La noche en que conocí al amor

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Antes de poder reaccionar, Mayre abandonó los baños.

Me quedé congelada ante tal gesto que tuvo conmigo. Lo más curioso de todo es que no me provocó una sensación grata, como el beso de Neftalí que me provocó unas grandes ganas de continuar con ese beso si no hubiera sido por qué el rostro de Joel se interpuso. Ese beso que me provocó un efecto que posteriormente tomaba el recorrido por todo mi cuerpo.

Toqué mis labios, seguía quieta y con la mirada perdida tratando de procesar lo que había ocurrido hace unos segundos. Esa chica sí que tiene demasiado valor, autoestima, seguridad o no sé cómo llamarlo por haber hecho lo de hace unos segundos. Yo desde un principio le dije que no me gustaban las niñas y al parecer no le importó. Seguía completamente en shock. Ahora me daba miedo venir al baño y que en una de esas me empezara a manosear o lo que en esos momentos su mente se imaginara lo que fuera conmigo. Tendré que aguantarme las ganas de venir al baño, o al menos hacerlo acompañada con Frida.

Ahora creo que agradezco lo que acababa de hacer Mayre, ya que gracias a ello se me estaba olvidando por completo lo que me hizo Neftalí. Pero ahora no sabía cómo reaccionar ante ella, me daría una vergüenza de lo peor al mirarla a los ojos, me pondría demasiado nerviosa tratando de evitar otro acercamiento hacia mí, o en el peor de los casos un segundo beso. Claro que por mi mente no pasaba el volverme lesbiana y andar con ella. Eso sí que no.

Me vi de nuevo al espejo, mis ojos se veían horribles. Cualquiera que me viera se iba a dar cuenta que estaba llorando. Por suerte, tenía unos lentes en mi casillero. Que ahora pensándolo bien no sé ni por qué los tengo ahí guardados. Normalmente los ocupo para no cansar mi vista ya que en mis ratos libres me encanta dibujar. Así que sigue siendo un dilema de por qué tengo ahí mis lentes. En fin. Salí de los baños y volví a dirigirme al casillero, busqué mis lentes y me los puse. Ahora sí podía disimular un poco mis lloriqueos. Me volví a dirigir al salón. El maestro ya había llegado. Me lleva. Creo que mi destino es que la mala suerte siempre me esté persiguiendo. Me acerqué a la puerta y toqué dos veces. La entre abrí un poco y me asomé, todo el salón incluyendo el maestro fijó su mirada en mí.

  • ¿Me permite pasar?

Me analiza cuidadosamente y hace un ademán de aprobación. Entré al salón con la mirada baja, no quería que se dieran cuenta mis compañeros que era una llorona. La única a quien daría explicaciones sería a Frida. Al terminar la clase Frida se acercó a mí.

  • ¿Por qué llegaste tarde a la clase?
  • Me distraje un poco. – Le digo tratando de no mirarla.
  • No es verdad, ve como vienes. Dime que pasó. – Se sienta a mi lado mientras me toma de la mano.
  • Pues… me pasaron dos cosas. La primera me hizo sentirme mal y la segunda me sacó completamente de mis cabales, te juro que todavía no lo puedo creer.
  • Te escucho. Pero, mira… tenemos hora libre, vamos a la cafetería compramos un café y soy toda oídos. ¿Sí? – Me ruega.
  • Está bien, vamos.

Caminando entre los pasillos, rodeadas de gente, alumnos, maestros y demás personal. No entendía por qué me sentía tan rara. Al llegar a la cafetería pedí un cappuccino para levantar un poco el ánimo. Nos acomodamos en una mesita y comenzó la plática.

  • Ahora sí dime ¿qué fue lo que pasó? – Pregunta Frida con una cara de preocupación.
  • La primera cosa tiene que ver con Neftalí y la segunda con Mayre.
  • ¿Me llamabas? – Maldición.
  • Para nada, es lo que jamás haría en la vida. – Pongo los ojos en blanco.

Pudiendo encontrarme a otra persona siempre para mi mala suerte debe de ser él. ¿Por qué? No quiero verlo, ni hablar con él y parece que el destino quiere hacerme la vida imposible topándome con Neftalí en los momentos menos indicados. Pero a pesar de eso… algo muy dentro de mí disfruta estar peleando con Neftalí, oír esa voz ronca, ver esos labios y sentir el más mínimo contacto de sus manos en mi piel, sea cual sea la situación. Más no por eso iba a dejar que me hiciera la vida pedacitos, mucho menos que me menospreciara como lo había hecho hace un rato. Eso sí no lo iba a permitir.

  • Acabas de pronunciar mi nombre.
  • Seguro lo hice por equivocación.
  • ¿Estabas pensando en mí?
  • Mira… - Me levanto de mi lugar y le doy la cara. – No quiero pelear más contigo. ¿Sabes? Es demasiado desgastante estar peleando diario a cada momento con una persona tan insoportable cómo tú y, como te lo había dicho hace rato, si vuelves a dirigirme la palabra lo único que haré es ignorarte. Por qué ya me cansé de este juego estúpido contigo. La verdad es que no entiendo con qué propósito lo haces y no me interesa saberlo, solo quiero estar bien, venir a la escuela y no hacer ni un tipo de corajes.
  • Sabía que llegaría este momento… ¿no quieres arrodillarte y pedirme que te deje de molestar? – Es un cínico.
  • ¿Perdón? ¿Yo? ¿Arrodillarme ante ti? Me arrodillaré ante otra persona y no necesariamente para pedir perdón… - Me acerco a él, lentamente… bajo un poco mis lentes para verlo por encima de ellos. – Sino para hacer maravillas con esta boquita. – Lamo mis labios. – Solo que te quedarás con las ganas, lo único que puedo darte es esto. – Y lo golpeo fuerte en sus bajos.
  • Maldita. – Se retuerce.
  • A este paso si sigues molestándome miraré a tu amiguito como un costal de box, así que tú decides.
  • Te juro que esto no se va a quedar así.



Zury Díaz

Editado: 18.02.2020

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