La Niña de la Profecía

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Capítulo 1 - El día que fue diferente

Cuando menos lo esperamos, la vida nos coloca un desafío que pone a prueba nuestro corazón y nuestra voluntad de cambiar el mundo; en ese momento, no tiene sentido fingir que nada está ocurriendo o decir que aún no estamos preparados. El desafío no esperará. La vida siempre avanzará, sin mirar a los que quedaron atrás. Un instante debería ser tiempo más que suficiente para decidir si aceptamos o no nuestro destino, pero casi nunca lo es.

El tiempo, jamás es suficiente. Pero nosotros tenemos que decidir.

Podría decirse que mi tiempo de discerción se alargó mucho más que el de cualquier otra persona, aun si en ese entonces yo no lo sabía. Al final la decisión parecía irrefutable, como si realmente nunca hubiera tenido dos opciones, solo una para la cual me habían estado preparando toda la vida.

Cuando miro hacia atrás, yo, porque la vida no voltea la mirada, me pregunto: si hubiera sabido entonces todo lo que sé ahora, ¿habría podido cantar un destino distinto?

Incluso ahora, cuando mi destino se encuentra regado con diferentes rosas y lleno de espinas caídas, no tengo respuestas para esa pregunta. Creo que jamás la tendré.


Quizás ustedes puedan encontrarla: déjenme contarles una vieja historia…

...

Era casi media noche y yo estaba inclinada sobre el marco de la ventana. Detrás de mí la penumbra devoraba cualquier silueta en el cuarto de la torre, y las cortinas se agitaban a mi alrededor como fantasmas color marfil. Quizás buscaban ocultarme de los pasos que se acercaban poco a poco, con un ritmo estremecedor.

–Solo un poco más –susurré.

Las antorchas que cubrían los tejados y las chimeneas se encendieron de repente y borraron todo rastro de oscuridad. Resaltaron el marrón y el amarillo de los lejanos edificios, brillando cual linternas de lava dorada sobre las imponentes y sobrias construcciones. Teñían de anaranjado las fachadas de los callejones, caminos, avenidas y paseos que podía ver desde aquella posición.

Una corriente de viento, cálida como el aliento de un animal salvaje, atrajo los gritos de júbilo del pueblo hasta la ventana. Escuchaba con un sonrojo a los ciudadanos que festejaban en sus puertas:

– ¡Aleluya!, ¡Apúrense, hay que darle la bienvenida!

O mi favorita:

– ¡Feliz… fe… felices fiesss…taas!

Propias de campesinos que se hubieran bajado tarros y tarros de aguamiel[1]. También llegaban a mis oídos las risas de mujeres jóvenes, y otras no tan jóvenes, arregladas con vestidos y trajes que yo soñaba con usar.

Sonreí. Cuánto habría dado por estar ahí.

Aquella era la única habitación del castillo que me permitía un vistazo al pueblo que, según las leyes, era mío. Un pueblo que había visto a su princesa tantas veces como un hombre promedio vería un eclipse solar a lo largo de su vida. Siempre que lograba refugiarme en ese lugar, en lugar, recordaba lo diferentes que eran el mundo en el que yo vivía, y aquel que rodeaba al castillo. Aun así, no podía dejarlo. Me hacía sentir viva, entusiasmada, anhelante. Descubrir un detalle, ver una persona nueva, cualquier cosa que escapara de mis cuatro paredes.

Miento. En realidad, sería a mis cientos de paredes recubiertas de oro.

–Vamos… –rogué con angustiosa impaciencia, inclinándome sobre el tibio marco de la ventana–. Vamos…

La luz se intensificó durante una fracción de segundo, como si las antorchas y las fogatas respiraran profundamente, y un coro de voces inició el conteo que anunciaba el final de ese día.

– ¡10...9...8...!

“...7...6...5”

De nada servía guardar silencio. Ellos sabían dónde me encontraba. Aquellos pasos me lo advertían. Como si fuera poco, la criada que subía las escaleras gritó– ¡Princesa!

– ¡4...3...2!

“...1”

– ¡Feliz año nuevo!

El coro de voces se desbarató y gritos discordantes se alzaron sobre la gran ciudad, tan altos como el cielo mismo. Las luces también enloquecieron, como si quisieran que los dioses de los siete reinos las advirtieran y admirasen nuestra grandeza. Era realmente maravilloso: las risas, los llantos y los gritos. Un nuevo año nacía bajo la luna y las estrellas que danzaban por encima de Jaisami[2].

De pronto las voces cayeron en silencio y dieron lugar a una rumorosa excitación, como aves que zumban en una pradera a la espera del amanecer. Era el momento más ansiado de la noche, el momento de los fuegos artificiales. Sonreí y me incliné aún más sobre la ventana.

La puerta se abrió con un golpe tan impetuoso que pegué un salto, muerta del susto, y mis manos se resbalaron del marco de la ventana. ¡Sentí que mi corazón se detenía en ese preciso instante! Pero antes de caer de bruces, una fuerza -sí, definitivamente era una fuerza, que tocaba con la misma frialdad que un témpano, pero con la suavidad de una nube- me ciñó, tiró de mí y me devolvió en volandas a la habitación. Sacudí la cabeza y busqué aquello que me había salvado, pero en esa gigantesca habitación estábamos solo la oscuridad y yo.



Aldana C. Valloni

Editado: 30.08.2019

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