La noche en que conocí al amor

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Me encontraba sentada en el retrete hundiéndome en mis pensamientos que seguían atormentando mi mente. Mis lágrimas seguían brotando y estaba realmente confundida con mi sentir. No sentía nada por Neftalí, pero es obvio que ese beso hizo que mis sentimientos se confundieran. No es que ya estuviera confundida sobre lo que siento por Neftalí porque lo único que produce en mi es odio, debo admitir que es muy guapo, pero nada más. No debía de verme así delante de él, por supuesto que no le iba a demostrar que causó confusión en mí. En este momento no entendía muy bien porque estaba llorando en un baño después de lo que pasó en la biblioteca, creo que hubiera actuado como otras chicas, darle una bofetada o seguir besándolo. Aunque si hablamos de la Sam de antes, se hubiera ido por la segunda opción.

A mi mente llegaron los recuerdos de aquella noche, mi mirada la desvié al techo blanco de los sanitarios, veía la luz de las lámparas mientras que mis lágrimas seguían brotando sin cesar. ¿Por qué me habrá pasado eso? ¿Hice algo malo? ¿Qué hice para merecer algo así? Si tan solo no hubiera aceptado asistir a ese reencuentro nada de esto estaría pasando. Yo seguiría siendo la Sam segura de sí misma. Tengo miedo de salir a la calle y que los hombres me vean con cara de lujuria y morbosidad. Debo cuidar mi forma de vestir para no recibir “piropos”, silbidos o sonidos extraños con la boca de los hombres. Después de esa noche que me arrebataron lo que más anhelada además que lo consideraba como el mejor regalo que podía darle al amor de mi vida, admito que tengo miedo de los hombres. Miedo a que abusen de mí, que jueguen conmigo y mil cosas más. Estaba realmente traumada por lo que me había pasado, más bien, por lo que me hicieron. Yo solo trataba de defenderme, me defendí, pero para mi sorpresa todo estaba fríamente calculado. Eso fue lo que me rompió el alma. Saber que “mis amigos” nunca lo fueron.

Yo sola estaba haciendo un mar en un vaso de agua, sola me atormentaba, me echaba la culpa. Puede que si fui culpable en cierta parte, pero no en todo. De lo que sí estoy realmente segura es de una cosa: tengo miedo.

Traté de calmarme un poco, respiré hondo varias veces y contaba hasta diez. Al sentirme ya un poco más alivianada por toda esta oleada de recuerdos salí del baño en el que me había encerrado. Me vi al espejo y tenía un poco de rímel corrido, tomé papel higiénico para limpiarme. Lave mis manos, me miraba fijamente, podía notar como ese brillo habitual de mis ojos había desaparecido. Arreglé mi cabello un poco y me di un último vistazo de aprobación. Solo espero que no se note que estaba llorando.

Estaba tras la puerta de la biblioteca, quisiera tener más valor para entrar y fingir como si nada de eso hubiera pasado. Mi mano reposaba en la perilla decidiendo si girarla o no.

  • Veo que por fin te dignas en aparecerte.

Esa voz… logra sacarme de mis pensamientos. Ronca y sexy, que me provoca asco y repulsión por aquel que la transmitía.

  • ¿Algún problema?
  • No, ni uno. Solo me molesta que te largues de aquí dejándome solo con todo el trabajo. – Dice Neftalí con toda la naturalidad del mundo como si nada hubiera pasado.
  • Tenía que ir al baño.
  • ¿Casi una hora para hacer tus necesidades?
  • No fue una hora, fueron apenas unos quince minutos.
  • Ve la hora. – Me indica.
  • Mi celular está en mi mochila. – Respondo.
  • Son casi las tres de la tarde y saliste de la biblioteca faltando quince minutos para las dos.
  • Exagerado, bueno, cómo sea… sigamos acomodando libros porque entre más rápido acabemos mejor. Ya no soporto ver tu asquerosa cara. – Trataba de sonar lo más natural posible.
  • Coincido. – Me guiña el ojo.

Entramos a la biblioteca para seguir acomodando todo. Al entrar se me hizo demasiado raro que la bruja no estuviera.

  • ¿Y la encargada de la biblioteca? – Le pregunto a Neftalí.
  • ¡Ah! Le dije que te habías ido de aquí… así que fue a buscarte.
  • ¿Qué hiciste qué? ¿Por qué lo hiciste? – Es un traidor.
  • Porque es la verdad. ¿O no? – Dice mientras toma la lista para seguir. – O acaso, ¿no es cierto que me dejaste aquí solo?
  • Sí lo es, pero no tenías por qué decirle. Eres un idiota.
  • Tomaré el “idiota” como un cumplido.
  • Me da igual como lo tomes, no tengo ni un interés. – Me doy la vuelta.

Al estante ya solo le faltaba un espacio por llenar con libros, así que volvimos a lo mismo. Leer en la lista, buscar en el montón, tomarlos y luego acomodarlos. Al menos esto iba a tener ocupada mi mente para evitar pensar en pedejadas que involucren a Neftalí.

  • ¿Y no traes más comida?
  • No. – Le respondo a Neftalí. – Y si tuviera más comida no te daría.
  • ¿Por qué no?
  • Por qué la compré para mí, no para andar como alma de caridad y darle a todo el mundo. En especial a gente como tú.
  • ¿Gente como yo? – Pregunta asombrado.
  • Sí.
  • Y según tú ¿Cómo es la gente como yo?
  • Lo dejaré a tu imaginación.



Zury Díaz

Editado: 18.02.2020

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