La muerte más bella

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IX

Todo mi cuerpo se sentía demasiado pesado, era cómo sentir un gran peso sobre mí, inmovilizándome. Mis párpados se negaban a abrirse, mis labios apenas se movían en un intento de hablar y gritar. Podía sentir cómo luchaba mi pesada respiración en un intento por inhalar.
No podía recordar lo que había sucedido, no podía reconocer aquel lugar; el silencio sólo carcomía mi angustia en un intento casi inútil de moverme. Mis manos estaban aprisionadas, un sonido metálico resonaba en mi cabeza hasta que varios pasos empezaron a acercarse hasta dónde se suponía que estaba.
—Es bueno saber que ya despertó—la voz un poco distorsionada de un hombre rompió por completo el silencio—. Procure no gritar, sí es que lo consigue. 
Sentí cómo me tomaba de la barbilla y pasaba su dedo con brusquedad por mis labios. Su dedo fue bajando cada vez más, recalcando el hecho de que no poseía prenda alguna. Aquel tacto me asqueaba pero cualquier intento por moverme era inútil. Sentía sus uñas encajarse en mi piel, rasguñando con fuerza.
—Es demasiado tersa... Realmente me encanta—susurró antes de ponerse sobre mí, besándome bruscamente—. Buena niña. 
Podía saborear la sangre en mis labios y las lágrimas rodando por mis mejillas.
Era la primera vez que sentía tanto miedo en mi vida, no podía recordar cómo había llegado hasta ahí y menos hasta dónde había llegaría aquel acto tan asqueroso. Fue ahí cuando el sonido de una puerta interrumpió las acciones de aquel sujeto.
—Te dije que no tocaras lo que me pertenecía, ¿verdad?—dijo otro hombre a la vez que sentía cómo el otro se alejaba de mi—. Retírate, por favor. Pronto te llamaré.
Podía sentir su mano limpiar mis lágrimas y la sangre que en algún momento escurría por la comisura de mis labios.
— ¿Sabes? Ella era cómo tú, lo supe desde el primer momento en el que cruzamos miradas—soltó una suave risa antes de sentir cómo se sentaba a mi lado, en el suelo—. Ella era lo que más amaba, ella era todo para mí, era mi existencia pero todo lo que me mantenía vivo se fue con ella, no era justo. 
Traté de voltear levemente para ver a aquel hombre pero la habitación sólo estaba iluminada por la tenue luz de una lámpara en el fondo de la habitación, para hacer aún más difícil la situación, mi vista estaba muy borrosa y mis párpados volvían a cerrarse por períodos más cortos.
No tenía idea de que tipo de droga habían usado, ni la dosis y menos cuanto tiempo había estado bajo el efecto de aquella sustancia. Sí bien mi mente trataba de analizar, era totalmente inútil, era cómo sí volviera al inicio, mis pensamientos no lograban mantenerse en un sólo sitio.
—Ella tenía unos hermosos ojos azules cómo los tuyos, aunque su cabello era castaño. Bueno, esos son detalles insignificantes, no dañaré el negro de tu cabello; más bien era cómo el cabello de Caroline pero no fui capaz de ponerle lentes de contacto, eso hubiera alterado por completo su belleza pero, contigo es diferente—sentí sus labios rozar levemente con los míos antes de que soltara una leve risita—. Haré que la belleza que posees se conserve, incluso luego de que mueras, no hace falta que tengas miedo... Gracias a aquella droga, no sentirás tanto dolor, sería cómo morir en un sueño lleno de sangre.
—D-déja...me—musité entre leves intentos de hablar—. "Ella"... Se salvó de un monstruo.
Sentí un fuerte golpe en el rostro, sentí un fuerte ardor en mi piel y eso sólo volvió a atontarme.
Me tomó con fuerza del cuello, apretándolo con fuerza. El aire empezaba a faltarme y lo más frustrante era no poder defenderme, el efecto de la droga aún no pasaba, todo lo contrario, parecía empeorar cada vez más.
