La Orden de los Vigías

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PARTE 6

Ya habían caminado un buen trecho, cuando vieron a una silueta que apareció frente a ellos.

            —Tranquilo— murmuró Carla—. Sólo sígueme la corriente.

            —Bien.

            La silueta resultó ser Destian que volvía a su habitación. Cuando vio a Carla en el pasillo, simplemente sonrió, pero cuando descubrió a Art tras ella, la sonrisa desapareció y su rostro se transfiguró: los labios estaban entreabiertos, llenos de sorpresa y terror, los ojos se movían de un lado a otro en forma vertiginosa, como buscando un lugar hacia donde escapar. Destian se detuvo en seco en medio del pasillo y balbuceó unas sílabas inconexas, como tratando de decir algo que nunca alcanzó la coherencia, y Art, mirando aquel rostro confundido, recordó de repente dónde lo había visto por primera vez: aquel rostro era uno de los rostros extraños que habían llegado a la ciudad días antes de la masacre de sus hermanos. Lo había visto muy fugazmente, pero estaba seguro de que él era uno de ellos, pero entonces... ¿qué hacía él en la Morada? ¿Era un Vigía? ¿Cómo...?

            Y Art comenzó a comprender, de pronto las piezas comenzaron a encajar perfectamente... perfectamente...

            Aún antes de que Carla atinara a dar alguna explicación de su presencia en aquel pasillo, Art saltó al cuello de Destian como una fiera hambrienta, hambrienta y furiosa, furiosa y sedienta de venganza...

            —¡Maldito! ¡Malditos todos!— gritó, mientras apretaba el cuello de Destian hasta que casi no pudo respirar.

            —¿Qué...?— atinó a exclamar Carla.

            —Este maldito es uno de ellos— explicó Art en un gruñido, sin soltar a Destian.

            —¿Uno de ellos?— repitió Carla sin comprender.

            —Uno de los asesinos de mis hermanos.

            —Sólo cumplía órdenes— alcanzó a decir Destian en su defensa, con un hilo de voz, pues apenas podía inhalar el precioso aire para enviarlo a sus pulmones.

            Art, sin decir palabra y sin soltar ni disminuir la presión de sus manos sobre el cuello de Destian, lo arrastró sobre sus pasos hacia la habitación donde había encontrado a Carla.

            Una vez allí, y contando con la suerte de que nadie había notado la presencia del trío en los pasillos, Art trabó la puerta de la habitación desde adentro con una silla y arrinconó a Destian contra la pared:

            —¡Más te vale que me expliques tu presencia en la ciudad y tu participación en la masacre de mis hermanos!— le gritó.

            Carla permanecía detrás de Art, en silencio, expectante, su mente atando cabos a toda velocidad.

            —Está bien— gimió Destian.

            Art aflojó la presión sobre su cuello y Destian respiró aliviado:

            —Era un grupo disidente— comenzó Destian—. Se apartaban de las verdaderas enseñanzas de la Orden. El Mayor intentó persuadirlos de volver a los conceptos originales, pero ellos se negaron abiertamente—. Destian tragó saliva.

            —Continúa— lo apremió Art.

            —El Mayor consideró que el grupo de la ciudad era peligroso y que representaba una amenaza para los Vigías de la Morada.

            —Así que decidieron acabar con ellos— completó Art—. ¿Sabía la reina algo de esto?

            —No.



Adriana Wiegand

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En el texto hay: historiacorta, postapocaliptico

Editado: 10.08.2018

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