La muerte más bella

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XII

Siempre pensé que su segundo nombre debía ser "irracional". Sí me pagaran por cada vez que dijera alguna tontería romántica podría pagar las mejores vacaciones en Dubái. Tal vez por eso lo quería tanto.
Desde que había despertado tenía visitas constantes de Fred y el Coronel Cassus, no era que me molestara simplemente siempre odié los hospitales y ya llevaba más de tres días ahí y me sentía completamente inútil.
Pero las visitas que llegaban a incomodarme aún más eran las de Kast, siempre estaba al inicio y fin del día, llevaba siempre un ramo de rosas y las dejaba sobre la mesita que estaba junto a la cama mientras fingía seguir dormida, más de una vez intentó algunas cosas raras pero se arrepentía y se iba pero lo que me molestaba era que ese tipo nunca aprende: siempre odié las flores.
Mis heridas aún estaban recuperándose, bueno, sólo habían pasado cuatro días desde que había despertado luego de la cirugía y realmente me sentía cómo sí me hubieran apaleado.
La fiscalía iba a esperar hasta que el hospital me diera de alta para juzgar a Alejandro Rosenzweig por homicidio en primer y segundo grado pero aunque sentía que al moverme se desgarraba mi interior, debía ir de todas formas.
A parte de aquel dolor insoportable de todas mis heridas, debía escuchar al Coronel quejarse y regañarme. A veces se pasaba del límite laboral y debía escuchar los regaños en modo: padre furioso.
Era casi medio día, o eso creía. Sin el permiso del médico empecé a vestirme pero la idea de siquiera ver mis heridas me estaba atormentando, mover mi cuerpo era una tarea difícil.
Volteé levemente y sonreí un poco antes de tomar la almohada para tirársela a Kast, que estaba de espaldas a mí, "cuidando" de que no me lastimara.
—Deja de voltear a verme mientras me visto, pervertido— musité antes de lograr ponerme el chaleco—. Debías cerrar los ojos. 
—Lo lamento, Teniente—dijo entre risas antes de acercarse— ¿Desea que la ayude con los zapatos? 
—No soy cenicienta, pero está bien... Me duele. 
Kast me tiró a la cama y logró ponerse sobre mí, tomando mis muñecas con fuerza. Me miró fijamente antes de besarme, y a pesar de que no quería, terminé correspondiendo apenas aquel beso.
—Hay un poco de verde en el azul de tus ojos—dijo antes de volver a besarme—. De todas formas, usted sería una hermosa Cenicienta.
—Y tu, la bestia antes de que se rompiera el hechizo—dije, forcejando un poco— ¿Me sueltas, bestia? 
Soltó mis muñecas y luego me ayudó a sentarme en la cama. Tomó los botines y los puso con cuidado sin quitarme la mirada de encima.
—Así que le gustó mi beso—dijo Kast al acercarse a mi rostro y tomarme de la barbilla— ¿Podríamos repetirlo? 
— ¿Qué quieres repetir?—Cassus estaba en la puerta, observándonos y se cruzó de brazos— ¿Y bien? 
—Más vale que alguno me lleve al auto, o empezaré a llorar.
Cassus me cargó en su espalda cómo cuando era pequeña y siempre me caía en el parque. Eso era demasiado nostálgico y llegaba a molestarme.
Estar en el asiento trasero era incómodo y aún más el silencio que se percibía en el ambiente. 
Debido a la condición en la que me encontraba, el fiscal había aceptado adelantar el juicio para dentro de una hora. 
Según me habían comentado, Rosenzweig había aceptado dos de los tres homicidios de los que se lo había inculpado. Cassus se había encargado de terminar la investigación con respecto al tercer crimen, el del guardia de seguridad pero nada había comprobado que hubiera sido él y menos habían conseguido la confesión. Sí lo pensaba bien, algo faltaba en todo ese asunto, teníamos al asesino, la escena principal, la escena secundaria, el arma homicida pero faltaba la conexión todo eso, ¿cómo había llevado el cuerpo desde la galería hasta la habitación de Caroline? 
—Coronel... ¿cómo llevaron a Caroline a su habitación?
Sólo recibí silencio ante mi pregunta y la mirada de Cassus se cruzaba con la mía por el espejo retrovisor.
Empecé a recordar aquel día del homicidio, aquella sala dónde los había interrogado. Había un ventanal, ese día estaba lloviendo y había truenos. Cuando salí camino a la estación noté que los autos estaban cubiertos con un protector especial pero había un auto que había visto por ese ventanal que no tenía el mismo protector.
—H999BB—susurraba aquello una y otra vez antes de mirar por el espejo retrovisor

— ¿De dónde es esa placa? 
— ¿Crees que es tiempo para jugar con placas? 
—Dentro de los bienes de Caroline, no constaba un auto con placa extranjera y ese día había un auto con esa placa.
—Cuando te quedes con el fiscal y des tu testimonio, iremos por ese auto, ¿bien?
— ¡No está bien! ¿Por qué debemos esperar tanto?—dije algo alterada, casi al borde de las lágrimas—. Nunca podría entenderme, usted no estuvo en manos de ese maniático y sintió el horror que sentí, el mismo horror que sintió Caroline, usted nunca podrá entender el dolor de todas mis heridas, ¿verdad?
Nadie dijo palabra alguna durante el camino y al llegar a la fiscalía, bajé inmediatamente aunque estuviera retorciéndome del dolor pero sentí la mano de Kast deteniéndome hasta de entrar al edificio junto al custodio.
— ¿Podrías repetir la placa?—dijo con suavidad, mirándome a los ojos. 
—Es H999BB... 
— ¿Cómo la de ese auto?—dijo señalando un auto cerca del parquímetro.
Era un Tesla model S color negro que estaba estacionado fuera de la fiscalía, tal como había dicho Kast, la placa era H999BB 39 Rus.
—Averigua el dueño de ese auto...—susurré levemente antes de entrar a la fiscalía.
Al llegar hasta la sala de juzgado, estaba el juez, los sospechosos del caso y el taquígrafo.
Cuando llegó el momento de que Rosenzweig atestiguara, dirigió su mirada hacia mí, esbozando una amplia sonrisa antes de mirar al juez y al abogado demandante.
—Sí bien, usted confesó los crímenes cometidos el 27 de abril del 2016, ¿le importaría contarnos lo sucedido aquel día?
— ¿Lo de aquel día? Pasaron tantas cosas, ¿cuál desea que le cuente?—respondió Rosenzweig entre risas.



Alenna Schwarz

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Editado: 19.02.2018

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