La muerte más bella

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II

— ¿Algún voluntario para el interrogatorio?—les dije—.No prometo que hayan galletas o té pero todos podremos ir a casa pronto.
Todos los invitados voltearon a verme, sus expresiones de enojo sólo me causaban gracia pero tenía que mantener la seriedad de la situación. Todos guardaron silencio y aparentemente empezaron a ignorarme, eso es lo que se tiene que soportar en éste tipo de trabajo.
—Bueno, creo que podría librarme de esto pronto, ¿no?—dijo uno de los invitados, acercándose a mí—. Señorita policía.
Aquel hombre era mucho más alto de lo pensaba, posiblemente medía un metro ochenta o más, tez blanca, tenía cabello claro, sin llegar a ser rubio y ojos verdes, una mirada penetrando que chocaba con su aparente amabilidad.
El mayordomo nos guió a una de las pequeñas salas de visita que había en la planta alta, ésta se encontraba cerca del balcón principal.
—Bien, haremos esto lo más pronto y sencillo para ambos, para empezar, ¿podría decirme su nombre?
—Emrah Recep Tayyip, un nombre raro, procure escribirlo correctamente. 
—Sí—preferí ignorar su comentario— ¿País de origen?
—Soy de Turquía, exactamente de Estambul— dijo algo molesto— ¿algo más?
— ¿Cuál era su relación con la occisa?
—Ex—compañeros de la universidad, estudiamos Ciencias Políticas, eso fue hace ya cinco años.
— ¿Su relación era sólo de amistad?—pregunté sin apartar la vista del sujeto—. ¿Sabe sí tenía una relación con alguien?
—Por ahora, sólo éramos amigos—guardó silencio pero esbozó una amplia sonrisa—. Ella no tenía pareja fija, quién podía satisfacer sus gustos era bienvenido en su habitación.
— ¿Y usted fue uno de esos tantos, no?—el rostro del turco se desfiguró del enojo.
—Sí... Finge tener una relación para obtener lo que quiere o quería.
— ¿Eso es suficiente para matar?—cuestioné la respuesta del turco— ¿No lo cree?
—Tal vez... Pero, podría preguntarle a ella directamente.
Aquel hombre se levantó al acabar de pronunciar aquellas palabras, apenas dirigió su mirada hacia mí y salió de aquella habitación. 
—...Estupendo—mascullé.
Pude notar que había un hombre, otro de los invitados tras la puerta, observándome detenidamente y entró sin previo aviso, sentándose a mi lado.
Éste tenía tez blanca, no era caucásica pero era casi opacado por su cabello negro, tenía ojos azabache que logran intimidar por escasos segundos, posiblemente más bajo que el anterior pero aquella sonrisa en su rostro causaba incomodidad.
—Puedo contestar sin que preguntes, chica policía—tomó mi mano, halándome hacía él— Daniel Maciel, Ciudad de México; veintiocho años, soltero y a tu total disposición.
—Ah, gracias por la oferta—me levanté inmediatamente, alejándome prudencialmente— ¿Dónde conoció a la occisa?
—Ya que lo pregunta, fue un encuentro casual, digamos eso.
— ¿Podría ser más específico?—levanté levemente la ceja—Tenían mucha confianza, ¿no?
—Vamos princesa, no te pongas celosa—dijo él antes de tomarme de la muñeca, viéndome fijamente—Hace tanto en un bar, fui por quién terminó su relación con su prometido, el turco.
—Vaya—musité—. Gracias por su colaboración.
Me zafé, viéndolo atentamente antes de salir de aquella sala antes de volver a la escena del crimen, dónde estaba Kast. El equipo de criminalística estaba retirándose para procesar todas las escasas pruebas que habíamos encontrado en la escena y el resto de la casa.
— ¿Terminó de hablar con los invitados?—preguntó Kast— El Coronel Cassus pidió que regresemos tan pronto cómo termine de interrogar a los sospechosos—suspiró —. Las embajadas empezaron a llamar.
La situación se volvía mucho más compleja, de los sospechosos, dos tenían motivos claros pero realmente necesitábamos el reporte forense antes de sacar conclusiones pero ni siquiera en esos casos era capaz de apresurarse.
—No les pongas atención, sólo presionan porque "mandan" pero no hacen absolutamente nada, aún no los veo aquí.
—Tengo una duda, Teniente—masculló Kast— ¿Por qué dejó que el sospechoso la tomara de esa forma?
— ¿Desde cuándo espías detrás de las puertas?—lo miré de reojo— ¿Aún estás en fase "acosador"?
—No, ya no, pero ya que pregunta—soltó una leve risita, apoyándose en la pared—. Desde que tiene que ver con usted, Teniente, estoy pendiente de su bienestar.
— ¿Ibas a decirme algo? Supongo que por eso fuiste.
—Aparte de que se ve muy bien con el cabello semi—recogido, no, eso es todo.
Sólo esbocé una leve sonrisa y entré a la habitación, trataba de observar algo que posiblemente se hubiera pasado por alto a los de criminalística. Trataba de unir el testimonio de esos dos extranjeros pero, aquella habitación parecía tan pulcra que el hecho que ella fuese una obsesionada con la limpieza, era una posibilidad.
Debajo de la gran cama que había en esa amplia habitación, escondía una pequeña caja azul, posiblemente de algún regalo anterior. En su interior había un viejo diario, a primera vista parecía un libro de pasta dura, sus hojas amarillentas delataban a la antigüedad de aquel diario que mantenía sus hojas intactas, sin palabra alguna sobre sus viejas hojas pero dentro de ellas varios sobres, cinco para ser exactas, cada uno tenía un destinatario.



Alenna Schwarz

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Editado: 19.02.2018

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