La Niña de la Profecía

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Capítulo 2 - La rosa de fuego

Los nobles y mi padre esperaban con expectación, incluso los sirvientes, ansiosos y temerosos de descubrir lo que estaba por suceder. A mí los nervios se me ponían de punta con cada segundo que pasaba. El artista no hacía más que mirarme, y yo no dejaba de espiar a los invitados por el rabillo del ojo. De pronto quitó la mano que sostenía mi cintura y la deslizó a centímetros de mi rostro, con una velocidad y sagacidad tan limpias que había terminado antes de que yo pudiera seguir la secuencia exacta del movimiento. Con el ceño fruncido comencé a llevar las manos a mi rostro, pero algo me lo impidió. ¿De qué se trataba? No tenía idea, pero se resistía sobre mis brazos para que no los pudiera mover. Quizás solo estaba teniendo un leve ataque de pánico.

–Ahora nadie mira a la princesa, solo a dos personas enmascaradas –dijo él. “¿Enmascaradas?”, pensé–. Usted solo me mira a mí, y yo solo la miro a usted.

Asentí de forma automática. Intentaba recordar en qué momento me había colocado una careta. Entonces advertí los recovecos negros que cubrían mi visión periférica. Era cierto, tenía puesta una máscara. ¿Pero en qué momento?

Él convirtió el contacto de nuestras manos en un enlace ceñido y volvió a rodearme la cintura, acercándonos. Mi piel en contacto con la suya ardía como si estuviera suspendida sobre hielo seco. Removí un poco mis dedos para quitarme esa sensación y que nadie se diera cuenta. Él me miraba intensidad, podía sentirlo, como si estuviera reconociéndome.

“Qué extraña persona”

De pronto estalló en mis oídos el tamborileo de los músicos de apertura, y el juego comenzó.

Nos movimos en perfecta sincronía; cada paso era dado uno después del otro sin tropezarnos, sin siquiera dudar. La música, la misma melodía que hacía alusión a viajes y soledad, poco a poco se hizo salvaje, con altos y bajos donde nunca los hube escuchado. Pude atrapar el compás en el cual él había ordenado que el maestro de la orquesta detuviera la canción: era un momento de silencio para las notas graves y suave esplendor para las armonías agudas, luego de un toque potente. Me hizo pensar en la intervención de algo, en una ruptura de la línea natural sobre la cual suceden las cosas: un eclipse, el encuentro de la marea contra los peñascos, el despertar de un sueño enardecido y el repentino hálito del viento avivando las llamas de una hoguera.

Yo había escuchado de personas que ven a través de la música, que encuentran en la melodía las verdades que difícilmente pueden ver con los ojos. Yo podía ser o no ser ese tipo de persona, pero estoy segura de aquel instante de revelación fue totalmente auténtico.

–Míreme –dijo de pronto–, y no interrumpa.

Asentí.

Llamaradas diminutas nacieron desde nuestros pies y, en breve, nos rodeaba un imponente pastizal rojizo. Cercándonos, un espectáculo de fuego vivo danzaba de aquí para allá, agitado por un viento proveniente de algún punto inexistente. Avivaba y empequeñecía las llamas hasta que estas sobrepasaron nuestras cabezas. El fuego nos envolvía, nos encerraba por completo.

En lo más recóndito de mi cordura yo sabía que aquello debía asustarme, pero el estar en el interior de aquel fuego me proporcionaba la mayor sensación de paz que alguna vez había experimentado. Incluso el concepto de muerte perdió gradualmente su significado. Las danzantes colas de fuego, que trazaban un espiral a nuestro alrededor como si marcaran el recorrido de cientos de luciérnagas arremolinadas, hicieron algo más que maravillarme: me llenaron de alegría. Era una sensación de contento inmensa, incomparable e intransmisible. Reí ligeramente, alucinada. Él sonrió a medias.

“Quizás me consuma en este preciso momento, y me tiene sin cuidado”, pensé, y solté una exclamación de pura admiración.

El artista detuvo el baile. Mis ojos se entornaron de forma fugaz con los suyos mientras él dirigía nuestros brazos hacia el público. Las llamas desaparecieron gradualmente, se convirtieron en una ráfaga que se agitaba contra nosotros. Mientras tanto, el artista dejaba escapar de nuestras manos salvajes llamaradas de fuego. Al cabo de unos segundos hubo suficiente cantidad como para arrasar con toda la habitación. Las llamas que parecían danzar, en realidad, se moldeaban para formar una incandescente flor. ¿Qué clase de flor? Pues nada más y nada menos que el emblema de la familia real.

Sacudí la cabeza. ¿Mis ojos veían correctamente? Quise comprobarlo con las expresiones de los invitados, pero no tenía la voluntad de apartar mi mirada. Algo me obligaba a ver aquella fantástica flor. ¿Era eso, una flor? Qué locura, pero tenía que serlo.

Él, con total naturalidad, acercó su mano a la rosa de fuego.

–Espere, se quemará…

Lo sujeté por la muñeca. Él me chistó, y enseguida recordé mi lugar. Mi padre debía de estar furioso. Una mujer de la realeza jamás se permite tocar a un hombre que no sea su esposo, y yo ni siquiera tenía la edad para casarme. Como si no fuera suficiente, aquella persona pertenecía a una clase social inferior a la mía. Debía serlo, o no montaría un número artístico.



Aldana C. Valloni

Editado: 30.08.2019

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