—Ella no merecía morir, ella tenía mucho más que vivir, ella lo sabía... Ella me dejó aunque no quería—guardó silencio por unos segundos antes de quitar sus manos de mi cuello—. Prometí amarla cada día de mi vida, sin importar qué, estuve con ella todo el tiempo que pude, hacía lo imposible por hacerla sonreír hasta el día en que ya no volvió a despertar. Es irónico que ella siempre se haya preocupado de todos quienes estaban a su alrededor pero a nadie le importó su muerte.
— ¿Caroline... Te-tenía culpa?
—No—dijo con enojo antes de tomarme con fuerza del cabello—. Pero su padre aprovechó mi desgracia para quitarme todo lo que me pertenecía por derecho.
Cerré con fuerza mis ojos al sentir aquel agarre, mi respiración se volvió jadeante y pausada. Mis párpados se volvieron más pesados y me costaba abrirlos éste vez.
—E-eres... Un monstruo.
Sentí cómo halaba mi cuerpo por el piso hasta sentir otro fuerte golpe contra mi rostro. El frío de la pared logró estremecer mi cuerpo pero no me dio tiempo de quejarme o sollozar, sólo sentí aquel golpe que dejó todo completamente negro. 
—My Little princess~... Despierta—escuché un suave susurro en mi oído—. Despierta, no quería lastimarte.
— ¿D-dónde estoy?—musité levemente mientras abría lentamente los ojos— ¿K-Kast...? ¿Dónde estoy?
—Por ahora, cuidaré de ti, ¿está bien?—aquella voz empezó a retumbar en mi oído, provocándome calosfríos—. Veo que recuerdas, eso es bueno.
— ¿Por qué le hiciste eso? ¿Qué te hizo ella?—dije al borde de las lágrimas, susurrando levemente— ¿Quién es ella?
—Ella era todo para mi, ella era la única persona que amé con todo mi ser, Era la più bella del mondo, era mi mundo—su voz era suave y melancólica—. Pero es difícil entender lo significa amar, sobre todo cuando no se ha dado nada sin pedir a cambio.
—No puedo entender eso dices, ¿la mataste por amor?
— ¡No!—tomó mi mandíbula con fuerza, viéndome con atención con aquellos ojos verdes que intimidaban a cualquiera, provocándome pavor—. Ella sufrió cáncer, sufrió demasiado pero nunca lo demostró, eso hacía que la amara aún más. Cómo último regalo de bodas ella posó para un cuadro, con un hermoso vestido rojo y su cabello perfectamente acomodado, su mirada tan natural y fresca. Eso quise representar— ¿Y por qué mataste a Caroline?
—Por la misma razón por la que te mataré, para conservar la belleza propia de la juventud, dejarla plasmada ante la mirada de muchos. Usted estuvo ahí, usted presencio «La più bella di morte».
—Estás completamente loco, pues hacer lo que quieras pero déjame decirte que "Ella" no volverá. 
Mis piernas se movían levemente, al igual que mis manos, tratando de zafarse de las esposas que había usado para amedrentarme.
Sabía perfectamente dónde había visto aquellos atemorizantes ojos, aquella voz y toda la mentira que había inventado la primera vez que nos vimos.
— ¿Qué ganaba al matar a Caroline?—cuestioné en leves susurros— ¿Era por ese dinero que ella heredó?
—Exactamente... Sólo debía recuperar lo que su padre me había quitado, a cambio, le daría la más hermosa muerte. 
Aquel hombre se separó de mí y pude escuchar un leve chirrido, propio de un cierre de algún bolso.
Sus pasos volvieron hasta mí y antes de que pudiera siquiera defenderme, un fuerte golpe me dejó sin aliento. No era sólo un golpe, sentía algo viscoso alrededor de aquel lugar.
—Ya sabes más que suficiente, teniente Frank, gracias por su atención.
Por la tenue luz de aquella lámpara noté un bisturí en su mano con el que continuó apuñalándome una y otra y vez, cada vez más fuerte y su respiración más pesada y jadeante, cada vez Ámsterdam cerca de mi piel. El efecto de la droga aún no se iba, era un poco aliviane el hecho que no dolería tanto cuando terminara matándome aquel desquiciado sujeto.
Sus puñaladas fueron disminuyéndose poco a poco hasta dejar caer aquella arma corto-punzante al lado mío.
—E-está completamente loco... Señor Rosenzweig, igual... N-nada es tan fácil. 



Alenna Schwarz

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Editado: 19.02.2018

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