, también las mujeres parecían tener un tiempo extra para pasear lánguidamente por sus senderos de tierra y serpentear los árboles hacia zonas más recónditas.

William contempló a una pareja que caminaba a unos metros de ellos. Él con el acostumbrado uniforme militar, mientras que ella llevaba un humilde traje de domingo e iba de la mano con un niño, mientras charlaban como si apenas se conocieran.

—¿Tiene hijos señor Clarke? —le preguntó Amanda.

William la miró de soslayo y sacudió la cabeza.

—Tengo veintitrés años, y me entregaron a Emma a los dieciocho —razonó él, y por su expresión supo que no era la primera vez que hacía las cuentas—. Quizá nunca pueda tener hijos.

Era cierto que las parejas solían concebir dentro de los dos primeros años tras la ceremonia, pero el que no lo hubieran hecho no quería decir que hubiera algo de malo con él. Quizá era Emma la infértil, o quizá tan solo fueron incompatibles.

—Por lo que dice Callum, tu ama era una mujer muy dedicada a su carrera militar. Quizá puso medios para evitarlo.

William alzó el rostro del suelo hacia ella sorprendido. Y tras un instante de sopesarlo pestañeó.

—No sabía que eso era…discúlpeme hay tanto que desconozco —sonrió un tanto avergonzado por su propia ignorancia. Había una especie de sentimiento de inferioridad en él. Amanda sabía por Callum que la baja estima de uno mismo no es algo que venga de forma natural, así que el joven debía de haber adquirido aquella errónea idea de su propia pequeñez tras los meses en la compañía de otras soldados.

Le devolvió la sonrisa intentando confortarle.

—Pero tiene usted tanto tiempo para aprender.

El joven alzó la mirada hacia Callum que caminaba por delante con el resto del grupo.

—El sargento es una gran fuente de información, creo que es el hombre más sabio de todos cuantos he conocido…quizá me ayude a entender esta nueva vida, sino se cansa de mi antes, claro.

Amanda rio con él, pero no le gustó su broma.

—Créame, con el corazón que intuyo que tiene, no le costará hacer amigos. Usted, nunca estará solo William.

Parecía haber dado con la mayor preocupación del joven porque la miró esperanzado, quizá preguntándose si en ella también hallaría una amiga.

—¿Ha buscado usted a su madre?

William arrugó el entrecejo ante su pregunta.

—¿A mi madre?

—Sí, William. Usted, como todos nosotros, ha tenido que salir de una mujer. Quizá aun viva y quiera prodigarle ahora todo el amor que no pudo por culpa de la bacteria.

Boquiabierto, el joven tomó el brazo que Amanda le había ofrecido. No podía evitar consolar a un soldado que lo necesitaba, al fin y al cabo Ian la había apodado el ángel por algo.

—¿Cómo puedo encontrarla? —quiso saber, y su entusiasmo la hizo sonreír.

—Mañana tengo una cita con una investigadora que va a ayudarme a encontrar a mi hermano Oliver, ¿quiere usted acompañarme? Ella puede ayudarle a localizar a su madre y quizá el resto de su familia.

—Mi familia… —repitió William con una sonrisa esperanzada. Amanda soltó una carcajada—. Eso es un sí ¿verdad? Tenemos una cita, entonces. 

—¡William! —lo llamó Callum —¿Puedes venir un momento?

Amanda le soltó el brazo y el joven le echó una última mirada reacio a abandonarla. Le asintió sonriente incentivándolo a que acudiera a su amigo.

Que su relación con Callum fuera un desierto árido y helado no quería decir que no pudieran tener amigos en común. Le gustara a él o no.

Callum le dijo algo al muchacho cuando este lo alcanzó y el joven frunció el ceño y le echó otra mirada a Amanda. Parecía molesto por que hubieran interrumpido su conversación para algo que al parecer no consideraba importante.

—Míralo, ya ha caído en las suaves alas de nuestro ángel —narró Ian, andando de espaldas para dedicarle una sonrisa a Amanda.

—Camina bien o te partirás el espinazo —lo amonestó ella. Por alguna razón se sentía responsable del muchacho, de una forma maternal.

Ian se detuvo para esperar que ella lo alcanzara y entonces se inclinó para susurrarle al oído.



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Editado: 11.10.2018

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