La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

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la fiesta parte 3

En una nube de romanticismo, Amanda buscó a sus amigas hasta encontrarlas en la sala de dibujo de la mansión tomando brandy y jugando a las cartas como si nada les hubiera ocurrido aquella noche. Un año atrás sus vidas habían sido tan rutinarias como estables, pero desde la llegada de Callum y la liberación de los hombres, la vida se había tornado un huracán caprichoso y enfurecido que tanto las lanzaba por los aires en un vuelo glorioso como que las lanzaba de vuelta contra la dura tierra sin piedad alguna.

Pero a pesar de todas las heridas, no cambiaria ese último año ni por otros cien años de paz. Callum tenía razón. Dos días de verano juntos valían más que una eternidad separados.

Ahora que Amanda sabía que él sentía lo mismo y que quería estar junto a ella, le vibraba todo el cuerpo, y casi creía que podía echar a volar. No pudo evitar hacerse sus planes en la cabeza mientras se dirigía hacia sus amigas. Obtendrían una casa para ambos en Londres y conseguirían la tutela de Cassandra. Ella fabricaría sus muebles artesanos mientras que Cassandra iba a la escuela y Callum tocaba su música, o cumplía sus funciones como sargento.

—Oh, Amanda —la saludó Sally con la mano que no sostenía las cartas alzada.

Se acercó sonriente, simplemente porque no podía dejar de sonreír.

—Alguien está de un humor excelente así de pronto —canturreó Jane sin apartar la vista de sus cartas.

Jugaban junto a Ian con el que compartía sofá, contra Sally y Gertrudis que estaban sentadas junto a ellos.

—¿Quieres unirte a la partida? —le preguntó Sally.

Amanda se sentó en el hueco disponible junto a Ian. Estaba tan animada que podría quedarse en esa fiesta hasta el alba.

—Necesito una pareja —razonó aceptando una copa de una lacaya.

—¿Te valgo yo? —La voz de Callum la tomó por sorpresa y le aceleró el pulso. Lo miró de soslayo, notando que tontamente se había sonrojado.

El joven había llegado acompañado por William Clarke del que parecía no desprenderse en ningún momento. Volvió a preguntarse cuál había sido la naturaleza de su relación con Emma Clarke. ¿La había amado? ¿Se habrían besado?

Callum la contempló de una forma tan intensa que no le quedó otra que asentir y sorber de su copa, esperando que el líquido la calmara.

La atención del muchacho recayó entonces en Ian, precisamente en el hecho de que estaba sentado a su lado y frunció los labios, mientras tomaba el hueco disponible junto a Gertrudis. William tomó una silla prestada del grupo vecino y se colocó junto a ellos.

Al parecer interrumpieron el juego y barajaron de nuevo, porque sin darse cuenta tenía cartas en las manos y las miraba concienzudamente, intentando ignorar al joven sentado frente a ella.

Jugó distraída, pues ni siquiera supo porque Gertrudis e Ian se chillaban mientras él la acusaba de tramposa y la joven sonreía taimada.

—Sientes envidia de mi experiencia y mi pericia —declaró—. No es mi culpa que tan solo seas un hombre.

Ian se inclinó hacia delante para atravesarla con sus ojos.

—¿Llamas pericia a guardarte cartas bajo la manga?

Gertrudis alzó el mentón por encima de sus cartas y lo miró estoica.

—Repite esa acusación y acabarás sangrando.

—Creía que eráis vosotros las que sangrabais —recalcó el escocés mirándola desafiante.

—¿Qué quiere decir? —preguntó William, ceñudo. Su inocencia las hizo sonreír.

—Las mujeres, quienes se consideran superiores a nosotros, sangran una vez al mes, amigo —le explicó Ian.

William abrió los ojos desmesuradamente.

—¿Qué quiere decir con que sangran una vez al mes?¿Es que se hieren a propósito?

Una carcajada generalizada fue la respuesta del perplejo muchacho. Amanda también rió pero Callum no, él la miró ceñudo intercalando su mirada entre ella e Ian. ¿Acaso creía que ella le había explicado esas intimidades al soldado? O quizá creía que las había descubierto al compartir momentos íntimos.

Amanda no tenía ni idea de cómo Ian había descubierto eso, pero tampoco le sorprendía. El joven se había mostrado avanzado y espabilado desde el principio; y estaba segura de que sabía mucho más que la mayoría de los hombres.

—Sangramos entre las piernas sin herirnos —le explicó Sally al muchacho, apiadándose de él. Pero el joven se mostró tan horrorizado con la idea que miró a Callum pálido.

—No le des vueltas, te lo explicaré más tarde —lo tranquilizó Callum con una sonrisa de simpatía.

William bebió de su copa con la mirada perdida en sus elucubraciones y Amanda tuvo que contener una sonrisa al verle observarlas con cierto recelo. Quizá temiera que se desangraran allí mismo en cualquier momento, o quizá se preguntaba de qué estaban hechas para pasar por algo tan peculiar como un sangrado espontáneo.



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Editado: 11.10.2018

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